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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Felicidad auténtica

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 20 de diciembre de 2007, 01:42 h (CET)
Si decimos de alguien que es virtuoso es probable que nos pregunten qué instrumento toca y si hablamos de las virtudes, pensarán que nos referimos a un pueblecito de Ciudad Real en la nacional IV. La palabra virtud se usa poco en cualquiera de las acepciones que ofrece el diccionario del la RAE que nos dice, por ejemplo, que es la disposición constante del alma para las acciones conformes a la ley moral, en cambio Séneca, un romano de la Bética del siglo I, decía que el soberano bien es el alma que se complace en la virtud. Lo escribía en un pequeño tratado con el título: “De la vida feliz”.

Si el alma y la virtud nos preocupan poco, aunque el cuerpo mucho más, es seguro que buscamos la felicidad y, al menos en estas fechas, es una palabra repetidamente usada, aunque no sepamos muchas veces cuál sea la felicidad que nos desean: la felicidad de un breve encuentro familiar, de una opípara cena o de unos fastuosos regalos. La felicidad de sentirnos salvados por Dios no es desde luego la más sentida ni compartida.

Séneca, que no era cristiano, le decía a su hermano Galión que “la felicidad consiste en tener un alma libre, elevada, intrépida, constante, tan inaccesible al temor como al deseo, cuyo solo bien es la moralidad, y el único mal, la vileza, y todo lo demás un montón de cosas incapaces de elevar o añadir nada a la felicidad…” y añadía que “el fundamento inmutable de la vida feliz es la rectitud y la firmeza de juicio”. No parece que esta sea hoy la idea de felicidad de la gente sino precisamente la contraria, la que Séneca estimaba como indigna: la voluptuosidad, la complacencia en los placeres sensuales, elevada hoy a hedonismo, la proclamación del placer como fin supremo de la vida.

Advierte Séneca que el camino de los placeres no lleva a la felicidad, sino a la desgracia y al dolor, al dominar la voluntad de las personas y alejarlas de su propio bien que es vivir de acuerdo con la naturaleza, la naturaleza propia del hombre, que es la del dominio de la voluntad sujeta a la razón moral.

Pero el dominio de la voluntad requiere esfuerzo y reflexión y ¡algo más!: la ayuda de Dios. Séneca es consciente de que se le puede reprochar que su vida no refleje la elevación moral de su propio pensamiento y se defiende como puede. Otro romano, Ovidio, antes que él había dicho “conozco el bien y lo apruebo, pero practico el mal” sin explicarse la contradicción.

San Pablo escribe: “Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco” y descubre que en el hombre hay una tendencia al mal, una lucha entre la carne y el espíritu, “querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo”. Su experiencia es la liberación por Cristo de la ley del pecado que lleva consigo cada hombre.

Queremos ser felices y lo intentamos desesperadamente por el camino del placer, del hedonismo, y cualquier felicidad resulta pasajera y evanescente y pretendemos sustituirla por un nuevo placer, más fuerte, más excitante, en una carrera sin fin que nos irá destruyendo sin esperanza.

Pensemos que seguramente Séneca llevaba razón y que actuar de acuerdo con nuestra naturaleza es hacerlo mediante la voluntad sometida a la razón, es eligiendo la virtud por si misma, el bien moral como plena realización del hombre, la elevación del alma como meta, huir de los vicios, de la búsqueda afanosa de placeres insaciables.

Yo deseo la felicidad y se la deseo a todos, pero una felicidad auténtica y duradera, la que nos ofrece la esperanza de salvación, la auténtica vida feliz, la vida bienaventurada, la que Jesús trajo al mundo hace dos mil años.

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