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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Chaleco sensacionalista

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 20 de diciembre de 2007, 01:42 h (CET)
Un chaleco de alta tecnología permite que el jugador experimente en su propia carne los golpes y magulladuras que recibe el personaje del videojuego. ¿Hasta que punto el videojuego puede llevar a tal inmersión? Además de los volantes a prueba de retrocesos que oponen resistencia al jugador y las manecillas vibratorias, un vestido inteligente que tiene el aspecto de chaleco antibalas, pero que tiene la función inversa, permite al jugador sentir el impacto de las balas y otros golpes. Para notar estas sensaciones ponte el chaleco y pon en funcionamiento el «First Person Shooter».

Si el soldado enemigo o el extraterrestre que se esconde en una trinchera o en un rincón del pasillo te ve y el tiro que dispara te toca, uno de los ochos censores neumáticos que se esconden en el chaleco se hincha con más o menos rapidez para simular la fuerza y la dirección del impacto. Además del choque de la bala, el chaleco puede simular la sensación de una explosión, de un puñetazo o de una mano que bruscamente se posa sobre el hombro, sobresaltando. No hace falta decir que en un futuro próximo saldrán al mercado otros modelos de chalecos que simularán carreras de Fórmula 1 o de aviación. El jugador sentirá los efectos de la aceleración de su vehículo y la fuerza centrífuga en los virajes.

Es chaleco está diseñado para provocar sensaciones que dan la impresión de que el jugador es el protagonista de lo que ve en la pantalla. Las simulaciones que crea el juego gracias al chaleco tienen el propósito de que el jugador se lo pase bien. Tal vez un rato de emoción puede ayudar a olvidar momentáneamente las preocupaciones que rondan por la cabeza, pero que no desaparecen. Las sensaciones, que son estratagemas que disfrazan la realidad, tienen el inconveniente que inmunizan a quienes las sienten y, como se hacen cada vez más resistentes se necesitan dosis más fuertes para conseguir los mismos efectos satisfactorios. El resultado es que de las sensaciones virtuales se tenga que pasar a los hechos reales que son mucho más emocionantes.

Con demasiada frecuencia las noticias nos informan de niños y adolescentes que golpean a un compañero de clase considerado «inferior» o a su maestro, mientras gravan con el móvil la escena para después pasar a otros las imágenes y deleitarse juntos con las sensaciones que producen ver como alguien a quien sus propios compañeros vapulean, grita, gime y se retuerce de dolor. El resultado es la degradación ética y moral de quien se deja emocionar por las sensaciones que producen recrearse viendo escenas de violencia.

Quien desea pasárselo bien a base de emociones es un egoísta que sólo piensa en su bienestar personal. A los otros, que los parta un rayo. El egoísmo degrada a la persona que lo alimenta porque es una fiera que nunca tiene suficiente con la carnaza que devora. El egoísmo, adquiera la forma que sea, se puede curar. Es una enfermedad espiritual. Para este tipo de dolencia se tiene la medicina apropiada. El médico que controla la evolución de la enfermedad receta amor. No cualquier tipo de amor. Se dan muchos amores altamente egoístas que solamente piensan en sí mismos. El amor que extirpa el egoísmo, que libera de la consola esclavizadora es el amor de Dios que transfiere el excesivo interés que uno tiene para sí mismo, al otro.

La manera común de pensar es: Si no te preocupas por ti, ¿quién lo hará? Se puede creer que esta es una manera saludable de pensar. Esta forma de razonar olvida que el corazón es engañoso y que lo que se cree es bueno resulta ser malo y a la inversa. Dios que conoce nuestro corazón nos dice que esta forma de raciocinio es erróneo y que por lo tanto el resultado que se obtiene no es satisfactorio. Nos viene a decir que no es nuestro amor egoísta lo que nos liberará de la consola que nos encierra en una habitación asfixiante. Es su amor el que nos abre la puerta y nos guía a dejar el aislamiento degradante y nos transporta al patio de la escuela o al campus universitario para que prestemos ayuda a los compañeros que necesitan que alguien les tienda la mano que les ayude a salir del atolladero en que están atrapados. Esta manera distinta de amar llenará los corazones de una esperanza de vida que no degrada y que satisface plenamente.

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