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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Tan miserable es morir? (Virgilio)

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 20 de diciembre de 2007, 01:42 h (CET)
Que el Mundo se está deshumanizando no es ninguna novedad. Que las personas cada vez se quieren más a si mismas y que el egoísmo prima sobre cualquier otro sentimiento, es una verdad como un templo y lo podemos constatar, incluso, cuando nos creemos que estamos haciendo una buena obra a favor del prójimo porque, en el fondo, lo que buscamos inconscientemente es la paga, la recompensa, por lo que hemos hecho, en forma del reconocimiento del beneficiario o de la propia sociedad. Será por eso que, con motivo del fallecimiento de un familiar, he tenido ocasión de observar como reaccionamos ante la muerte y esto me ha llevado a meditar sobre este tema al que, habitualmente, acostumbramos a rehuír por incómodo y desagradable, pero que, sin embargo, está presente constantemente en todas las facetas de nuestra vida. No hay duda que el contemplar yerto a un ser con el que hemos tenido contacto durante años, con el que nos hemos reído, compartido conversaciones o, incluso, hemos discutido; pero que, además, ha sido, en definitiva, alguien que ha formado parte de nuestro entorno vital; es algo que hace pensar. Pero todavía causa más extrañeza o estupor, como se lo quiera llamar, la facilidad con la que los allegados se acostumbran a prescindir de aquella persona a la que durante años han querido, han vivido en su compañía y han sido partícipes de sus penas y alegrías. Resulta un espectáculo escalofriante contemplar el cuerpo de aquel o aquella que fue, pero ya ha dejado de ser; aquella envoltura carnal carente de movimiento como si sólo se tratara de un muñeco al que se le ha acabado la cuerda que le daba animación y, no obstante, mirar alrededor y constatar que la vida sigue y que aquellos que debieran lamentarse, desesperarse y deshacerse en sollozos, siguen como si tal cosa; en ocasiones poniendo cara de circunstancias pero, al menor descuido, comentando un partido de fútbol o celebrando un chiste. Y el cadáver de cuerpo presente, ajeno al despego de aquellos que, en vida, quizá ilusoriamente pensó que le llorarían y le añorarían, al menos durante un tiempo.

Y es que eso de la muerte, este fantasmón que la literatura se ha encargado de pintarnos en todas sus facetas; esta macabra figura asexada aunque, por aquello de la viperina condición de la mujer, se le ha atribuido el género femenino; no es más que una compañera que nos sigue y corteja, desde que nacemos hasta que finamos. Es un huésped que llevamos adherido a nuestro cuerpo desde el día en que nuestra madre nos expulsa de su seno para dejarnos a los pies de los caballos o, lo que viene a ser lo mismo, formando parte de este mundo de lágrimas, hasta que nos despedimos de él. Cuando se habla de muerte en general se está cometiendo un gran error, porque no hay una muerte universal, sino que hay tantas muertes como personas forman, han formado y formarán esta doliente humanidad. Nuestro cuerpo muere constantemente, nuestros tejidos, nuestras células más pequeñas se van desintegrando, se resecan y se desprenden a miles de millones cada día de nuestra vida y, si superamos este desgaste, es gracias a que también van naciendo nuevas aportaciones de pequeñas vidas que van reponiendo a las que nos dejaron. No sé si será cierto, pero se decía que cada siete años vamos cambiando todos nuestros componentes vitales; o sea, que cada siete años muere uno de nuestros cuerpos que queda sustituido por otro, eso sí, todos al servicio de nuestro ordenador central: el cerebro. Este elemento insustituible no se renueva y no es más que un depósito de chips del que vamos gastando sus existencias, como si se tratara de un gran almacén de neuronas que debemos saber administrar con cuidado si no queremos que, los últimos años de esta travesía vital, nos quedemos escasos de ellos y acabemos como vegetales vivientes.

Lo cierto es que la muerte nada más tiene razón de ser mientras tiene algo que matar. Es aquello de “muerto el perro se acabó la rabia”. Tan poderosa, tan implacable y tan temible y todo lo que puede dominar es a un pobre cuerpo perecedero. Porque nuestra propia muerte, muere en el mismo momento en que expiramos. La tememos tanto y, la pobre, no tiene más vida que la que le concedemos cada uno de nosotros y esta vida/muerte nos acompaña a la sepultura, juntamente con nuestra envoltura carnal, para ser devorada por los gusanos y quedar convertida en cenizas. Claro que existe un procedimiento para obtener el mismo producto que es: hacer que nos incineren. El resultado es el mismo, pero mucho más rápido y limpio y, al propio tiempo, evita aquellas espeluznantes premoniciones, que obsesionan a algunos pusilánimes, ante el temor de que, por uno de aquellos azares del destino, la muerte decida abandonarnos dentro del nicho y nos encontremos vivos en aquel incómodo y estrecho recinto.

Es evidente que la muerte se va adaptando a nuestras circunstancias. Por ejemplo: si una persona pierde un brazo la muerte también lo pierde, porque ya no tiene potestad de matar a aquella parte de nuestro ser que ya se nos ha adelantado en morir, así pues, si uno se queda minusválido nuestra muerte particular también goza de esta condición. Y es que, si quieren que les sea sincero, he llegado a la conclusión de que, la muerte de cada uno, es un ente tan perecedero, tan infeliz y tan desgraciado que casi me da pena de ella, porque, siendo tan eficaz, ni tan siquiera se puede permitir gozar de las ventajas de la vida como pudieran ser amar, comer, beber, dormir la siesta o disfrutar de la música, la pintura o la literatura. Sí, no me queda más remedio que aceptar que la muerte es un desgraciada y que no nos debe extrañar que la hayan pintado como un esqueleto con guadaña y cubierta de harapos deshilachados, porque no es más que una sombra mísera a quien le ha tocado la peor tarea y, encima, a dieta. ¿Qué?, ¿Cómo dicen? ¿Qué no estamos en carnestolendas y que ya ha pasado el día de difuntos? ¡Y a mi qué! Estaría bueno que no pudiera escribir lo que me diera la gana, al fin y al cabo uno no escoge el momento en que le es propicia la meditación, ¡faltaría más! ¡En fin, que esto de morirse es un asco! ¡Cuídense mucho y abríguense que hace frío!

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