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Etiquetas:   Reales de vellón   -   Sección:   Opinión

El tiempo no es el clima

Sergio Brosa
Sergio Brosa
martes, 18 de diciembre de 2007, 10:11 h (CET)
Rachmat Witoelar, ministro de medioambiente de Indonesia, clausuró el pasado sábado la Conferencia Sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas que se celebró por espacio de dos semanas y un día, en el Centro Internacional de Convenciones de Bali, hospedada por el Gobierno de Indonesia.

Hacia el final de su comedido discurso de clausura, Rachmat Witoelar dijo: “Permítanme concluir esta excitación [la de haber conseguido un supuesto consenso] con reconocimientos para algunos supercumplidores notables: A todas las partes incluyendo a los EE.UU., por su flexibilidad y participación en el espíritu de cooperación que se ha reflejado en el avance que representamos ahora para el mundo.” Los otros dos reconocimientos fueron, uno para el UNFCCC (el secretariado de la convención del CC de la ONU) y el otro para los miles y miles de personas participantes en la Conferencia, sin cuya colaboración no hubiera sido posible su celebración.

Participaron 180 países y en la clausura se nombra particularmente a los EE.UU., pues la conferencia estuvo a punto de ser un fracaso, por su falta de compromiso en la reducción de las emisiones de CO2 a la atmósfera.

Otros países como Canadá, Rusia, Japón o China no estaban tampoco por la labor. Y se pregunta uno el por qué de su actitud.

Hay centenares de entidades científicas en todo el mundo y miles de científicos que no participan del “consenso” sobre el CC que capitanea el IPCC, por diferentes aspectos. Los que creen que no se está produciendo un cambio climático; los que consideran que la precisión de las proyecciones del IPCC es insuficiente; los que piensan que el calentamiento global está originado por procesos naturales; quienes razonan que el calentamiento global es de origen desconocido y así, una larga lista de objeciones a la tesis del IPCC sobre que el CC es debido a la mano del hombre.

¿Realmente el hombre es capaz de cambiar el clima de la Tierra? ¿Es más fuerte su influencia en la atmósfera terrestre que la del Sol, los volcanes o los tsunamis? La afirmación de esta creencia casi estaría más próxima al Proyecto HAARP, de la marina y la fuerza aérea de los EE.UU., para construir un prototipo de arma capaz de modificar el clima en señaladas zonas de la Tierra.

Los EE.UU., no se creen la tesis del IPCC y son conscientes además del tremendo coste que supone la adopción de medidas para limitar las emisiones de CO2 a la atmósfera. Tal vez por ello no han querido sumarse al consenso de Bali. Y lo cierto es que finalmente, no lo han hecho, pues su delegada en la conferencia, Paula Dobriansky, Subsecretaria de Estado, dijo finalmente que se “adherirían” al consenso, no que lo hicieran en aquel instante, después de haber descafeinado el rango de la limitación de las emisiones de CO2. Y habrá que esperar a una nueva conferencia en 2012 para reeditar el protocolo de Kioto y confiar que los EE.UU. y otros países de los más desarrollados, se mantengan en tal consenso.

Los ingentes costes para frenar las emisiones de CO2 se deben, como no puede ser de otra manera, a la necesidad de implementar los procesos industriales, agrícolas y de todo orden, con los mecanismos fruto del desarrollo de las tecnologías adecuadas que unas cuantas empresas van a producir y sobre las que están ya trabajando. Con el consiguiente incremento más que proporcional de sus ventas y beneficios por tal motivo.

Christopher C. Horner, es autor del libro “The Politically Incorrect Guide to Global Warming and Environmentalism” (Regnery 2007). De Horner dijo la ministra de Medioambiente, Cristina Narbona, presente en la conferencia de Bali, que es el diablo, por mostrar en España y la UE como los países fallan en el cumplimiento de los compromisos asumidos en el protocolo de Kioto.

En la III Parte de esta guía políticamente incorrecta, de recomendada lectura para quienes no deseen quedarse únicamente con la versión oficial del IPCC y tener otra perspectiva, en el Capítulo 9: The Big Money of Climate Alarmism, hay una pormenorizada descripción de las ventajas económicas que obtendrán una cuantas empresas multinacionales que dominan los sectores de mercado del medioambiente y sus interconexiones con la conferencia de Kioto y algunos de sus actores, como Al Gore. La verdad es que si non è vero è ben trovato.

Las grandes compañías “se sienten responsables” con el cambio climático y esa responsabilidad les lleva a generar nuevos negocios y ganar más dinero.

Como Alstom que adquirió el pasado verano la española Ecotècnia, una pequeña cooperativa en los años 80 que creció y creció al amparo de las subvenciones verdes que hacían entrar en rentabilidad los parques eólicos, a los que Ecotècnia vendía sus molinos de viento, generadores de electricidad que las compañías eléctricas tienen obligación de comprar. Alstom paga 350 millones de euros porque la energía limpia “viste” y da credibilidad. Y la venta de generadores eólicos le proporcionará pingües beneficios, pues tiene capacidad sobrada para incrementar exponencialmente la venta de generadores en todo el mundo, a demás de conseguir buena imagen junto con su actividad en la energía solar; sin olvidar, claro está, sus intereses en las centrales eléctricas de carbón y nucleares.

El tiempo, entendido como tiempo atmosférico es el conjunto de datos de temperatura, presión atmosférica, humedad, fuerza y dirección del viento y otros que se dan en un punto geográfico o un territorio.

El clima es la media de aquellos datos del tiempo, en un periodo extenso que supone una determinada mezcla de aquellos de forma duradera y estable y caracteriza a una zona geográfica.

Cuando frenar la tendencia de este pretendido cambio de clima a nivel global producido por el hombre, supone el enriquecimiento de ciertos colectivos del “mundo relevante” y el retraso en el desarrollo de los que más atrasados están ya, y todo ello sobre la base de la “responsabilidad”, algo como solidaridad se echa en falta en todo este contexto.

Pero más significativo es todavía, que países como los EE.UU., que no se caracterizan por su solidaridad, sean reacios a unirse a ese aguado consenso. ¿Será por eso?

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