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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ciudadanos del cielo

Roberto Esteban Duque
Redacción
domingo, 16 de diciembre de 2007, 18:39 h (CET)
“Cuando un dios ha señalado el comienzo de cada acción, derecho es entonces el camino para alcanzar la virtud y más hermoso el final”. El poeta tebano Píndaro insinuaba así que cuando la existencia y acción del hombre se encuentra envuelta en el misterio de la presencia y acción divina, cuando la ética o vida virtuosa se funda en la religión, el final del hombre no puede escapar de la dicha. Hacia ese término bienaventurado se encamina el cristiano, que es hijo de Dios y ciudadano del cielo, en expresión de San Pablo.

Los obispos de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida han querido transmitir a través de una Nota, y con motivo de la Jornada de Familia y Vida del próximo 30 de diciembre, el ser constitutiva y radicalmente religado que es el hombre, según Zubiri, y la vida finalizada del hombre o nuestra predestinación a existir en Cristo, como enseña Caffarra. Ser ciudadanos del cielo es una invitación a profundizar en nuestra vocación, en nuestro destino a vivir en comunión con Dios, al tiempo que el ser finalista que es el hombre debe expresarse en la vida personal, matrimonial y familiar.

En el camino, peregrinos, no estamos solos. La vida de la Iglesia no está exenta de ejemplaridad. Los mártires muestran la belleza y la excelencia, el paradigma donde el alma se siente impulsada a un crecimiento mayor. En la asimilación al hombre ejemplar toda nuestra persona se orienta hacia su auténtico modo de ser. El creyente se entusiasma ante los mártires, aquellos que aceptaron el sufrimiento por amor a Jesucristo, por amor al bien y la verdad. En la familia cristiana, el padre y la madre son dos modelos de fe y de amor para los hijos, dos testimonios vivos que educan en aquellos bienes que dan valor a la vida y que se realizan en comunidad. La familia es la primera comunidad que ayuda al crecimiento y educación moral en virtud de los miembros que la componen y de las relaciones que median entre ellos. Cuando este influjo se aniquila, la familia se desarticula. Del mismo modo, el testimonio de los mártires ayuda a fortalecer la identidad cristiana de las familias, con la esperanza de que se convierta en “semilla de nuevos cristianos”.

La propuesta de la cultura contemporánea no se encuentra libre, según los prelados, de la filosofía laica. Incurriendo en una palmaria tautología, los obispos continúan su Nota afirmando que vivimos en una “cultura laica que quiere organizar la vida social como si Dios no existiera”. Es evidente que cualquier propuesta o ética laica se funda en la sola razón humana, y la verdad sólo será aquella que pueda ser demostrada positivamente por la razón. La cultura laica prescinde de Dios para explicar al hombre, no contempla el sentido último de su existencia, su vocación y felicidad. Las categorías del sentido o del conocimiento han sido postergadas en el hombre secular por las de la utilidad y eficacia. El rostro de la cultura laica es radicalmente desesperanzador. Frente a ese rostro sin alma, emerge la dignidad del hombre: la filiación, su condición de hijo de Dios.

Las familias cristianas deben manifestar su identidad cristiana, en primer lugar, realizando un anclaje de la vida matrimonial y familiar en la fe o en la experiencia religiosa. De esa subordinación del hombre y de su obrar a Dios surgirá el modus vivendi de la familia cristiana. Y en segundo lugar, será necesario el recuerdo de que no existe hogar creyente sin estar al mismo tiempo vinculado a la gran familia de los hijos de Dios. La familia es favorecida por la pertenencia a comunidades más amplias, por una comunidad religiosa como es la Iglesia, donde es posible la tradición, la autoridad y la amistad. La inserción de las familias en la Iglesia se hará visible en la celebración de la Eucaristía dominical.

Debido al debilitamiento de la identidad cristiana, se plantea finalmente el reto de fortalecer esa identidad desde la Iniciación cristiana. En el origen de todo lo que el cristiano debe hacer se encuentra su estar situado dentro del acontecimiento de la Cruz, gracias al Bautismo y la Eucaristía. Los obispos, después de apelar a los valores irrenunciables del “sacrificio, la renuncia, el dominio propio y el respeto” en la educación cristiana de los hijos, señalan el daño irreversible en la formación de los hijos que significa la asignatura de Educación para la Ciudadanía, “una formación moral en franca contradicción con la fe cristiana”. Una invitación, por tanto, manifiesta a considerar la objeción como la vía inequívoca para reaccionar frente a la imposición ideológica y totalitaria de un hombre y un mundo sin Dios. Imponer una determinada escala de valores a los niños rebasa las competencias del Estado, y significa una intrusión indeseable en la vida privada de las familias.

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