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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

La Buena Nueva

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 15 de diciembre de 2007, 23:29 h (CET)
Que el capitalismo es un enemigo voraz, eso lo sabemos todos. Algunos lo sabemos porque nos aterroriza su obsesión por la optimización del beneficio, su falta de escrúpulos a la hora de someter a hombres, mujeres y niños para desarrollarse. Como un depredador ciego, que no hace ascos a nada y engulle compulsivamente todo lo que halla a su paso hasta convertirse en el peaje imprescindible.

Quienes comulgan con los principios capitalistas han visto desde arriba cómo poblados enteros han dedicado sus vidas a ensamblar diminutas piezas electrónicas o a coser balones de fútbol. Ellos mismos han podido comprobar a veces cuán peligroso es ser amante de una Dalila con cuerpo de ese barrada.

El sistema que previó el bueno de Marx avanza constante y sin prisas siguiendo el método de “ensayo - error”. No tiene prisa porque sabe que el tiempo no es un factor a tener en cuenta, porque es tiempo todo lo que le hace falta.

Ningún rival ha pesado lo suficiente como para medirse con él. Cuando alguno se ha creído digno de disputarle el primer puesto, más tarde o más temprano ha besado el fango.

Si aparece un revolucionario, independientemente de lo dramático de su historia, el capitalismo sabrá encontrar la manera de asociarse con él. Lo usará en publicidad o imprimirá su cara en piezas de ropa cosidas por manitas de niño.

Si algún elemento se erige símbolo del imperialismo, lo convertirá en paisaje y definirá de nuevo el concepto de arte para englobarlo.

También la Navidad perdió su significado hace años. Al menos su significado mítico, que vive todavía como reclamo económico. Evidentemente, los dos mil años desde el objeto de la celebración han deformado formas y contenidos. Pero nunca se había parecido tanto a todo lo demás.

Los niños tienen más números para quedar fuera de esta influencia. Estos rebeldes de corta edad tienen en la edad su mejor aliado. Lamentablemente la infancia es algo que se extingue con el tiempo y es esto, precisamente, lo único que necesita el capitalismo para someterles.

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