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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Maribel Tunoria Lápiz, 'la de pendoneo intermitente'

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 14 de diciembre de 2007, 07:38 h (CET)
“Para las cosas grandes y arduas se necesitan combinación sosegada, voluntad decidida, acción vigorosa, cabeza de hielo, corazón de fuego y mano de hierro”. Jaime Luciano Balmes

La pasada madrugada, mientras dormía, Ezequiel, mi ángel profético, volvió a visitarme, a sentarse en mi cómoda silla de madera, a coger una de mis péndolas, la de tinta negra, y a urdir sobre la cuartilla en blanco, impoluta, que cada noche, antes de acostarme, suelo dejar sobre la mesa de mi escritorio, lo que le vino en gana, esto, que tiene todas las trazas de ser el diálogo inicial (intermedio o final) de un drama:

“MARIO.- Dominico es la decencia hecha persona. En mi tortuoso peregrinaje por este valle de lágrimas, pocos varones he conocido que fueran tan santos. Si pasa de todo, de tantos dimes y diretes como va generando cada dos por tres el comportamiento salaz y soez del, según tú, pendón desorejado que tiene por cónyuge, es por la sencilla razón de que todavía quiere a su esposa.

“ROSAURO.- Pues yo, lo lamento, Mario, no lo veo así y disiento. Si la hubiera querido de veras, no debería haberle dado tanto carrete, haberla dejado tan suelta. Cuando se ama a alguien, como tú dices que él la ama a ella, cuando se está enamorado hasta las mismísimas trancas, el aviso poliédrico y reiterativo de una escamante mancha o muestra de probable deshonra en una prenda, el mínimo barrunto, enrojecimiento o rasguño, de deslealtad o infidelidad en el cuello o en las ingles, que ofende, sin duda, debería haber hecho saltar la alarma. Y lo que yo sé, la información que he llegado a acopiar de la tiparraca, “la de pendoneo intermitente”, es como para que su marido la hubiera echado cien veces de casa, y, tras haberla perdonado, la hubiera repudiado otras tantas, mas, tras la definitiva, hubiera resuelto lo justo, no volver a mirarle a los ojos nunca más, en lo poco o mucho que le queda(ra) de existencia.

“MARIO.- ¡Y pensar que, hasta hace unos días apenas, tú querías que ella se divorciara a escape de su espeso esposo para poder casarte cuanto antes con quien, cobre o no cobre guita por los servicios que presta, es asidua a un modus vivendi disoluto! ¡De buena te has librado, majo! Calculo que, para corresponderle por tanta dádiva o don como te ha concedido al avisarte con tiempo de que ibas a meterte de cabeza en la boca del lobo, tendrás que darle gracias a Dios todos los días y todas las noches que aún tienes por delante o te restan, por haberte abierto los ojos y los oídos en tan buena hora.

“ROSAURO.- Cuando la semana pasada, provisto de mi cuaderno de notas, que llené, me desplacé a su terruño a abastecerme con datos de primera mano, pues fueron sus propios vecinos los que me informaron sobre ella, y me enteré, verbigracia, que abundaban habladurías sin cuento, de las más urentes y ustorias jamás escuchadas por mi persona, quiero decir, innumerables chismes sobre sus escarceos, por ejemplo, que no había repartidor de butano, cartero ni buzonero habitual en el barrio que no la hubiera catado un par de veces, por lo menos, me llevé el mayor chasco de mi vida. Y hasta se me puso un nudo gordiano en el estómago. Menos mal que lo deshice en un pispás, el mismo santiamén que, con la pintiparada ocasión de arrojar con estrépito por la nariz y la boca un inesperado estornudo, aproveché para expulsar el Amor que le profesaba.

“(Continuará.)”

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