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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

En torno a 'Los intereses creados' (II)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 13 de diciembre de 2007, 07:29 h (CET)
(¿OTRO “ARTE NUEVO DE HACER COMEDIAS EN ESTE TIEMPO”?)

En el prólogo de “Los intereses creados”, recitado por Crispín, leemos “que muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes, tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen! Que nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa”. Bueno; pues, mutatis mutandis, tres cuartas partes de lo mismo cabe airear, proferir o trenzar del contagio de las luces de la inteligencia o del talento (que podemos definir como el aprovechamiento concienzudo de unas cualidades especiales), que fluctúa de un intelecto a otro y enriquece y atesora como si se trataran de cirios o velas. Nada pierde uno/a por encender otro/a. Y es que los libros, según dijera o dejara grabado en letras de molde James Russell Lowell, “son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra”.

En los balbuceos de la comedia, en el diálogo que mantienen Crispín y Leandro, antes de que aquél toque el aldabón de la puerta de la hostería u hospedería, hallamos la sinopsis, el resumen o epítome de lo que, si seguimos leyendo hasta coronar la obra, nos deparará la misma:

“CRISPÍN.- ¡En qué poco te estimas! Pues qué, un hombre por sí, ¿nada vale? Un hombre puede ser soldado, y con su valor decidir una victoria; puede ser galán o marido, y con dulce medicina cura a alguna dama de calidad o doncella de buen linaje que se sienta morir de melancolía; puede ser criado de algún señor poderoso que se aficione de él y le eleve hasta su privanza, y tantas cosas más que no he de enumerarte. Para subir, cualquier escalón es bueno.

“LEANDRO.- ¿Y si aun ese escalón me falta?

“CRISPÍN.- Yo te ofrezco mis espaldas para encumbrarte. Tú te verás en alto”.

Aquí, en el arranque de la obra, servidor ve en los personajes de Crispín y Leandro al autor teatral en potencia, desgajado en dos, por un lado, inseguro y hasta timorato, porque ahora es, en verdad, cuando empieza a andar y valerse por sí mismo, y, por otro, tranquilo, debido al bagaje que porta, que no es moco de pavo, por lo mucho leído, visto y vivido sobre las tablas (de ese otro gran teatro que es el mundo). Nos acordaremos de las mentadas espaldas de Crispín cuando éste se ¿presente? a Polichinela y haga referencia a las jorobas de antaño de aquél, en los tiempos en que ambos remaban en galeras. Recordemos que a Leandro le gustaría permanecer algún tiempo en la ciudad a la que han arribado y donde se hallan, sin embargo, a Crispín, natural del libre reino de Picardía, o sea, pícaro, no le cansa correr, eso sí, sin ataduras, tierras. Acaso sea éste un canto o párvulo homenaje a la libertad creadora. Crispín no está acostumbrado (pero, por imposición ajena, estuvo habituado) a “hacer asiento en parte alguna, si no es forzado y en galeras, que es duro asiento” (¿otro guiño a la estancia de Cervantes en la cárcel, “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”, pues allí pergeñó el personaje y los primeros capítulos de “El Quijote”, su inmortal obra?). Aquí, según mi perecer, Benavente pretende darnos a entender que el estudio, el acopio de saberes, exige denuedo. Lo que está claro, como el agua cristalina, es que el hacedor busca darnos gato por liebre (una verdad envuelta en papel de mentira). En esa idea abundan estas palabras de Crispín: “(…) nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes parece”. O sea, que lo que cuenta es aparentar. Otro tanto cabe predicar de los repetidos por Arlequín “pasteles de liebre”, que son rebajados por Crispín a (so)meras ”empanadas de gato”.

(Continuará mañana o pasado.)

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