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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La necedad del Congreso ante el terrorismo

Roberto Esteban Duque
Redacción
jueves, 13 de diciembre de 2007, 15:46 h (CET)
Ahora resulta que el mal no era ya fascinante y había perdido toda su eficacia, que su hedor devenía desnuda evanescencia, como si al fin su indeleble y secular memoria hubiese quedado paradójicamente sepultada. Así razona monseñor Uriarte, actual obispo de San Sebastián, en su carta pastoral de Adviento: “La esperanza vence al miedo”. Se espanta el prelado, como un niño inocente y lleno de asombro, de la retracción sufrida por el nuevo golpe que el terrorismo ha asestado a la convivencia humana, devolviéndonos “a un crudo pasado que muchos creíamos cancelado”. Le pondremos una penitencia menor al prelado, con la certeza de que no ha leído por falta de tiempo la última encíclica de Benedicto XVI. En ella, el Papa afirma que “la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones”; que el bien no se puede garantizar desde las estructuras o el entramado social; que el bien no estará definitivamente consolidado, porque la libertad es siempre frágil, contingente, donada, herida por el pecado, capaz de traicionar su apertura constitutiva al bien, la belleza, la verdad, el amor. Es decir, monseñor, que de cancelado nada de nada.

Con todo, es peor noticia que el Congreso siga legitimando la negociación con la banda terrorista ETA, y que los terroristas continúen actuando como dirigentes en la vida política. El Congreso se limita así a esquivar el conflicto terrorista, pero no lo resuelve; escapa de él, pero a costa de crear un problema mayor: la complicidad con el chantaje, la extorsión y la muerte. Y es que se puede querer la ignorancia moral, y mirar para otro lado. Este es el peligro que en la actualidad no logra resolver el Congreso.

Entre los terroristas y el resto de los ciudadanos no existe una comunidad de convivencia humana. El terrorista no puede esperar que yo le dé la pistola cuando carece de ella o se le haya terminado la munición. No tiene ningún derecho al diálogo mientras persista en sus acciones y no se arrepienta, mientras no decida acabar explícitamente con la abyecta actitud de matar. La vida del hombre no es negociable, ni quedará expuesta a ningún tipo de coacción. El diálogo con los terroristas es una acción objetivamente mala, injusta. Dialogar con un asesino significa despreciar al inocente y negarle su derecho a vivir; peor, es promover al culpable, al tiempo que se instaura por decreto la barbarie. El ataque a la sociedad que constituye el terrorismo no debe verse amparado por un marco de diálogo. Es inconcebible que se premie la injusticia con el respeto, la pasividad o la complicidad. La ventaja del terrorista no puede existir al margen de la ley y la justicia. La pena al terrorista no es otorgarle la palabra: es imposible corregir al perverso recompensando sus actuaciones malas. La voluntad del terrorista se dirige contra el derecho a la vida de los demás, dañando gravemente a la comunidad humana.

Eadem sed aliter: las mismas cosas, sólo que de otra manera. El fenómeno del terrorismo sigue ofreciéndonos el mismo rostro que el de hace dos generaciones, persevera en su esencia, es identificable con la misma cosa: la imposición del miedo a través de la sangre y la muerte. Sin embargo, de una manera bien distinta a la concesión y el diálogo tendrá que producirse su extinción. Es preocupante que el Congreso vea en el diálogo el mejor recurso para optimizar el estado global de la convivencia en la nación española, fracturado por la actividad terrorista. Es doloroso que el Congreso sea exponente de la necedad, arbitrando medios y cauces inadecuados en orden a un cambio de gravitación histórica que haga remitir el terrorismo en España.

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