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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Qué soy yo

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 13 de diciembre de 2007, 08:26 h (CET)
Hay frases que concentran en sí mismas una enorme densidad de significado, como el “pienso, luego existo” de Descartes o el “yo soy yo y mi circunstancias" de Ortega. En las relecturas que hago de los libros que he ido acumulando a lo largo de mi vida, he tropezado hoy con la frase de Guardini “Soy para mí lo absolutamente dado”. Su reflexión a partir de esta afirmación me ha parecido hoy tan profunda y luminosa como entonces, cuando la leí, por primera vez, hace medio siglo. Me ha hecho pensar y ahora delante del ordenador, voy a tratar de dar forma resumida a mi pensamiento y compartirlo con mis lectores, si es que tengo alguno.

El “yo” de cada uno es un elemento siempre presente en nuestro vivir. Soy yo el que en cada momento ve, oye, siente, ama, goza o sufre. Las cosas, las personas, los acontecimientos, las circunstancias, van cambiando unas veces rápidamente, de un día a otro, de un momento a otro, otras permanecen más tiempo, aunque siempre acaban desvaneciéndose. En esta situación de cambio constante, que llamamos nuestra vida, solo permanece relativamente fijo mi yo, y digo relativamente fijo porque no puedo dejar de advertir mi propio cambio.

Pero si en lugar de mirar hacia fuera me cuestiono a mí mismo y me pregunto: “De qué modo soy yo mismo” me doy cuenta de que mi “ser yo” es lo más obvio y que el mundo que conozco, mi mundo, está construido desde él, “yo soy para mí lo dado”, es decir me he recibido. Hubo un tiempo en que yo no era y en el principio de mi existencia esencial no hay una decisión mía de ser, sino que hubo una iniciativa de alguien que me ha dado a mí. El acto por el que fui engendrado, amoroso o casual, no es suficiente para dar razón de mi existir, de mi ser esta persona concreta, que deviene en el tiempo pero trata de conservar su propio ser. No puedo ser otro, tengo que ser yo y he de querer ser el que soy, asumir lo bueno y lo malo que hay en mí. Mi tarea es permanecer en el ser y desde la verdad, llegar a ser de mejor manera.

Aceptar mi yo, como dado, como recibido, es reconocer los propios límites, pero no desperdiciar todas y cada una de las cualidades recibidas. Mucha gente desperdicia su vida queriendo ser otro del que es. Otros intentan explicar su vida como mero acontecer de la naturaleza o de la biología, igualándose a los otros seres vivos, aunque solo el hombre, radicalmente distinto al animal, puede cuestionarse a sí mismo y tener conciencia de su muerte.

Pero si no puede explicarme ni demostrarme a mí mismo sino aceptarme como recibido, como dado, tiene necesariamente que haber Alguien que exista por sí mismo, que sea la existencia misma y nos haya llamado a existir. Si somos esencialmente finitos y limitados, es necesario Alguien infinito y eterno que nos sustente. La ciencia de la que tanto nos envanecemos, y que proclama con soberbia que Dios no es una hipótesis necesaria, solo puede dedicarse a las cosas materiales, a lo que se puede contar, pesar o medir, en definitiva manipular, pero no tiene respuestas a las cuestiones últimas y radicales ¿quién soy yo? ¿qué sentido tiene mi vida? ¿por qué amo, odio, sufro, gozo, espero? ¿por qué distingo entre el mal y el bien?. Dios no es manipulable pero sí experimentable por el hombre que, aceptándose a sí mismo como dado, agradece la vida a su dador y comprueba que no existe nada que pueda colmar su corazón, sino Dios mismo que además lo llama a gozar de su eterna felicidad.

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