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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

No envejecemos, sólo nos marchitamos

Jose Vicente Cobo
Vida Universal
miércoles, 12 de diciembre de 2007, 08:52 h (CET)
Quien posee un alma floreciente, juvenil y pura, no envejece. Se marchita como una hoja de un árbol frondoso, que en el verano ha desplegado toda su exhuberancia. Marchitarse no significa envejecer. Como la hoja del árbol, se reseca tu cuerpo físico, porque él es un elemento natural que pertenece a la tierra. En él está el nacer y el perecer, la legitimidad de la materia.

El árbol de la vida en el hombre es el Espíritu. Quien observe detenidamente el follaje de un árbol, notará que ya en el otoño empieza a prepararse para la primavera. Algo similar ocurre con un hombre iluminado: se marchita, pero no envejece. El interior, la primavera del alma, la pureza del ser interno irradia la envoltura externa, brota de nuevo.

En el proceso de marchitarse empieza a vislumbrarse de nuevo la juventud, la espiritualidad del ser interno, el alma iluminada: la gracia, la dulzura y el principio fundamental de la vida que Dios ha depositado en su ser: el amor, la paz, la armonía, en resumen la abnegación divina.

¡Reconoce entonces la imagen ideal de ti mismo! ¡Imagínatela! Convéncete de que eres perfecto e imita esta imagen ideal de perfección, al ser absoluto en ti, purificando tus pensamientos, evitando reflexiones negativas sobre tu prójimo, viendo en todo lo bueno y adoptando una actitud positiva, para que sientas y pienses correctamente. Quien se esfuerce diariamente en ver todo lo bueno, sin importarse cómo se muestre lo exterior, está desarrollando los aspectos espirituales que Dios le inspiró: amor, armonía y paz. Estos aspectos divinos de tu alma son tu ser original.

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