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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Los estudiantes, sus padres y Zapatero

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
miércoles, 12 de diciembre de 2007, 08:34 h (CET)
Tiene buena parte de razón Zapatero cuando descarga sobre los padres una parte de la responsabilidad del fracaso de la educación. Aunque algunos de ellos parecen ignorarlo, los padres son necesariamente los primeros responsables de la educación de sus hijos. En grandes capas de la población se confunde tener hijos con concebirlos, es decir se confunde la elevada tarea de educar con la más animal del acto sexual, alimentarlos o abrigarlos.

Llevo treinta años implicado en el mundo de la educación, se me olvida ya por cuántos centros he pasado, pero baste decir que con frecuencia me encuentro a los que fueron mis primeros alumnos convertidos en personas de provecho, ocupados en diversas tareas útiles a la sociedad, agricultores, bancarios, técnicos muy especializados o despachando pan en la tienda de la esquina.

Y también soy padre, es una de las tareas más duras que conozco, aunque nunca he bajado a una mina ni subido a un andamio. Para ella no hay descanso, no vale que sea fin de semana, de noche o estar cansado, la batalla y el empeño han de ser continuados. El desafío es permanente y la tarea inacabable y a veces inabarcable.

En esos treinta años de profesión me he encontrado con multitud de padres abrumados por la responsabilidad, interesados y preocupados por sus hijos, su educación y su futuro, unos teniendo claro los principios por los que regirse y otros absolutamente desorientados, pero también con otros muchos que habían tirado la toalla, derrotados por sus hijos y por la sociedad y sus circunstancias, a la par que por su incapacidad. Y por supuesto, también con multitud de ellos que jamás han asumido la más mínima responsabilidad en la educación de su prole, piensan que con llevar el sueldo a casa han cumplido su misión.

Y es a estos dos últimos grupos de padres a los que sin duda se ha referido Rodríguez Zapatero cuando, olvidándose de sus responsabilidades como gobernante, achacaba todos los males del sistema educativo español denunciados por el informe Pisa. Por cierto, al menos el consejero de Educación de Castilla y León, una de las Comunidades que salen mejor paradas en este informe, le ha venido a dar la razón con bastante exactitud.

Personalmente pienso que se quedan cortos. Que tienen buena parte de razón en sus críticas a las familias pero que además debieran extenderlas al sistema educativo que a ellos compete. Aunque mi experiencia personal respecto a la calidad de los docentes de los que he sido compañero es excelente, puesto que aquellos maestros y profesores que yo conozco están perfectamente preparados tanto en sus materias específicas como en Pedagogía, Psicología y otras áreas del conocimiento similares, sin duda también tenemos nuestra responsabilidad. Además, hay autorizadas voces que reclaman que la carrera de maestro se convierta en una licenciatura en vez de una diplomatura.

Pero el Estado y el sistema educativo tienen graves responsabilidades que solventar, graves errores que corregir. Cierto que con demasiada frecuencia las familias son necesariamente las primeras culpables, pero no lo serían tanto si se diesen las circunstancias adecuadas para poder afrontar directamente tan graves problemas.

En el sistema educativo y durante décadas se ha primado a los malos estudiantes y para disimularlo se han manipulado las estadísticas. Se han olvidado grandes valores humanos que deberían ser universales, el esfuerzo, el estímulo por las cosas bien hechas, la disciplina y la capacidad y el mérito. Generaciones de ignaros españoles han crecido rellenando fichas y más fichas con los contenidos de los libros que tenían delante, olvidándose del estudio, del razonamiento, de la comprensión y de la memoria, que eran rechazadas como capacidades discriminatorias en una sociedad en la que todos los individuos deberían ser iguales.

Cuando al final de un curso escolar o de toda una etapa educativa los niños y sus padres no perciben claramente unas diferencias contundentes entre quienes han trabajado y aprovechado el tiempo y quienes han vivido la gran vida damos estamos favoreciendo a aquellos que sin trabajo y sin mérito obtienen los mismos resultados que quienes se han pasado tardes enteras de trabajo. Ésa ha sido una constante en la educación española, que sólo muy recientemente se ha empezado a corregir.

La disciplina ha sido otra de las grandes olvidadas del sistema educativo, saber mandar y saber obedecer han sido durante mucho tiempo cualidades asimiladas a valores del franquismo, de pronto la autoridad pasó a ser rechazada por una sociedad que había vivido cuarenta años autoritarios. La figura del maestro, como todo lo que tuviera algún referente de autoridad, cayó en gran descrédito y desprestigio. Todo el mundo sabía de educación aún sin haber pasado de la escuela primaria. Los gobiernos, en vez de protegerlos y mimarlos, prefirieron recortar su autoridad, minándola y socavándola, y apoyar los desafíos de determinados padres. El banal tuteo que se impuso en la sociedad a finales de los años setenta no deja de ser una contribución más en ese terreno. Todos iguales… ¡por abajo!

Todo ello, unido a unos planes de estudios cambiantes, neuróticos, deprimentes y sin sentido acaba en generaciones de niños y padres incultos que se sientan ante la tele a ver programas de corazón que te enferman del hígado. Hoy un sector social no valora la enseñanza, para ellos da igual saber que no saber, aprender o quedarse atrás, el único dios valorado por ellos es el placer rápido y el dinero fácil. Que es lo que mucho más discretamente dijo Zapatero. Y ya sé, soy consciente, que estoy simplificando y generalizando, con toda la injusticia que eso acarrea.

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