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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Hoy, Crispín, centenario

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 10 de diciembre de 2007, 23:46 h (CET)
(LAS VERDADES DE LAS MENTIRAS)

“Yo, como don Quijote, me invento pasiones sólo para ejercitarme”. François Marie Arouet, “Voltaire”.

Tal día como hoy, hace un siglo cabal, el 9 de diciembre de 1907, se estrenó en el Teatro Lara, de Madrid, “Los intereses creados”, una de las mejores obras que trenzó para la escena uno de nuestros premios Nobel de Literatura, concretamente, el que lo recibió el año 1922, Jacinto Benavente.

Antes de comenzar a leer la obra (pues servidor no ha tenido el gusto ni ha disfrutado de la oportunidad de verla representada), lo que más ha llamado la atención del potencial (y dispuesto a ello) lector de la misma ha sido que, pasando páginas hasta encontrar su arranque, éste se ha dado de bruces con los personajes o el reparto del drama, llevándose todo un “sorpresón”, ya que el papel de Leandro, el galán de la comedia, lo interpretó, al menos el día de su estreno, la actriz Clotilde Domus (al personaje sagaz de Crispín le dio vida el actor Ricardo Puga). Aunque siempre fue asiduo a la ambigüedad, ignoro qué pretendió don Jacinto con ello (¿acaso agregar otro embeleco o dar una vuelta de tuerca más a esa añagaza o trampantojo que ya es de por sí el propio teatro, que, mientras dura la representación, va destilando o exudando, por arte de magia, una apodíctica certidumbre?).

Según breve apunte del propio autor, la acción transcurre en un país imaginario, a comienzos del siglo XVII.

Desde que Cervantes escribiera en el prólogo que colocó a la primera parte de “El Quijote” (sensu stricto, “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, 1605) que había urdido su imperecedera novela a fin de que se detestaran los libros de caballerías, cuando éstos, al parecer, ya habían experimentado un declive evidente, por no hablar de un cristalino bajón, en cuanto a su estima o predicamento, por parte del público lector, son muchos los lectores críticos que toman los exordios por lo que también, sin ninguna duda al respecto, son, literatura, esto es, ficción, o sea, mentira que, paradójicamente, suele encerrar o guardar en sí misma una inconcusa verdad.

Si en el apuntado prefacio cervantino leemos que “(…) Y, pues, esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías (…). En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que si esto alcazáredes, no habríades alcanzado poco”, en el prólogo que Benavente puso a “Los intereses creados”, se lee, en boca de Crispín, que la obra que se va a representar “es una farsa guiñolesca, de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en ella sucede no pudo suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos o fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista. Son las mismas grotescas máscaras de aquella comedia del arte italiano”, pero, nada más echar a andar la obra, le escuchamos decir a Crispín: “Hombres somos, y con hombres hemos de vernos” y, otrosí, una vez representada la pieza, en el parlamento final de Silvia hallamos una clara contradicción con lo dicho por Crispín en el proemio: “(…) a estos muñecos, como a los humanos, muévenlos cordelillos groseros, que son los intereses, las pasioncillas (…) a los humanos, como a estos muñecos que semejan humanos (…)”, pero, a la postre, superada. La tesis que procuraré defender y sostener mañana es que “Los intereses creados” versa sobre el proceso creativo de una obra dramática. Los personajes, mientras están en el caletre del hacedor del drama y aun en el papel, son eso, guiñoles, mas, subidos en las tablas, se hacen humanos (a la vista y demás sentidos de los humanos).

Al final del prólogo, Crispín nos dice que “el autor sólo pide que aniñéis cuanto sea posible vuestro espíritu. El mundo está ya viejo y chochea; el arte no se resigna a envejecer, y por parecer niño finge balbuceos… Y he aquí como estos viejos polichinelas pretenden hoy divertiros con sus niñerías”, que, por supuesto, no entenderán, me temo, los niños (ni los lectores, ni los espectadores). Benavente sólo nos recuerda aquí su pretensión de divertir, el “detectando” o el “dulci” horacianos, pero, leyendo (y, siendo espectador, supongo, de) la obra surge por aquí y allá el no mentado, mas inconcuso también, propósito de aprovechar, enseñar o ser útil, quiero decir, el “prodesse” o el “utile” del poeta latino mencionado.

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