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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Epístola trenzada con ironía y dirigida a mi lector pertinaz

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 10 de diciembre de 2007, 07:55 h (CET)
(URDIDURA ALIÑADA CON ORGASMO Y APSERJADA CON SARCASMO)

(Advertencia preliminar: servidor –tú ya sabes, desocupado lector, para unos, E. S. O., un andoba de Cornago; Otramotro, para otros- recomienda encarecidamente que la lea con exclusividad quien se haya dado, se dé o vaya a darse por aludido; se haya sentido, se sienta o vaya a sentirse identificado o solidarizado con el destinatario indicado, con el arquetipo que le cuadra, quiero decir, con el que le encaja o viene como alianza al anular, y cuyos rasgos peculiares, si no los ideó a solas –el consenso, en este punto específico, se me antoja imposible- ni al alimón, si ni siquiera contribuyó mínimamente a su diseño –la concordia, aquí, aunque problemática, me parece probable-, ayuda, al menos, a consolidar –este extremo, según el criterio seductor, radiestésico y persuasivo con el que la diosa Fortuna suele gratificarme, de cuando en vez o de vez en cuando, es indispensable, apodíctico-, a afianzarlos, pues la atenta y entera lectura ocasional de la sobredicha por parte de cualquier otro lector desprevenido, esporádico y/o profano en el cáustico carrusel de la mordacidad, puede acarrear efectos secundarios perniciosos e indeseados, como astenia, comezón, hormigueo y/o flatulencia, de localizaciones difusas, proteicas, a su anatomía núbil, fértil, y reacciones adversas inopinadas, como desdoro del entusiasmo, desgaste del optimismo, mengua de la jactancia y/o merma de la reputación, de intensidades diversas, a su personalidad epatante, atractiva, arrolladora.)

Prendido el baldón en una hoja de acanto, tañendo la insolencia junto al nido de cigüeña, y antes de seguir por el derrotero (que me apresto a desbrozar) del sarcasmo incruento con desconsideración de cariz parecido o irreverencia de jaez similar, vayan por delante, en vanguardia, lerdo lector, mis más sentidas peticiones de disculpa por el tuteo, la ausencia del plural mayestático y (en el supuesto de que seas fémina) la machada (que, aunque no lo es, puede pasar por síncopa de mamarrachada –y aun de muchachada-) y mis más sinceras solicitudes de perdón si, al haberte mentado en la espadaña, te he puesto en evidencia más o menos sonrojante, en el disparadero ineludible o en otro compromiso bochornoso, e impuesto sibilina, subliminal o sutilmente la pena capital, tener que leer, del capitel a la basa, la presente pilastra en esta, esa o aquella palestra. Ánimo, que su fuste es cuadrado, enjuto y escueto. Además, he porfiado lo indecible para poder ofrecértelo mondo, sin las pepitas de sandía que incordian y semejan esos exergos eruditos, intemperantes e intempestivos; esas referencias mitológicas, irrelevantes e innecesarias; esos tropos utópicos, ucrónicos y horteras; esa hipotaxis túrgida, superflua y pedante; y esa redundante parafernalia estilística hueca, huera, vacua; que vienen a complicar, entorpecer y confundir la comprensión de toda claridad, llaneza, sencillez, de todo sentido justo, literal, recto.

Felizmente, tardo lector, en esta sociedad de la saciedad o el hartazgo hay ciertas suciedades (verbigracia, un octosílabo, esto es, seis palabras encerradas entre los signos de interrogación) que no logran desprenderse de las prendas que las comprenden ni aun después de haberlas dejado durante horas a remojo en una solución mágica de agua bendita y óleo santo; lámparas críticas (por ejemplo, ¿pero por qué no te callas?) que permanecen encendidas, no obstante el propósito avieso de un dictadorzuelo o tirano por apagarlas; errores que no se prestan a su propia inmolación y horrores que no se pueden incinerar, “ennichar” o sepultar; manchas cuyos contornos macabros no estoy dispuesto a suprimir porque no las quiero agrandar.

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