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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

No, no vale

Nieves Fernández
Nieves Fernández
lunes, 10 de diciembre de 2007, 07:55 h (CET)
En la consulta un médico me explica el tratamiento a seguir en un catarro común con alguna complicación respiratoria; como es mi propia salud y la de mi familia atiendo muy interesada sus consignas. El protocolo a seguir está bien explicado, no necesita introducir en cada una de sus frases el verbo interrogativo “¿vale?”, pero lo hace, incluso lo repite como si se sujetara a esa frase preguntona para cerciorarse de que está en lo cierto y que es imposible equivocarse. Yo asiento con algún sonido nasal y gutural para confirmar que sí me vale todo lo que me está diciendo. Como para que no me valga.

En el trabajo la compañera informática me da unas lecciones sobre tablas, filas y columnas de un programa del ordenador que nunca entenderé a no ser que copie orden por orden todos sus movimientos de pantalla y teclado, también a cada clic repite el bisílabo “¿vale?”. Mis ojos apenas ven todos los cambios que sufre la pantalla pero como a cada veinte segundos me repite este dicho pegadizo, no tengo más remedio que responder afirmativamente a sus pedagógicas palabras y consentir que, definitivamente, me doy por enterada. ¡Cómo para no darse!

Una bibliotecaria quiere colaborar conmigo en un nuevo proyecto y también a cada instante me suelta la ya extendida coletilla “¿vale?”. Yo me acuerdo del médico, de la compañera informática y comprendo perfectamente que ella haya entrado en la moda de esas coletillas que no son coletillas, sino plagas con lengua pegajosa y resabiada. Asiento con la cabeza quince veces, tantas como ella utiliza esa palabra.

Un compañero me explica un asunto porque va a marcharse de vacaciones, si quedo bien enterada tendremos éxito, aparte de que después yo podré hacer lo mismo en mi permiso vacacional. Es un mero intercambio laboral de trámite sencillo. El “¿vale?” surge en cada toma de aire inhalado; tanto vale lo inhalado que como siga así estaré a punto de decirle que mejor no se marche. Que es demasiado valer y yo no valgo tanto como para quedarme a solucionarle tan largo interrogante.

Y caí en la trampa, la coleta del cebo me atrapó entre sus cabellos y entre sus garras. Me siento mal porque ando en explicaciones varias y no puedo evitar soltar el vale como refuerzo a lo que estoy diciendo a mis interlocutores. Si antes callé cuando el vale no valía ni para mí ni para nadie, ahora callo también como traidora que no hace sino repetir coletillas del vecino de mesa o de despacho, coletillas que no comparto en absoluto pero que declamo como si necesitara de su sabia autorización para seguir hablando.

“¿Vale?” Escucho en la radio, en la tele, en el patio, en la calle, en el teléfono, en la tienda, en la esquina, y a raudales en el trabajo. Los “¿vales?” me persiguen por donde quiera que vaya y ya sólo tengo ganas de responder al primero que me lo vuelva a decir: “No, amigo, amiga, no vale, al menos a mí no me vale ese aire de retórica barata que has tomado por contagio de no sé quién y en no sé dónde y que ahora me estás pegando. Que no, que no me vale que digas a cada momento “¿vale?”, porque es imposible que estemos de acuerdo tanta gente en algo y cerremos el trato con ese “vale” pelmazo que no hace sino desacreditar la explicación de un “ser trenzado” que utiliza las modernas coletillas para unir o atar las palabras en su boca para que sean válidas, palabras que necesitan ese apoyo como una casa buena argamasa.

Además me recuerda al otro “vale” cervantino que nada tiene que ver con este vale preguntón e impertinente.

No, no vale, conque no vuelvas a preguntarme. ¿Vale?

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