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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Poesía navideña

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 10 de diciembre de 2007, 08:26 h (CET)
“No se dejaba mirar,
envuelto en nubes y velos,
ahora en pajas y hielos
se deja ver y tocar.”


Lope de Vega

La Navidad dentro del cristianismo es un hecho trascendental y permanente que siempre empieza y nunca termina. Poética lección de amor. En estas fechas entrañables queremos recordar que a la gloria del nacimiento constante de la poesía se une la del nacimiento de un hermoso niño. Perseguido, acorralado, sobre puertas que no se abren frente al frío y la incomodidad nace un niño sobre las pajas de un pesebre, entre las ruinas de un portal. Así empieza una vida.

Cuando nacía aquel niño que “con unos ojuelos mira, que penetra el corazón”, latía un Estado Jurídico en apariencia perfectamente constituido. Sobre aquel mundo de ricos y pobres, de capitalistas y menestrales, de zonas de influencia política, de vandalismo y de cultura, con tantos puntos de semejanza aún en el paso de los siglos con este mundo que hoy nos ha tocado vivir, se alzó la voz de aquel niño para defender a los pobres, para perdonar a la Magdalena, para echar a latigazos a los mercaderes del Templo. Sobre este mundo nuestro, se tiene que alzar la voz de los poetas para defender a los débiles contra los abusos de los poderosos. De conformismo nada. De silencio tampoco. Cuántas injusticias no se pretenden legalizar sobre principios que se dicen cristianos.

Anda la tierra revuelta. Buen momento para sembrar. Sólo rompiendo antes la costra reseca prenderá la semilla al caer de la mano del labriego. Pero para la mentalidad de un poeta, mala será la siembra si no se hace con amor.

La definición de Dante: “poesía: decir de amor”, pudo invertir su relación al cambiar sus términos diciendo: “amor, decir de poesía” y aún ir más allá hasta definir la poesía como amor al decir: como en el gongorino: “quiere amor en su fatiga / que se sienta y no se diga; / pero a mí más me contenta / que se diga y no se sienta”.

Dentro y fuera de España peleamos los españoles por la verdad más paradójica, la de la política y la religión, que es la verdad más insegura. Y no porque no estemos seguros de ello, sino por todo lo contrario, peleamos por inquirirla, por buscarla. Buscamos la verdad: encontramos la poesía. “La poesía no es lo que se busca, sino lo que se encuentra”, escribía admirablemente certera, Eugenia de Guerin. ¿Pero se encuentra la poesía cuando se busca la verdad? La verdad es lo que se busca hasta morir: la poesía es lo que se encuentra por haber buscado de ese modo, porque cuando buscamos la verdad de veras, lo que verdaderamente encontramos es la poesía. Pues, ¿qué nos queda a los españoles en el tiempo, en la historia, a fuerza de haber buscado tanto y tan terriblemente la verdad, la verdad de todo, sino la más admirable, y también terrible, insuperable poesía: la de Garcilaso y Cervantes, de Lope Vega y Calderón, de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, Fray Luis, Quevedo, Góngora y Gracián o del Greco, Velázquez, Zurbarán, Murillo, Goya, Picasso... la de Larra y Zorrilla, Espronceda y Bécquer: la de Galdós, Unamuno, Machado, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, García Lorca, Salinas, Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Prados, Altolaguire, Aleixandre, Cernuda, Alberti, Miguel Hernández?...

Se busca la verdad se encuentra la poesía. Se busca la verdad con la vida entera, cuando se busca de verdad; y porque se la busca de tal modo, con la vida entera, se encuentra, de verdad, enteramente, la poesía.

Esta poesía navideña, tan de verdad, que “se deja ver y tocar”, tiene encanto y frescura de infancia y es la expresión viva de la gracia. Así lo entienden los poetas y cantores que se estremecen, por ello, de alegría. Porque en estas fiestas navideñas en sus corazones de niños, de hombres, de poetas, late este sentimiento de amor, este “decir de amor”.

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