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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

De raza le viene al galgo

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 9 de diciembre de 2007, 07:50 h (CET)
Ayer, en un debate de un programa de televisión matinal, se discutía la oportunidad de solicitar una pena de cárcel (nueve años, si no recuerdo mal) para el propietario de un bar musical. La controversia nace a partir de la producción exagerada de ruido, según los vecinos.

Mientras el debate se iba desarrollando, cada una de las partes defendía su postura de manera lógicamente emocional. Los vecinos no consiguieron dormir los fines de semana hasta que se aceptaron y se ejecutaron las medidas cautelares que suponen cerrar momentáneamente el local, hasta la celebración del juicio. El empresario no había podido explotar su negocio desde entonces.

Por esto, la situación llegó a ser algo tensa en el plató. La audiencia apoyaba a la parte que consideraba débil, por medio de los mecanismos de bidireccionalidad. Poco a poco, la cuestión se fue decantando de parte de los vecinos. Si bien la pena de cárcel parecía excesiva para algunos, la mayoría suponía que una actitud ejemplar por parte de la administración o de la administración de justicia ayudaría a garantizar los derechos de las dos partes.

Pero cuando la balanza se decantó del lado de la sanción al empresario, éste reaccionó aludiendo a una cuestión que me sorprendió. ¿Esto qué es, racismo?, dijo. El propietario era de origen suramericano.

Y ya estamos de nuevo estancados en la acusación recurrente y a destiempo del racismo. Pienso que todas las personas tienen un componente racista, excluyente. Todos sentimos cierto recelo ante lo que se escapa en cierta medida de nuestra normalidad personal. Tendríamos que extender el concepto de lo racial a la diferencia en cualquier aspecto.

La diferencia se centra en la manera en que se gestiona este recelo. Los demás suelen ser muy diferentes a uno mismo, lo que supone que en muchas ocasiones nos llevan la contraria hasta en cuestiones que creemos que no admiten discusión posible. Ante ello, el ODIO puede traducirse en actitudes violentas o en convivencia.

Dentro de las normas de convivencia se encuentran la normativa legalmente establecida, el derecho. Que las leyes tienen la función de limitar la actuación, es evidente. Las normas que obligan a la correcta insonorización de los locales, son ‘racistas’ con quienes regentan un local susceptible de ser insonorizado.

Fuera de la convivencia entra todo lo que se escapa al pacto. En todas partes hay quienes prefieren cerrarse en banda, pero pretender escapar al cumplimiento de la ley aduciendo a que ésta discrimina a algún colectivo es definir directamente el carácter de lo que es en esencia una ley.

El racismo violento gratuito está fuera de esta discusión. El comentario del propietario del bar desprestigia las situaciones reales de violencia por motivos de color de piel.

Mucho me temo que lo que todos entendemos por racismo es algo bastante más serio.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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