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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

José Romagosa, el volcán

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 9 de diciembre de 2007, 07:50 h (CET)
Hay testimonios escritos que confirman que en la ciudad de Villa Rica de Vera-Cruz, Hernán Cortés le escribió una carta al rey de España en 1519. Al final de la carta había una relación de piedras preciosas que el conquistador había recibido del mismo Tenochtitlan, quien creía que Hernán Cortés era el dios Quetzal. Tanto las piedras preciosas como la carta se enviaron a España para que el rey valorase su belleza, puede que también con otras intenciones del propio Hernán Cortés. Eran cientos de piedras preciosas las que llegaron como jades, amatistas, y rubíes, piedras sacadas de los yacimientos de aquella Villa Rica.

Las piedras que adornan o adornaban la rotonda del Quijote Azteca de Ciudad Real no son piedras preciosas, no son jades, ni amatistas, ni ópalos ni turquesas pero son piedras queridas por los amantes de una asociación quijotesca.

Es curioso cómo los seres humanos podemos llegar a querer a los objetos materiales independientemente de su valor monetario. Segura estoy que estas piedras no preciosas no son joyas de alto valor monetario, pero sí son preciosas por su alto significado y pueden llegar a tener el mismo valor que las primeras en el mercado del corazón o la nostalgia.

Pepe Romagosa es un volcán, defiende unas piedras volcánicas que han adornado durante 10 años una rotonda que rodea a una escultura. Una escultura que tuvo sus adeptos y sus detractores pero que ha hecho de ese lugar un monumento majestuoso distinto al resto de monumentos que conocíamos por aquí. Contra los que la apodaron “Mazinger Zeta” en sus primeros meses, apodo que ya muchos hemos olvidado, se ha generalizado su nombre mejicano “Quijote Azteca”, duro y fiero como el acero que la esculpe, fuerte y noble como la piedra que la rodea.

Durante los últimos años he sido testigo cómo los niños cantaban y leían poemas dedicados a este Don Quijote mexicano en cada 24 de octubre, casi siempre con representación institucional de este país lejano; cierto que por el tráfico rodado apenas podíamos acercarnos a fotografiarnos o a depositar la corona de laurel en los pies de la gigante estatua pero allí estaba, quizá su altura y sus piedras volcánicas nos advertían que el mensaje internacional del Quijote es elevado, y que necesitaba un lugar así, espacioso a lo alto y a lo ancho para poder expresarse libremente.

Esas piedras volcánicas no sé de qué volcán mexicano proceden pero se me antoja pensar que el Presidente de la Asociación Cultural Quijote 2000, José Romagosa ya es en sí un volcán poderoso, con una fuerza que el mismo Quijote le da en dos momentos clave: Uno, cuando produce y edita el Quijote en dibujos animados y otro, cuando la Asociación que preside le nombra Caballero Andante como así se hiciera igualmente con Don Eulalio Ferrer, quien propiciara que la gran estatua llegara a Ciudad Real y se crearan lazos de hermanamiento entre Ciudad Real y Méjico.

Actualmente se está realizando una remodelación en esta rotonda, remodelación que exige que desaparezcan las volcánicas piedras y me pregunto por qué una Asociación Cultural que tiene todo el poder de un volcán para decorar y transformar una ciudad como la nuestra y establecer lazos de amistad y de unión no puede ser escuchada para que se replantee la polémica reforma. Y por qué nos callamos y dejamos que el patrimonio sea sólo decidido por nuestros representantes, dignos representantes, que de vez en cuando deben escuchar a los representados, al menos para no olvidar del por qué del tiempo y de las cosas.

Si antes era extraño ese mazacote de hierro querido, ahora ya es una parte integrante de esta ciudad que parece que respira junto a nosotros en su ampliación y desarrollo y lanza la lava del desacuerdo a través de personajes como el genial y siempre poco ponderado Romagosa. Ser volcán o quijote en nuestra tierra viene a ser más o menos lo mismo.

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