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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El sentimiento amoroso

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 8 de diciembre de 2007, 08:44 h (CET)
“...su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido;
polvo serán, más polvo enamorado.”


Francisco de Quevedo

A veces pensamos que el amor existe. El amador sencillamente, cuando existe, lleva una carga de maravillosa inocencia. Del tronco tremendo del amor, cada hombre arranca una rama y la rama escogida dará mucho del alma que la desprende. “Dime cómo amas y te diré quién eres”, es una afirmación que tal vez no sea del todo cierta, pero es más verdadera que aquella otra de mayor difusión: “Dime a quién amas y te diré quién eres”.

Algunas veces los poetas han querido darnos una definición de lo que es el sentimiento amoroso. El caso más tópico, la lección más repetida sobre qué es amor estaría en el endecasílabo: “es yelo abrasador, es fuego helado”.

Rodrigo de Cota, allá en el siglo XV, modestamente se limita a reunir los opuestos en una enumeración deliciosa que podría prolongarse hasta el infinito. Amor es: “vista ciega, luz oscura / gloria triste, vida muerta”.

Terminar con un concepto genérico es lo que hará mucho tiempo después nuestro Quevedo, en un tanteo semejante, cuando para definir el amor por sus efectos, tienta el misterioso albedrío: “es una libertad encarcelada”.

En el común destino de los amadores unos cargarían el acento en la fijación: encarcelada. Otros en el supremo vuelo dentro de su ámbito: es una libertad.

Si nos acercamos a Lope de Vega, arquetipo de hombre de amor, para demandarle una definición, ésta sería la misma: los contrarios yuxtapuestos. Pero lo que se inicia como un esquema general para decir qué es amor, más vitalmente contradictorio: “Desmayarse, atreverse, estar furioso / áspero, tierno, liberal, esquivo....”, se va poco a poco delineando con una experiencia y termina por entregarnos al hombre que acaba de amar y que nos dice qué es amor porque no está diciendo qué ha sido su amor.

Los contrarios se rompen. Amor era estar triste y alegre, humilde y altivo. La oposición ha cambiado y el amor tiene su desembocadura: “Creer que el cielo en un infierno cabe / dar la vida y el alma a un desengaño: / esto es amor, quien lo probó lo sabe”.

No opinaría lo mismo Boscán, que nos dirá: “Bueno es amar: ¿pues cómo daña tanto? / Gran gusto es querer bien: ¿por qué entristece?”

Un poeta esforzado que está sin amor puede anhelarlo en el fondo de su alma y saber con alegría que el amor bien vale el sufrimiento que le acompaña. Juan de Encina, en el siglo XV, nos lo dirá con notable sencillez: “Más vale trocar / placer por dolores / que estar sin amores”.

Un día Quevedo mirará a su vida amorosa y dirá, con el hondo desengaño que toca en el sereno desesperar: “Mejor vida es morir que vivir muerto”. Más vale dejar de amar, muriendo, que morir muerto por el sufrimiento del amor. Y en otro soneto quevedesco: « Y dije: “Quiera Amor, quiera mi suerte, / que nunca duerma, si estoy despierto, / y que si duermo, que jamás despierte”.»

La definición de Dante: “poesía: decir de amor”, pudo invertir su relación al cambiar sus términos diciendo: “amor: decir de poesía” y aún ir más allá hasta definir la poesía como “amor al decir”: como en el gongorino: “Quiere amor en su fatiga / que se sienta y no se diga; / pero a mí más me contenta / que se diga y no se sienta”.

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