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El nido de ratas contra el Mercosur

Luis Agüero Wagner
Redacción
viernes, 7 de diciembre de 2007, 11:21 h (CET)
El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera (Alexander Pope).

El periodista a sueldo del maccartismo, meritorio aspirante a zoquetero que nunca estrenó su título de ingeniero construyendo por lo menos una letrina, y confeso propagandista de los biocombustibles de George W. Bush, Ricardo Canese, sigue con su consabido empeño de insuflar bríos a las retrógadas campañas de su patrón contra la integración regional, que en su momento fuera un gran negocio editorial y político.

Como simple profano en el tema de la energía eléctrica, quisiera presentarle a nuestro héroe algunos números, fechas y cuestionamientos a los que es tan afecto cuando se trata de intentar socavar la imagen del MERCOSUR ante la opinión pública paraguaya, en beneficio de los intereses imperiales que todos sabemos que defiende.

En primer lugar, ¿Cuántos voltios se necesitan para provocar un cortocircuito que desencadene un incendio en la Ferretería Nueva Americana? Pues a pesar del poco conocimiento en tales asuntos en comparación con Canese, puedo asegurarle que la cifra exacta son 850.000 dólares de deuda tributaria.

El incendio de comercios, según las malas lenguas, era la recurrente vía con que su jefe Aldo Zucolillo evitaba pagar con recursos torcidos un “precio justo” por sus negocios al Estado Paraguayo, como puede verificarse revisando la resolución nº 54 del 6 de marzo de 1972, y las 327 y 328 del 26 de julio de 1991. El acta de la intervención de los inspectores de Hacienda estaba fechada el 1 de julio de 1991, y tres días más tarde la firma del jefe de Canese solicitó el fraccionamiento de su deuda. Desafortunadamente, el Ing. Ricardo Canese no estaba a cargo de asesorar con su sapiencia a los responsables de las instalaciones eléctricas del comercio, y en diciembre de ese mismo año las llamas del averno consumieron a la Ferretería.

Segundo, ¿Cuántos wattios de potencia aplicaba en su descarga la picana eléctrica que utilizaba su compañero de redacción Alcibíades González Delvalle, en tiempos en que trabajaba como policía de Edgar L. Ynsfrán? ¿Retribuye un precio justo a la sociedad paraguaya el lucro antisocial de los puertos privados de PAKSA?

¿Cuántos niños desnudos y hambrientos podrían comer tres veces al día si se formalizaran algunos privilegios como ése? ¿Qué precio se pagaba por aparecer en los álbumes estronistas de Monte Domecq? ¿Qué marca de fósforo usó Nerón para incendiar Roma?

Una pista para resolver estos acuciantes laberintos de nuestro tiempo la sembraron algunas décadas atrás el director griego-turco-norteamericano Elia Kazán, y el periodista Humberto Pérez Cáceres. Kazan, cuyo trabajo como director incluye títulos tan conocidos como Nido de ratas, Al Este del paraíso y Un tranvía llamado deseo realizados durante la década del ‘50 –su mejor momento artístico–, ha sido siempre señalado como un traidor y delator durante la llamada caza de brujas macartista, debido a su colaboración con el Comité de Actividades Anti-americanas uno de los últimos avatares de la perversa Guerra Fría que contaminó la industria cinematográfica norteamericana en aquellos años.: “Los nombres que di (una docena de ex integrantes del Partido Comunista) ya eran conocidos por el Comité” se defendió en una oportunidad Kazán.

Su amigo Arthur Miller dio una versión distinta de ese episodio y Dashiell Hammett, en iguales circunstancias que Kazan, calló y terminó en la cárcel y en la ruina. En su famoso film “Nido de ratas” (cuyo nombre original en inglés era “On the Waterfront”), Kazan glorificaba al delator Terry Malloy, personificado por el legendario actor Marlon Brando. Inspirado en el argumento, Humberto Pérez Cáceres tildó alguna vez al diario de Aldo Zucolillo con el nombre castellano de la película de Kazan, quien en 1999 recibió un discutido Oscar por su trayectoria de manos de la misma comunidad que había sido su víctima.

Desde el conglomerado de agentes encubiertos del imperio e incautos, conocido como Tekojoja, se ha criticado a Oviedo por su actual idilio con sus otrora verdugos del wasmo-argaño-nicanorismo. Es inconsistente la crítica proviniendo de un grupo donde militan ex miembros de la OPM. Especialmente si se considera que en sus tiempos de “revolucionarios” José Luis Simón, María Jesús Caballero, la izquierdista arrepentida Guillermina Kanonikoff, etc, eran presentados como peligrosos terroristas con sus fotos en tapa de ABC (como buscados al estilo del Far West), azuzando a los grupos de tareas de Pastor Coronel. Hoy todos vemos el apasionado entusiasmo con que su delator de otrora, Aldo Zucolillo, promueve políticamente a sus perseguidos de antaño desde el mismo diario donde los señalaban como bestias a cazar por sus represores, y las antiguas víctimas retribuyen con su servilismo a las campañas del Citizen Kane criollo.

En conclusión, aunque muchos enigmas quedarán para la discusión de los arqueólogos, que siglos adelante analizarán con inexorable asombro las ruinas de nuestra actual era tendotárquica, existen otros acertijos que fácilmente pueden develarse en el presente, como la pregunta: ¿Quién se beneficia con las falacias luguistas de Canese?

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Luis Agüero Wagner es escritor, natural de Paraguay.

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