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Etiquetas:   Entrevista   -   Sección:   Entrevistas

'La ficción ordena mejor la realidad'

Jordi Soler, escritor
Redacción
miércoles, 5 de marzo de 2008, 06:07 h (CET)
Jordi Soler (La Portuguesa, México, 1963), nacido en el seno de una familia de exiliados catalanes en México, autor entre otras de las novelas 'La mujer que tenía los pies feos', 'Nueve Aquitania', 'La corsaria', 'Bocafloja' y 'Los rojos de ultramar', tiene nuevo título en el mercado: 'La última hora del último día', editada por RBA. Sobre el entorno de esta obra y el mundo del exilio conversamos a continuación con este escritor, un "catalán de Veracruz" como él mismo, curiosamente, se define.




Jordi Soler.


Herme Cerezo / SIGLO XXI

Jordi, ¿'La última hora del último día' tiene mucho de autobiográfica?

Es una novela pero construida a partir de situaciones y personajes reales. Con ello quiero decir que tiene mucho de autobiográfica, pero está concebida como una novela, que es lo que yo escribo. La ficción ordena mejor la realidad.

Durante una buena parte de su vida, desde Méjico, conoció la Dictadura de Franco, ¿cómo se veía desde allí esta situación?

Mi familia recaló en Veracruz y los exiliados pensaban que estaban de paso. Pero a medida que transcurría el tiempo, se dieron cuenta que ni Franco declararía una amnistía para poder regresar, ni se iba a morir pronto. Además, cuando en 1957 la ONU incluyó a España en su asociación de naciones, es decir, respaldó a Franco que era un soldado que se había subido a la silla de gobernante, perdieron en buena medida las esperanzas de retorno. A la muerte del dictador era ya demasiado tarde, porque habían vivido más tiempo en México que en España. Y cuando mi abuelo se planteó volver, vino a Barcelona a reinstalarse pero se encontró con que el catalán que él hablaba era distinto, muy mezclado con el castellano, y que la casa que él habitó ya no existía. Era su ciudad y deseaba vivir allí otra vez, pero comprendió que él era mexicano y un viaje que iba a ser de seis meses duró quince días. Así que se fue de nuevo a México. A mi madre le ocurrió algo parecido y aún le ocurre ahora porque tiene hijos y nietos en Barcelona. Ella tiene una relación muy difícil con la ciudad.

De sus palabras se desprende que el mayor anhelo de su familia era regresar a España, ¿el suyo también lo era?

Yo miro con mucha más distancia el fenómeno, con una posición más cómoda. Soy la tercera generación, nací en México y nadie me echó de ningún sitio. Y he optado por regresar a la ciudad donde nació mi familia y donde yo pude haber nacido si no hubiera sido por ese accidente colosal que fue la Guerra Civil.

¿Los exiliados continuaban sintiéndose españoles o comenzaban a enraizar con los mejicanos?

Yo me crié en esta comunidad de españoles en medio de la selva mexicana, crecí como un niño español y era visto por los niños nativos como tal. Es decir, siempre me he sentido español en México y mexicano en España y, tratando de rizar el rizo, diría que soy un catalán de Veracruz.

El uso del catalán rodeados de castellanoparlantes ¿era un elemento de cohesión?

Sí, sí, entre nosotros sí y un elemento diferencial frente a los otros. No, no más se hablaba castellano, sino también náhuatl y otomí que son dos idiomas que perduran en Veracruz. Nuestro catalán estaba mezclado con estas tres lenguas y, por tanto, no se entendía en Barcelona.

¿Hay un sentimiento de aprecio o de rencor hacia España en México?

Creo que hay una mutua incomprensión: la que hay en España por lo mexicano, existe en México por lo español. Es decir, México pasa por el país de Jorge Negrete, el tequila y las pistolas, pero en realidad es un país con cien millones de habitantes y donde cabrían cuatro españas. De norte a sur hay absolutamente de todo: desde rubios de dos metros hasta indígenas de uno veinte. Es un país plural y diverso. Pero en México yo sigo siendo un español y, depende dónde, sigo encarnando a Hernán Cortés, un tipo que estuvo allí hace quinientos años y que representa la idea de que los españoles son el enemigo. Igual pasa con México aquí, a la que se ve como un cliché. Yo diría que es como los españoles ven a los ingleses, no inferiores, sino distintos. Y tal vez la mejor forma de acercarte a ellos sea desde la superioridad.

¿Cómo trataban a los hispanos de La Portuguesa en Méjico, con un sentimiento solidario o de respeto?

La gente de alrededor los trataban con extrañeza, la verdad es que aunque vivíamos junto a ellos y con ellos, siempre fuimos raros. Mi familia era muy amiga de una tribu de negros que había en Veracruz, antiguos esclavos del virreinato español, sin trato con los indígenas y que habían llevado una vida muy endogámica reproduciéndose entre sí. Teníamos amistad porque éramos las dos tribus enemigas de los nativos: la de los negros y la de los españoles. No nos peleábamos con ellos pero tampoco había mucha empatía.

¿Qué sintió a su llegada a España una tierra que sólo conocía de oídas?

Vine por primera vez en 1979 a España. Cuando llegamos a Portbou nos sorprendió mucho que nuestro código secreto, el catalán, que era la lengua que utilizábamos para que los demás no nos entendieran, la hablaba cualquiera. No es que no supiéramos que eso ocurría, sino que pensamos que era una vulgaridad. Eso fue lo primero que nos sorprendió. Pero poco a poco fui volviendo a España, hasta que me quedé aquí.

En lo literario, ¿se siente castellano o mexicano?

Me siento un híbrido, un mestizo, como es mi prosa, que no es ni mexicana ni española, quizá sea irlandesa – risas –, porque allí viví un tiempo ante de llegar a España.

¿Pertenece Vd. a alguna de las escuelas literarias que proliferaron por Méjico hace unos años?

No, soy un ave solitaria y escribo porque es un oficio que puedo ejecutar yo solo. No soporto los grupos ni las generaciones.

¿Por qué escribe Jordi Soler, qué pulsión le mueve a ello?

La soledad. La escritura es la forma de expresión que he escogido para comunicarme, me gusta poco hablar, soy poco social y prefiero contar historias por escrito. Además, la escritura me permite estar mucho tiempo con mis hijos y eso es algo que me gusta mucho de mi oficio.

Descríbame un poco su proceso creativo: guión o improvisación, a mano o computadora, escritor diurno, nocturno...

Soy un escritor de la mañana. Empiezo a trabajar sobre las cuatro y media o las cinco, fumo mucho mientras trabajo y escribo siempre descalzo, a mano, en libretas. Después lo paso al ordenador y según por qué parte de la novela vaya, oigo música de jazz porque me parece que el ritmo y la manera de improvisar se trasladan mucho al texto. Por ejemplo, en 'La última hora del último día' me he puesto a plagiar un solo de saxo de John Coltrane. Para escribir procuro escuchar piezas sin letra: composiciones clásicas, mucha música irlandesa porque la novela anterior la escribí con música irlandesa, ya que, como dije, viví allí un tiempo, me quedé con el tic y cada vez que oigo esta música me dan ganas de escribir una novela, y con frecuencia recurro a música tocada con el "fiddle", una especie de música de vaqueros que me mueve los sentimientos.

Descríbame un poco el panorama literario mejicano.

No conozco a mis contemporáneos mexicanos. Sé quienes son pero no los leo. Prefiero autores franceses e ingleses, centroeuropeos como Gombrowicz, escritores que tienen poco que ver conmigo. Las pocas veces que leo a mis contemporáneos siento que se parecen a mí un poco y cuando leo, busco la diferencia.

Después de 'La última hora del último día', ¿qué prepara actualmente Jordi Soler?

Estoy a mitad de otra novela de la que no quiere hablar por superstición. Tendrá algo que ver con ésta y con los ecos del exilio, pero no quisiera decir más. Espero haberla terminado allá por el 2009 más o menos.

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'La última hora del último día', de Jordi Soler. RBA Libros, S.A. Octubre, 2007. 219 páginas, 18.00 euros.

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