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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

La reducción del hombre

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 6 de diciembre de 2007, 05:26 h (CET)
Gran parte de las élites intelectuales militan en el laicismo radical y en nombre de la ciencia, convertida en razón última de todo, pretenden expulsar a Dios y a cualquier sentimiento religioso de la realidad. Proclaman que si Dios desaparece de la vida pública el hombre habrá alcanzado su plena autonomía y vienen empleándose a fondo en esta tarea a través de la educación. Si hasta hace algún tiempo el desmantelamiento de lo religioso y la pérdida de la fe se producía cuando la juventud accedía a la Universidad, ahora se trata de comenzar el proceso desde la educación infantil.

Reducida la existencia al puro acontecer material y obturada toda dimensión hacia la trascendencia, nos quedaremos sin respuesta a la razón última de nuestro vivir, nuestro morir, nuestro sufrir, nuestro amar. Si alguien se atreve a plantear las preguntas esenciales sobre sí mismo, su vida y su destino, se tratará de convencerle de que son cuestiones sin sentido.

A cambio de dejar sin respuesta tales preguntas e incluso impedir que se lleguen a formular, vituperándolas de antemano, se ofrecen otras compensaciones: extirpación de la conciencia de culpa, libertad sin responsabilidad, disfrute y placer sin limitación.

Las minorías más cultivadas tratarán de llenar su existencia mediante el arte, la literatura, la música, la fama, el ascenso social y la participación en el poder. Todas estas cosas resultan gratificantes y absorbentes, especialmente el poder, aunque el paso del tiempo irá descubriendo que todas ellas tienen fecha de caducidad. La vejez nos irá descubriendo el término de nuestra andadura y nos cuestionará con dramatismo si después de la muerte habrá algo o desapareceremos en el vacío absoluto de la nada.

Las mayorías, el pueblo, espectador atento de falsas vidas ajenas que triunfan y disfrutan, comprobarán con desazón, que para triunfar y disfrutar necesitan más dinero del que puede disponer, se sentirán desgraciados. De su situación de inferioridad echarán la culpa a la suerte o a la mala organización social o a la injusta distribución de los bienes. Buscarán ávidamente ganar más, huirán de responsabilidades, de obligaciones, de hijos y se refugiarán, mientras puedan, en los placeres que tengan más a mano. También, cuando aparezca la vejez, querrán seguir disfrutando de placeres que ya no están a su alcance, en lugar de gozar de la afectividad tejida a lo largo de la vida. (Promocionar la sexualidad en la vejez, con ayudas químicas, no deja de ser una burla cruel.)

Pero mucha gente joven, cada vez peor preparada para desarrollar un trabajo productivo, pero ansiosa de disfrutar del placer y el dinero que se le presentan como únicos alicientes, se lanza a procurárselos como sea, sin consideración alguna a otros valores que han sido sistemáticamente descalificados como burgueses o como religiosos.

Si todas las cuestiones últimas y radicales se dejan sin resolver, es más, se quiere impedir incluso que se planteen, descalificándolas de antemano, nos llevan inevitablemente a una situación invivible, preñada de violencia, pues si el deseo incolmable del hombre que tiende hacia la trascendencia se obtura, tratara de anestesiarse con el disfrute de las cosas caducas por cuya posesión entrará en permanente conflicto con los demás.

Dios no nos limita, al contrario, es la única garantía para el hombre, que tiende, más allá de sí mismo, hacia un absoluto que le sobrepasa. Si continuamos negándonos a responder sobre las razones mismas de nuestra existencia y nuestro destino, si no buscamos valores más auténticos que los que nos ofrecen de consumo y disfrute de cosas y de personas cosificadas, nuestro futuro se presenta triste y problemático.

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