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El chulo que castiga
Daniel Sanabria
No es difícil hablar bien de Raúl, un futbolista que lleva 14 años vistiendo la misma camiseta sin haber dudado nunca de su amor. Ya sabemos una cosa, Raúl es fiel, un término olvidado en el mundo del fútbol. ¿Qué es la fidelidad? -se preguntan las grandes estrellas del balón-. Raúl, cual profesor de primaria, les contesta con una sonrisa. Este no tiene crisis emocionales, ni con Mamen ni con el Madrid.
Ahora que es pichichi todos le vuelven a poner el laurel. Pero no, ustedes no tienen derecho a ponerle nada. Los únicos que tenemos derecho somos los que le llevamos sujetando el laurel los últimos tres años, mientras vosotros, seáis quienes seáis, tornábais el pulgar hacia abajo. ¿Queríais echarle a los leones, verdad? Pues el sábado que viene se cumplirá vuestro deseo. Vamos a ver quién se come a quién, si los leones a Raúl o el capitán a las fieras.
Desgastó tanto el anillo de besarlo que optó por cambiar de ritual y señalarse el dorso. Sus pulgares le indican el camino a ese “sabio del fútbol” según dicen por ahí. Valdano, quien mejor le conoce futbolísticamente, dijo una vez de él que “no es un diez en nada pero es un nueve en todo”. Y un “siete” en la camiseta y un “uno” en el vestuario, y sobre el terreno de juego. Eso lo digo yo, no Valdano.
Raúl es ese Ferrari que nos anunció Hierro, y cual Schumacher madrileño, encabeza todas las listas importantes: la de pichichi, la de máximo goleador de la historia de la Champions, la de pichichi histórico de la Selección Española, la de máximo goleador español en activo…, porque en todas las listas siempre hay un primero y luego todos los demás. La única lista que le falta por conquistar a Raúl es la de Luis Aragonés, ésa que nos dará con el parte de guerreros que irá a luchar a las cruzadas centroeuropeas.
Mientras nosotros seguimos escribiendo y tertulieando sobre él, Raúl continúa abriendo porterías y cosiendo bocas, millones de bocas. Los periodistas pueden morir de muchas maneras, pero la más dolorosa es por la boca, como el pez. Y así es como están muriendo muchos periodistas de lengua viperina. Cada gol de Raúl es una semana de silencio para estos trabajadores de la palabra cuyo empleo depende de lo que dicen y no de lo que hacen.
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