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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Almas gemelas (II)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 5 de diciembre de 2007, 07:20 h (CET)
Cumplida la mayoridad, Javier fue informado por sus padres adoptivos de cuanto le incumbía; voló de la casa paterna/materna y marchó a aumentar sus conocimientos sobre la materia que tanto le interesaba o subyugaba, quiero decir, a especializar sus estudios en el extranjero. Allí aprendió otro idioma, otras costumbres, otra idiosincrasia, y encontró a su alma gemela. En ella halló la misma mirada que, recordaba, un día perteneció (y pertenece y pertenecerá, mientras vivan –y aun cuando mueran-) a los dos seres humanos que lo formaron como persona, sus amadísimos padres. Aunque cueste creerlo, todo resultó así de simple y sencillo.

Son almas gemelas aquellas que tienen idéntica fecundidad enamorada en la mareante morada de sus pupilas y una profundidad similar, sin funda ni fondo, en la angelical mirada de sus pardos iris de miel. No nacieron con ellas; las adquirieron tras mirar, remirar y admirar. Almas gemelas son Javier y Rosa, sin ninguna hesitación. Almas gemelas fueron, son y serán, por supuesto, mis tíos Julián y Penélope.

Las almas gemelas, al contrario de lo que mucha gente cree y suele sostener y airear por doquier, no se fundamentan en las compatibilidades de los caracteres, ni en las de los gustos, ni en las de las maneras de perdonar, pensar, pendonear y/o Amar; la razón de las almas gemelas descansa, estriba e hinca sus raíces en el ámbito de lo prodigioso, en el milagro que sucede (y seduce) cuando miramos unos ojos y reconocemos o vemos reflejados en ellos los nuestros.

(Coda: Este texto, dividido por el menda en dos partes desiguales, aunque se niegue en redondo a hacerlo –por su abundosa, exquisita e inconcusa humildad-, también debería haberlo firmado conmigo mi amiga uruguaya Cristina Barú Ardao. Servidor lo único que ha hecho en esta urdidura es intentar que, a la par que desgranaba las ideas que Cristina me prestó generosamente, fluyera y repartiera por el papel, procurando no echar ningún borrón, la tinta proteica de mi ubérrima péñola.)

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