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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Almas gemelas (I)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 5 de diciembre de 2007, 07:20 h (CET)
A mi dilecta amiga Cristina Barú Ardao, por lo que el desocupado lector de estos renglones torcidos podrá leer mañana, al final de la segunda parte, en la coda.

Tras el revés que supuso para ellos la visita que otrora hicieron juntos a la consulta particular, privada, de un amigo, experto andrólogo, y la cruz que, dos días después, salieron portando ambos de la del ginecólogo de la Seguridad Social, mis tíos Julián y Penélope determinaron lo obvio. Aunque creo, con sinceridad, a pies juntillas, que hubiera sido mejor urdir que la naturaleza, proverbialmente sabia, ya había adoptado la cabal resolución por ellos. Porque mis deudos dilectos se limitaron a confirmarla, a ratificarla. Tras mil y una intentonas, por fin, se convencieron de que jamás llegarían a concebir el retoño que con tanta pasión, ilusión y ganas habían deseado. Pero como (suele decir mi señera y señora madre, Iluminada) por lo más oscuro amanece, decidieron de consuno decantarse por la adopción de un recién nacido. No obstante tuvieron que esperar dos largos años y llevar a cabo un sinfín de gestiones para que las autoridades les hicieran entrega de la criatura, los lloros desconsoladores y las risas contagiosas del bebé, Javier, vivificaron las paredes mortecinas de la mansión donde sufrían su vacío existencial, hasta la providencial llegada del renuevo, mis tíos. Con el (unas veces lento, otras raudo) transcurso del tiempo, acaeció lo que, ora en medio del pasillo, ora en uno de los peldaños de la escalera, tanto Penélope como Julián deseaban con fruición que les ocurriera, tropezarse con alguno de los juguetes que había dejado olvidado allí, por la razón que fuera, su príncipe travieso.

Al cabo de los años, el niño mentado, Javier, hijo tan deseado como benemérito, que fue creciendo feliz en medio de aquel nido de Amor, aprendiendo buenos ejemplos o modelos de conducta de quienes creía que eran excelentes espejos donde mirarse, sus padres, se hizo adolescente y joven, pero con una particularidad que lo hacía distinto del resto, íngrimo, singular, pues gozaba de un pesquis estupenda y pintiparadamente amueblado, al lograr atesorar o coleccionar un magnífico repertorio de impecables pautas de comportamiento (que no miento).

Quienes desconocían el crucial hecho, que Javier era hijo adoptado, atribuían, equitativa y proporcionalmente, unos rasgos de su físico al padre y otros a la madre. Marraban, es evidente, en el reparto que hacían. Empero, en lo tocante a las muestras de su carácter y temperamento, debo decir que daban de lleno en el blanco, que acertaban en el centro de la diana.

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