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Bush requiere su propia 'Gran Flota Blanca'

Ben Tanosborn
Redacción
martes, 4 de diciembre de 2007, 02:27 h (CET)
En dos semanas estaremos celebrando sin fanfarria, y posiblemente sin mención alguna en la prensa, nuestro Centenario como país con aspiración imperial. Bueno, esa es mi forma de ver el aniversario de la salida de Hampton Roads de la llamada “Great White Fleet” (Gran Flota Blanca).

En ese 16 de diciembre de 1907 Estados Unidos le estaba diciendo al mundo que había llegado a su mayoría de edad, militarmente, cuando Teodoro Roosevelt, en el crepúsculo de su mandato como presidente, mandó desde las aguas de la Virginia Sureña dieciséis acorazados – con sus escoltas – a circunnavegar el globo. Era la forma en que Teddy nos decía a todos que EEUU se podía sentir “como en su casa” en cualquier parte del mundo… en el patio trasero de la nación que fuera. Aunque EEUU ya había hecho algo de ruido nueve años antes hundiendo los restos de una moribunda España, es este viaje especial lo que pudiéramos considerar como las aguas bautismales del imperio.

Catorce meses mas tarde, después de un recorrido que superó los 65.000 kilómetros, y dejo atrás 20 puertos y seis continentes, Roosevelt dio la bienvenida a los 14.000 marineros, y embajadores de agua azul, que habían pregonado por el mundo que EEUU tenía autenticidad militar. Pudiéramos decir que este viaje fue el comienzo para EEUU en su rol de militarismo internacional e imperialismo; por lo menos a la altura de la entonces Gran Bretaña, Rusia, Japón y el otro imperio naciente, Alemania. Fue un desfile naval que duró 14 meses y terminó al ritmo y paso de la presidencia de TR. Fue una bien orquestada despedida al presidente con esta llegada de la flota, una buena lección en lo que hoy día consideraríamos un golpe ideal en relaciones publicas.

Y son justos 14 los meses que le quedan a George W. Bush en su presidencia, y si ha habido alguna vez un presidente que necesite que su partida de la Casa Blanca sea con vítores es este cuadragésimo-tercero. El jefe de estado mas arrogante e incompetente en la historia de este país – hasta la fecha – necesita poner fin a su presidencia con algo que tenga estruendo, y con ello no me refiero a un bombardeo a Irán u otra nación con matices “malignos”, sino algún evento de última hora al que pueda recordársele con alta aprobación por generaciones futuras. Es de suma importancia para este líder-en-fantasía del “mundo libre” el emular a ese otro presidente Republicano de hace un siglo, el vigésimo-sexto en nuestra historia, Teddy. Es crítico que el séquito de políticos del presidente descubra algún tipo de acción política que tenga valor redentor, heroísmo; alguna realización que pueda sustraer de la ignominia de Bush en labores internas del país, aunque no pueda borrar su criminalidad en el extranjero.

Sin querer aguar la fiesta, el prospecto de paz en Oriente Cercano no lo logrará. La reunión en Anápolis recién terminada fue un ejercicio supino en irrealidad e intransigencia por no permitir a posibles participantes clave, no importa su nivel de “extremismo”, el sentarse a la mesa. Paz en la Tierra Santa es un producto que no se podrá cosechar para cuando Bush se retire en el invierno del 2009; no hasta que la judería norteamericana decida unirse al coro de la paz. Hasta entonces, todas las proclamaciones de Bush o sus lugartenientes deben recibir antes el imprimátur de Tel Aviv, como fue evidenciado este viernes pasado de forma vergonzosa por el embajador estadounidense en la ONU, Zalmay Khalilzad.

Es poco el tiempo que queda para que Bush logre una hazaña, real o simbólica, algo que se acerque a la Gran Flota Blanca de Roosevelt. Claro que eso es algo apropiado para dos individuos que aunque nacieran en riqueza y poder similar, ambos con la etiqueta de Republicanos, en casi todos los aspectos son polos opuestos, sin que probablemente tengan un mismo gene en sus mapas genéticos.

¡Definitivamente… polos opuestos! En cuanto a inteligencia, educación, conocimientos y lo que es mas importante, en carácter. A diferencia de Bush, Teodoro Roosevelt pudo encontrar balance entre el entonces existente capitalismo rapaz y una dosis de su progresismo que trajera por lo menos una pizca de justicia social… en esos tiempos. Un personaje en el estado embrión del Imperio Estadounidense, Roosevelt añadió un corolario crucial a la Doctrina Monroe, algo que permitiría a EEUU el intervenir en asuntos latinoamericanos cuando “la corrupción” en esos gobiernos hiciese tal acción necesaria. Bush solo tuvo que cambiar la etiqueta de corrupción con la mágica palabra del 9-11: terror. Y, claro está, extender la geografía de Latinoamérica al mundo entero.

Aceptemos que hemos sabido todo este tiempo que el “imperio” no ha sido una simple invención de los neo-conservadores para el EEUU del siglo 21, pero por lo menos (creo yo) que nuestra democracia aparentaba antes ser mas humana y real, y no una mascara para lo que hoy día parece ser para muchos de nosotros, “demonocracia”.

Quizás la intimidad de Bush con Dios le traiga un milagro, algo que los norteamericanos se puedan tragar sin haberlo saboreado antes, algo trascendental y simbólico como la Gran Flota Blanca. Pero es algo que seriamente dudo.

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