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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Bebés abortados y triturados, ¡recogemos lo que sembramos!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 3 de diciembre de 2007, 07:21 h (CET)
Qué curioso que, aquellos que propugnaron con tanto ahínco y pasión que se aprobara la Ley del Aborto –tachándonos a todos los que anticipábamos que dicha Ley sería un coladero por el que los infanticidios se multiplicarían bajo el amparo de la nueva norma; de reprimidos, alarmistas, anticuados y reaccionarios –, ahora que los hechos nos han venido a dar la razón, cuando el número de abortos ha crecido hasta límites insospechados –tanto que han llegado a poner en entredicho que la nueva generación pueda tomar el relevo de la actual, dada la gran disminución de la natalidad –y, en consecuencia, se haya debido acudir a la inmigración para suplir la falta de nacimientos oriundos; parece que se hayan quedado mudos y sólo se les ha ocurrido, como excusa, apoyarse en el hecho de que, en España, todavía hay un número de abortos inferior al de otros países europeos. Deberíamos constatar lo que hay de cierto en esta afirmación, así como cuestionar las estadísticas oficiales que se publican, dado que todos sabemos que, aparte de los que pudiéramos calificar de “legales”, con todas las reservas que una conciencia sana le pudiera poner a que se asesinen a óvulos fertilizados o embriones, con posibilidades de desarrollarse y transformarse en un ser humano con derecho a vivir; es evidente que se vienen cometiendo muchos otros por profesionales sin escrúpulos y mercantilistas, que se saltan la ley a la torera y no paran mientes en que el feto sea de 15 días o que tenga siete meses de gestación.

Precisamente estos días hemos tenido ocasión de ver como, la actuación de un juez valiente, ha destapado una trama de médicos abortistas en Barcelona, que, por cierto, ya fueron investigados hace un año; dedicados a hacer abortar a aquellas mujeres embarazadas que sobrepasaban los límites permitidos por la ley para hacerlo. Los detalles de las pruebas que están saliendo a la luz, son escalofriantes y dignos de ser incluidos en una de aquellas viejas películas de terror, que interpretaban artistas experimentados en aquel género, como pudieran ser el inefable Peter Lorre o el inimitable Boris Karloff, que tantas noches de insomnio me proporcionaron. Lo cierto es que se habla de máquinas trituradoras para hacer desaparecer los fetos y de expedientes falsificados, todo ello generado bajo la capa de respetabilidad de unas clínicas de las más caras de Barcelona.

Pero dejando aparte el morbo que una noticia semejante produce en la ciudadanía, nos debiéramos preguntar ¿cómo es posible que en una nación civilizada, con medios para perseguir los delitos e inspectores para detectar los fraudes de ley, haya podido darse una monstruosidad semejante? Creo que la explicación la podemos obtener fácilmente si partimos del hecho evidente de que, la moral de la población ha sufrido un vuelco importante. El egoísmo de las nuevas generaciones, que alimenta la búsqueda obsesiva del placer por si mismo; el primar el ocio sobre el trabajo; el postergar cualquier consideración metafísica ante el goce por lo inmediato y el anteponer el egocentrismo por encima de lo solidario y caritativo; producen un endurecimiento de los sentimientos, un situar la obtención de los objetivos por encima de la consideración moral que pudiéramos tener sobre los medios necesarios para alcanzarlos; sin mirar si estos son legales o ilegales, crueles o humanos, inocuos o perjudiciales para aquellos elementos sobre los que se actúa, especialmente si éstos son seres vivos. No hay duda alguna de que las doctrinas materialistas y las tendencias modernas hacia un relativismo moral, por las todo en la vida puede ser cuestionado y decidido en función de la interpretación particular que se le dé por cada uno; ha abierto la veda a toda clase de aberraciones que, sólo hace unos años hubiéramos considerado fruto solo de mentes diabólicas.

Sin embargo, ya no sólo encontramos complicidades con la maldad a nivel individual, sino que también en las propias instituciones, para las que parece que, el intervenir en determinadas cuestiones, se ha convertido en algo tabú. Pongamos por caso lo sucedido en los, relativamente recientes, casos de los okupas que invadieron varios edificios de la ciudad de Barcelona, en contra de la voluntad de sus legítimos propietarios. Pues bien, desde la Administración a los jueces se detectó lo que hoy podríamos definir como un “pasotismo” rayano en la ilegalidad. El propio Conseller de Interior de la Generalitat, se dedicó a chutar pelotas fuera hasta que las circunstancias le obligaron a actuar, y, aún así, los trámites para proceder al desalojo de los okupas se prolongaron hasta poner de los nervios a los infelices afectados por aquella actuación ilegal que, no obstante, por mor de la propaganda izquierdista, se habían convertido, sin proponérselo, en los malos de la película. No nos debe extrañar, porque otra de las ediles del Ayuntamiento de la ciudad Condal contribuyó al sainete, mostrando sus simpatías por los antisistema quienes, a su juicio, eran personas muy respetables que tenían derecho a vivir. En efecto, añadiría yo, como todo ser humano tenían derecho a vivir pero… trabajando.

Y es que, hoy en día, existe una especie de, podríamos llamarles guerrillas urbanas, que no se sabe como, subsisten, pero que tienen la particularidad de aparecer, como nacidos de la nada, en todos aquellos “follones” que tienen lugar en las ciudades. Lo mismo te los encuentras en una manifestación antiglobalización que en la kale borroca o en un mitin antifascista, repartiendo tortas y, haciéndose los mártires, cuando un compañero ha sido herido o muerto en uno de los altercados, que ellos mismos provocan. Parece que gozan de inmunidad, porque las autoridades, y la misma policía antidisturbios, se esmeran en no ser duros con ellos y, si en algún caso, se ven obligados a detener a alguno de los camorristas se guardan muy bien de tratarle con dureza para que el detenido no pueda exhibir ningún golpe, por la cuenta que les trae. Y lo mismo los jueces que, no se sabe si, por miedo o por simpatizar con los pandilleros, los sueltan a las pocas horas y, la mayoría de las veces, sin cargos. Esta es, señores la ética de nuestros días, la libertad por encima de cualquier otra consideración; lo malo es que parece que, el libertinaje, se ha constituido en el sinónimo de aquel vocablo y ya nadie se escandaliza ante la violencia callejera o el asesinato de niños en el vientre de su madre. Estamos llegando a las consecuencias de una enseñanza materialista y laica que, si nadie lo remedia, será el entierro de la ética y la moral tradicionales. Lloremos.

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