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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Setenta y dos para cambiar la historia

Óscar Arce
Óscar Arce
sábado, 1 de diciembre de 2007, 22:53 h (CET)
Bajo el reinado de Ptolomeo II Filadelfo, Alejandría vivió el punto álgido de su Museo y su famosa Biblioteca. En ella, el rey pretendía contener una copia en lengua griega de los libros que guiaban la vida espiritual de las comunidades que albergaba su territorio.

Para traducir las fuentes de la sabiduría judía, los ministros de Ptolomeo II pidieron a un grupo de maestros de la Torá que aceptaran ejecutar esta empresa. Los maestros judíos de Alejandría recibieron la solicitud, pero convinieron que no eran ellos adecuados para llevar a cabo el encargo y trasladaron la petición a los sabios de la casta sacerdotal de Israel.

Setenta y dos sacerdotes judíos aceptaron traducir la ley y algunos escritos que comentaban los cinco libros originales a la lengua del rey de Alejandría. Setenta y dos celdas fueron preparadas a pies del gran faro para que su cometido se realizase sin perturbaciones.

Durante varios días estuvieron ocupados en la labor, y exactamente en el mismo momento todos, los setenta y dos, finalizaron la tarea. Se dice también que todos hicieron la traducción exactamente con las mismas palabras, cometiendo incluso los mismos errores.

En todos los casos, el número de páginas de la traducción era aproximadamente el doble que en el original. Esto se explica porque las técnicas de traducción no eran las que se utilizan actualmente y contenían mucho de interpretación. Por ejemplo, en las escrituras originales se decía que la descendencia del pueblo de David se vería asegurada por la venida de Emmanuel (se puede traducir como “Dios está con nosotros”), cuya madre sería una mujer joven.

La traducción interpretó que la mujer joven de la profecía de Isaías era una mujer virgen. Y así se tradujo. Y así ocurrió que la madre del mesías pasó de ser joven a ser virgen.

Mientras que la tradición judía compiló los libros originales en hebreo y derivó en la Biblia judía, la Biblia cristiana surgió de los escritos en griego de la biblioteca de Alejandría. Y así es como unos consideran la figura de María, madre de Jesús de Nazaret, una persona normal y otros le conceden el don del parto sin mácula.

Y es que todo (absolutamente todo) fuera de su contexto puede conducir a doctrinas, dogmas y creencias alejadas. Lo único que hace falta es tiempo y espacio.

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