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Etiquetas:   Crítica de cine  

'Beowulf': Épica ortopédica

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
jueves, 24 de enero de 2008, 07:43 h (CET)
Robert Zemeckis siempre ha estado a la vanguardia de las técnicas de manipulación de la imagen real. Desde los tiempos de ¿Quién Engañó a Roger Rabbit? donde mezcló dibujos animados con actores de carne y hueso, hasta Polar Express, primera película rodada en su integridad mediante técnicas de captura de movimiento, pasando por los experimentos digitales de La Muerte os Sienta tan Bien, especie de cartoon protagonizado por humanos, o Forrest Gump, con su puntillosa reconstrucción de fondos documentales en clave mema, su filmografía ha ostentado en mayor o menor medida el marchamo visionario que caracteriza a los directores de culo más inquieto, aquellos que, como Méliès y William Castle en sus épocas, o ya en la actualidad Brian de Palma, James Cameron, Lars Von Trier o Richard Linklater, no temen a experimentar con el propio medio para innovar su mensaje.

Beowulf supone la culminación de las técnicas de captura de movimiento iniciadas con Polar Express. En tanto que versión 2.0. corrige, perfecciona y pule las aristas de su predecesora, obteniendo resultados a ratos deslumbrantes, desde los cuales se otea un posible futuro para el séptimo arte; sin embargo, su revolución visual se queda en agua de borrajas ante la que es, de largo, la mayor revolución de la película: su imprevisto carácter adulto. Por primera vez en mucho tiempo, una fantasía épica prefiere optar por un tono agreste y descarnado, antes que por la amabilidad inherente no ya a este tipo de historias, sino también, y sobre todo, a la animación entendida como género indisolublemente ligado al público infantil y juvenil.

Así, lejos de la santurronería de El Señor de los Anillos y sus derivados, a leguas del acartonamiento del Beowulf de Christopher Lambert, y a años luz de las producciones de animación al uso tipo Schrek, este Beowulf versión Zemeckis incluye monarcas borrachos, héroes que no lo son tanto, violencia hiperbólica, adulterio, tetas, complejos de Edipo, y hasta metáforas eyaculatorias nada sutiles (la espada que se derrite tras ser estimulada por las manos de la Jolie). Claro que para ser honestos, todos estos meritos proceden, de un lado, del poema anónimo original, donde no había cabida para lo políticamente correcto (lo cual debería hacernos reflexionar acerca de si en realidad hemos ganado tanta libertad como creemos desde los tiempos de su composición), y de otro, del buen hacer de Neil Gaiman y Roger Avary, dos guionistas de culto con virtudes complementarias (Gaiman como epítome de la fantasía inteligente, Avary como cínico de primera), que han convertido el deslavazado texto del poema primigenio en un espectáculo compacto y espectacular tan deudor de la acción desenfrenada como de la profundidad emocional.

Zemeckis, en calidad de director de orquesta, se limita a narrar con un notable vigor la trama planteada por los libretistas. Tal vez si hubiera prescindido de la captura de movimientos en favor de técnicas de imagen más tradicionales, ese vigor se habría traducido en una mayor eficacia expositiva, y es que si bien el trabajo de su equipo asombra por su alto grado de realismo, (al menos en determinados pasajes del relato), todavía se resiente de un cierto halo de irrealidad que impide al espectador una sincronización perfecta con la historia. Igual que un ojo de vidrio se aproxima a la ilusión completa sin llegar nunca a dar el pego de todo, los personajes de Beowulf, como las muñecas hinchables de última generación o los implantes capilares de Tom Hanks en El Código Da Vinci, rezuman una pátina ortopédica muy perjudicial para sus intenciones. Pese a todo, imagino que con el tiempo el distanciamiento técnico desaparecerá y veremos a Zemeckis estrenando otras películas más plausibles en términos de mimesis de lo real (dentro de un año, por lo pronto, nos brindará su versión digital del Cuento de Navidad de Dickens en A Christmas Carol). Después de que Ben Affleck se haya estrenado como director en Adiós, Pequeña, Adiós y la película no esté del todo mal, incluso es posible que algún día tengamos dudas acerca de si lo que estamos viendo es imagen de síntesis o imagen clásica. Hasta entonces, ¡larga vida a Beowulf, a la fantasía adulta y, sobre todo, a Neil Gaiman y Roger Avary!

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