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Etiquetas:   Let it be   -   Sección:  

De-generation

Elia Maqueda
Redacción
viernes, 30 de noviembre de 2007, 23:00 h (CET)
Nos queríamos más de lo que ninguno nos merecíamos. Cuando enfilábamos aquellas calles tan largas repletas de luces de neón, ataviados con nuestras mejores galas, podríamos haber desbancado a las estrellas más brillantes. Todos los autobuses nocturnos se paraban a mirarnos, todos los peatones se andaban con cuidado si estábamos cerca. Íbamos tarareando aquellas canciones de moda que tanto nos gustaban, pegados a nuestras pistolas como si fueran espadas de madera, con los ojos radiantes y empañados.

Éramos una generación sin un perfil definido, sin nombre, sin letra en las páginas amarillas. Una generación de aficionados a demasiadas cosas. Pero nos queríamos con locura. Nos mirábamos unos a otros, nos reconocíamos en cualquier medio de transporte, en los espejos de feria, en las fotos digitales; en el estallido de las bombas que asolaban países lejanos y trenes a la vuelta de la esquina. Nos quedábamos extasiados frente a escaparates callejeros y drogas de diseño en cajas de latón y frascos de vidrio endurecido.

Éramos desarraigo andante, pero a veces echábamos de menos a nuestras madres. Y a nuestros hijos, si los hubiéramos tenido. Nos quejábamos amargamente de todo lo que se nos ponía por delante. Íbamos a exposiciones, veíamos películas de catorce minutos y medio, y luego hablábamos de ellas mucho más rato. Nos escuchábamos a veces. Otras asentíamos y cerrábamos los oídos a cal y canto.

Demasiada información, demasiada gente en las calles, demasiadas vidas paralelas. Más genios de la cuenta, muchas fotos, miles de canciones y un puñado de poemas que ni siquiera rimaban. Varios whiskys con cocacola y de postre un largo camino a casa. Solos, acompañados, a medias. Carne y pescado en la nevera y la ropa interior sucia en el fondo del armario. Todo para acabar durmiendo con la pintura puesta, entre olores insoportables y dolores de estómago que acabarían por matarnos, por explotarnos entre las piernas.

Fuimos la generación que vivió más fuerte y más al límite, porque alguien nos chivó, al asomar la cabeza, que era muy probable que fuéramos la última. Quizá no pasaremos a la historia, pero al menos nos habremos querido, incluso más de la cuenta. Y aunque nos joda reconocerlo, no se vive tan mal en el filo del fin del mundo, y mañana será otro día, y el tiempo lo cura todo. Que de generaciones con nombres bonitos están los cementerios llenos.

Sólo me queda pediros que por favor, os queráis todos mucho.
Antes de que sea demasiado tarde.
Tribuna Universitaria - Salamanca, 19/11/07

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