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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El runrún del Ejecutivo respecto de la Iglesia

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 1 de diciembre de 2007, 02:25 h (CET)
El gitano se fue a confesar; pero el cura, precavido, comenzó por preguntarle si sabía los mandamientos de la ley de Dios. A lo que el gitano respondió: Misté, padre; yo loh iba a aprendé, pero he oído un runrún de que loh iban a quitá. ¿No es ésta la situación del Gobierno de España con la Iglesia católica? Corre el runrún de que la Iglesia tiene todavía mucho predicamento entre los españoles, y es enormemente útil aparentar estar bien con ella. Ahora bien, lo que hay que hacer ya lo decido yo con mis actuaciones partidistas, las que más convengan en cada momento. No hay otros mandamientos fuera de los imperativos que nos lleven a permanecer en el poder.

El reciente viaje de la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, al Vaticano con motivo de la imposición del capelo cardenalicio a los tres nuevos cardenales españoles, evidencia la competencia de la vicepresidenta, una extraordinaria habilidad para saber estar donde tiene que hacerlo en cada momento, la realpolitik basada en intereses más pragmáticos que éticos. Esta operación de marketing, sin embargo, sería perfectamente legítima cuando no se abusa de ella o adolece de escasa virtud. La falta de prudencia de la vicepresidenta es reprobatoria en la medida en que apenas existe diálogo con la Iglesia española, y, al mismo tiempo, pretende ofrecer al mundo una imagen de normalidad en las relaciones con ella.

El estado global de normalidad con la Iglesia que presume visibilizar el Gobierno de España buscando intencionadamente unas consecuencias positivas o unos réditos electorales en los viajes al Vaticano significa una auténtica perversión para la sociedad y para la misma Iglesia, un notable grado de amoralidad y de indecencia política. El Gobierno utiliza a su antojo a la Iglesia, se muestra amigo con la falsa pretensión de creer que la corrección es la verdadera justicia. El Gobierno de España busca un efecto secundario intencional en sus viajes a Roma, que sería bueno y proporcionado si actuaciones anteriores hubiesen logrado contenidos positivos en el ámbito de la educación o el matrimonio y la familia, si las últimas leyes aprobadas estuviesen inspiradas al menos en el respeto a lo que la sociedad española demanda. La concepción utilitarista del Gobierno en el legítimo negocio de permanecer en el poder, no debe confundir al ciudadano. El Gobierno de España no contempla que sus acciones tienen una identidad moral, al margen de sus fines. El reciente viaje al Vaticano, como antes lo hicieran Moratinos y la propia vicepresidenta, sólo es una acción utilitaria, necesaria en el conjunto de las actuaciones gubernamentales. Al cabo, lo que importa son las consecuencias políticas que se producen. El fin de la reelección determina qué hacer en cada momento.

Las acciones de escaparate del Gobierno no pueden ocultar la verdad: el estado de guerra latente entre el Gobierno de España y la Iglesia católica. Resulta insoportable, exasperante, conceder la virtud donde sólo se advierten límites y defectos, manquedad y torpeza, ceguera y ausencia de generosidad. La voluntad por parte del Gobierno de España de arrinconar a la Iglesia y de incorporar a la sociedad valores antagónicos a los religiosos sólo pueden llevarnos a pensar que cualquier diagnóstico realizado sobre las actuales relaciones, lejos de ser abstruso, manifiesta un runrún intencionado por parte del Ejecutivo de pérdida progresiva de vigencia en la sociedad de la propuesta de la Iglesia católica.

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