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Ídolos con pies de barro: La parte oscura de los famosos.

La relación conyugal de don Mario, al menos de cara a la galería, no parecía que estuviese tan afectada
Miguel Massanet
miércoles, 24 de junio de 2015, 23:14 h (CET)
En ocasiones, a los ciudadanos de a pie nos ocurre que nos olvidamos de que, aquellas personas a las que, por uno u otro motivo, respetamos, admiramos o sentimos fascinación por su talento, creatividad, inteligencia o sagacidad; son también humanos como nosotros, tienen sus defectos y se sienten sometidos a las mismas tentaciones, vicios y debilidades que el resto de personas, que no han tenido la suerte, la inteligencia o no han sabido aprovechar las ocasiones para convertirse en famosos. Por desgracia, en esta sociedad relativista en la que vivimos, cada día podemos comprobar como se instalan, en lo alto de la pirámide de la fama, personajes que no tienen otro mérito, valía o atractivo que el de haber tenido la oportunidad, por los motivos que fueren, incluso por cuestiones que merecerían ser censuradas en una sociedad sana, de conseguir su minuto de notoriedad, su fama pasajera o, incluso, logran hacerse ricos a costa del papanatismo, el morbo o la credulidad de una audiencia que sólo tiene interés en los temas frívolos, intrascendentes y vulgares, que les proporcionan las pantallas de las televisiones o la prensa amarilla y rosa que, por cierto, es la que más se lee en este país, lo que da la medida del nivel intelectual de nuestros paisanos.

Por desgracia, no sólo estos arribistas de la fama, mendigos de la gloria y pícaros del engaño son los que tienen su parte oscura, su componente negativo y su evidente afán de sacar partido de su fama lograda mediante la explotación de la vulgaridad, la falta de vergüenza y el poco respeto por ellos mismos, sino que también, entre personas de grandes cualidades, de probada inteligencia, de obras maravillosas y de merecida fama; por desgracia, encontramos a personajes que todos estimábamos como ejemplos a seguir, personalidad intachable y ética incuestionable que, cuando uno menos se lo espera, se caen del pedestal en el que los teníamos colocados para descender al terreno de la plebe, demostrando que, por muy alto que se llegue, el ser humano no puede desprenderse de este pecado original que todos llevamos dentro, que nos conduce a cometer, en ocasiones, actos de una verdadera ruindad que nunca hubiéramos sospechado que, dentro de aquella aureola de honorabilidad, aquel nimbo de caballerosidad o aquella patina de integridad, pudieran tener cabida.

En este país hace años que reside una señora que se ha convertido en el paradigma de la moda, el referente de la elegancia y el talismán de todas las revistas de prensa rosa, cuyos reporteros pierden el resuello cada vez que ella levanta un dedo o abre la boca para decir algo. No haría falta ni siquiera dar su nombre para que, cualquier español medianamente informado en temas de sociedad, supiera que estamos hablando de la mediática, sofisticada, culta, eternamente joven y verdadera diosa de la jet society, puede que una de las mujeres más influyentes de España, señora Isabel Preysler. Este fenómeno de la popularidad, esta señora capaz de mantener intacto su sex appeal durante décadas, sin haber perdido, en ningún momento, un ápice de su fama; ha sido capaz de algo que muy pocas mujeres consiguen a lo largo de su vida.

Así como hay aficionados a recolectar todo tipo de objetos de las más diversas variedades y los más insospechados utensilios, aparatos o artefactos, según sea la manía de cada uno de los aficionados al coleccionismo; también existen otro tipo de coleccionistas, más sibaritas, de más altas miras y de gustos más refinados, que no se conforman con lo que, para la mayoría, sería el objeto predilecto de su interés. Por ejemplo, para doña Isabel Preysler, su afición, su hobby y su más buscado logro consiste en hacer acopio, no a la vez como es evidente, pero escalonadamente, de maridos. Pero no piensen que, como otras expertas en matrimonios y divorcios, se conforma con los habituales “guaperas” que van por los mundos a la caza de una mujer rica que les solucione la vida, no, no, de ninguna manera, en este especial caso de doña Isabel, es experta es conseguir personas extraordinarias, famosos por sus talentos y, de paso, todos ellos con la faltriquera bien forrada, que a nadie le amarga un dulce.

Aunque conserva una figura envidiable (¡Dios sabe a costa de que penosos sacrificios!), esta señora ha sido, aparte de una habilidosa gestora de sus enlaces matrimoniales, una madre prolija, algo que, como se sabe, suele ser muy conveniente cuando una se casa con personajes importantes. Si su primer matrimonio fue con el archiconocido rey de la canción melódica, Julio Iglesias, al que le dio sus tres primeros hijos; el segundo, dos años más tarde, si no tan conocido y famoso, no se puede decir que no tuviera su glamour y su especial seguimiento por los medios informativos, cuando la bella Isabel se unió en matrimonio con el acaudalado marqués de Griñón, al que también dio una hija, Tamara, que le ayudó a que, al divorciarse tres años más tarde, el marqués quedara sujeto del arnés como padre de la chica. El sensible corazón de Isabel sufrió el flechazo del poco romántico pero influyente economista, don Miguel Boyes, del que se declaró “perdidamente enamorada” y no se sabe si, por ello, retrasaron su boda hasta el año 1.988. Como ha venido siendo costumbre en esta amantísima madre, obsequió a don Miguel con una hija, Ana, que añadir a los cuatro hijos anteriores.

Con la llorada muerte del señor Boyer, en el 2014, parecía que el ciclo matrimonial de la señor Peysler había concluido, pero está visto que con esta mujer uno no gana para sorpresas porque, apenas hace unos días y después de haber celebrado con su mujer e hijos los 50 años de matrimonio, el gran y premiado literato peruano y español, don Mario Vargas Llosa, apenas dos días después de aquel acontecimiento, dio la campanada cuando reconoció que se divorciaba de su esposa y que iniciaba una relación con la recientemente enviudada la ex mujer de Boyer. Nos queda en suspenso la valoración de lo que nos puede traer esta nueva relación romántica entre la bella y el escritor, aunque es de suponer que, a los 64 años, que parece que tiene la filipina, la posibilidad de aumentar la familia seguramente está en entredicho. Hasta ahora la señora Preysler no ha sido amiga de relaciones de convivencia que no hayan acabado ante el juzgado para formalizar, mediante los papeles consabidos, la oficialidad de todas las relaciones que ha mantenido. ¿Se seguirá ahora el mismo trámite?

Pero en esta ocasión, el capricho de nuestra Mata Hari particular, ha comportado unas consecuencias que, hasta ahora, siempre parece que había evitado. La relación conyugal de don Mario, al menos de cara a la galería, no parecía que estuviese tan afectada y, si en realidad así era, la celebración a bombo y platillo de los 50 años de matrimonio parecería, como menos, extemporánea y un engaño a los admiradores del escritor. El hecho de romper, súbitamente, sus relaciones con su esposa y, apenas unos días después de vérsele de la mano de Isabel,da la sensación de ser precipitada y poco elegante,máxime para una persona como don Mario que siempre había dado la sensación de ser una persona seria, sensata, poco dejado por dejarse arrastrar por los impulsos súbitos y lo suficientemente razonable para tomarse las cosas de la vida con el sosiego y la calma que todos nos hubiéramos imaginado de él.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, no nos queda otro remedio que reconocer que, los que siempre hemos admirado a este famoso escritor y caballero que es don Mario, no hemos podido menos que lamentar que, al menos en el aspecto humano, nos haya decepcionado como persona. Una pena, si señor.
Comentarios
Arturo Revolledo 25/jun/15    11:25 h.
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