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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Grietas en el Ejército?, ¡Atención!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 30 de noviembre de 2007, 04:56 h (CET)
Los que tienen verdadera memoria histórica seguramente podrán recordar que, además del indiscutible clima de desorden, crímenes y desconcierto al que dio lugar la subida del Frente Popular al poder, en febrero de 1936; uno de los orígenes, el primer fulminante y la raíz del descontento en el Ejército, fueron las reformas militares de Azaña, en abril de 1931, por las que se produjo una drástica reducción de efectivos que afectó, principalmente, a jefes y oficiales; unida al cierre de la Academia General Militar de Zaragoza que dirigía el general Franco. Todo ello, por si fuera poco, se llevó a cabo de forma imprudente, con poco tacto y evidente afán de revanchismo. Muchos de los descontentos del ejército se agruparon en la UME a la que se le unieron los militares de tendencia monárquica que fueron el meollo del primer grupo de apoyo del que se valió el general Mola, cuando decidió ponerse al frente de la conspiración. No obstante, casi al mismo tiempo, se formaron otras agrupaciones militares de signo contrario (extrema izquierda) como fueron la UMA (Unión Militar Antifascista) y la URM (Unión Militar Republicana); que luego se fusionaron en la UMRA. En 1935 los comunistas y socialistas consiguieron atraer a los de la UMRA para encuadrar a las nacientes Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC). Esta pugna entre la UMRA y la UME fue la que constituyó la simiente de lo que más tarde, en julio de 1936, se traduciría en el levantamiento de los nacionales que dio origen a la Guerra Civil.

Como soy de los convencidos de que nada hay de nuevo bajo el sol y de que la historia se repite; no ha dejado de alarmarme esta primera manifestación de algunos militares ante el ministerio de Defensa. Sin entrar en las razones que les puedan haber impulsado a hacerlo y sin querer prejuzgar si sus peticiones están justificadas o no, lo que sí es cierto es que se trata del primer acto de indisciplina cometido por un grupo de militares, en público, desde que se finalizó la contienda entre los españoles. No obstante, si ya es bastante grave saltarse las ordenanzas a la torera, no lo es menos que haya quedado patente la existencia de un descontento en el seno de nuestras fuerzas armadas y, al propio tiempo, actuaciones de tal índole nos dan la medida de la falta de autoridad y del relajamiento de la disciplina en los cuarteles; un síntoma que pone en evidencia el estado actual del estamento militar tan baqueteado desde las izquierdas. Lo que a mi más me inquieta, lo que me eriza los vellos, es que este suceso, aparentemente anecdótico, está motivado por una situación de enfado que se está contagiando entre los miembros de nuestras fuerzas armadas, que se sienten discriminados del resto de ciudadanos. Es evidente que el espíritu castrense de nuestro ejército, desde que han asumido el mando los socialistas, ha ido perdiendo fuerza para irse convirtiendo, bajo la influencia de las izquierdas, en un modus vivendi acomodaticio o quizá pudiéramos decir modus male vivendi, que ha ido en aumento desde que, a los militares, se los ha convertido en una especie de ONG; con presupuesto cada vez más reducido y relegados a un papel simbólico, si no marginal. Basta ver la incapacidad de conseguir alistamientos de jóvenes españoles, que prefieren vivir la vida loca de las discotecas antes que perder unos meses de su vida sirviendo a España. Esta circunstancia ha sido la que ha dado lugar a que, cada vez más, dejemos en manos de extranjeros la defensa de nuestra nación.

En cualquier caso, es una mala señal que nos lleva a percatarnos de que son varios los cuerpos, encargados de la defensa del Estado, que se sienten molestos por el trato que les dispensa la Administración. Si, hace un tiempo, las quejas llegaban desde los portavoces de la policía que denunciaban impedimentos para la eficaz realización de sus cometidos, tanto por parte de algunas autonomías de gobiernos de izquierda, como la Catalana, como desde la misma cadena de mandos, más preocupados por atender a las presiones de los políticos que en cumplir con su función; ahora vemos, con inquietud, que algo está funcionando mal en el estamento militar. Sabemos que se nos ha vendido que un ejército reducido, pero bien pertrechado y con efectivos bien entrenados, podría suplir con ventaja al antiguo sistema de reemplazos; sin embargo, nada de lo que se nos dijo ha resultado ser cierto, porque todo ha consistido en reducir el presupuesto de defensa, incorporar a filas a los pocos jóvenes que conservan algo del espíritu militar que, más para encontrar un trabajo que por espíritu de servicio a la patria, se han prestado a ello( la mayoría de los cuales no se reenganchan al finalizar su contrato de alistamiento) y hacer uso de los inmigrantes, para completar el cupo requerido. La prueba del espíritu de la tropa la tenemos en que, cuando se produce una baja, sea en combate o en actos de terrorismo, la población se lo toma como si fuera culpa de los mandos que han tenido el “atrevimiento” de mandar a un soldado a una zona de peligro, ignorando que, precisamente, para esas misiones, es para lo que tenemos al ejército. Es absurdo que cada baja causada al ejército, en las misiones de peligro que se le encomiendan, comporte manifestaciones de protesta y reclamaciones de familias indignadas, como si los que se enrolan en las fuerzas armadas lo hicieran para asistir a un desfile de modelos en lugar de para usar las armas cuando fuere preciso.

Claro es que esta es la política de la izquierda. No quieren que exista un ejército fuerte encargado de mantener el orden en la Nación, preparado para defender la unidad territorial de la patria, establecida en la Constitución, y capaz de mantener a raya a los países vecinos con ansias anexionistas. Saben por experiencia, que un ejército unido y bien pertrechado es el obstáculo peor que se pueden encontrar para sus manipulaciones separatistas; sus manejos frentepopulistas y sus pretensiones de degradar a la masa social hacia el materialismo amoral y el relativismo egoísta; lo que facilita la consecución de sus fines totalitarios de conducción de las masas mediante el adoctrinamiento político, que tiende indefectiblemente a privar al individuo de su libertad y de su facultad de decidir y pensar por si mismo, con plena libertad e independencia. La historia nos advierte, ahora depende de los españoles saber interpretar las señales que nos manda.

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