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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La falta de tiempo

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 29 de noviembre de 2007, 05:15 h (CET)
“Ahora me vienes diciendo
que el tiempo pierdo contigo;
¿cómo se puede perder
lo que nunca se ha tenido?”


Augusto Ferrán

A veces se oye decir: “Yo soy un hombre de mi tiempo”. Muchas veces, el que tal dice, suele también decir “que no tiene tiempo para nada”. Y nos preguntamos entonces si a este nuestro contemporáneo al parecer lo que le sucede es que no tiene tiempo porque el tiempo lo tiene a él.

Uno de los problemas, a escala mundial, que caracteriza nuestra época, es la falta de tiempo. El gran defecto actual es que nadie tiene tiempo para pensar. Vemos, a nivel de jerarquías responsables, que los políticos de los cinco continentes se pasan el día, trasladándose de un sitio a otro, pronunciando discursos, haciendo declaraciones... Por su parte los intelectuales -es decir, los que tienen la misión de orientar-, invierten la existencia en asistir a congresos, en dejar que le pongan condecoraciones, en acudir a los banquetes que se dan los unos a los otros, en pronunciar conferencias, en contestar a los cuestionarios... Y si esto pasa con los políticos y los intelectuales ¿qué decir de cuantos se sienten y son simplemente gente del pueblo? Sujetos a tener que buscar trabajo o a sus obligaciones si lo encuentran; para obtener los billetes necesarios que permitan adquirir los bienes que la sociedad de consumo se encarga de crear, día a día, hora a hora, minuto a minuto, para mantener vivos unos paraísos artificiales de una felicidad inalcanzable, apenas tienen horas disponibles para ver un poquito de televisión y marcharse a la cama.

Falta tiempo para leer, para meditar, estudiar, reflexionar. En todas partes las más graves decisiones se toman a la ligera. Sin pensar en sus pros y en sus contras. A lo que salga. Y así va todo. Las consecuencias las vemos a diario. En España, Europa, América, África... Los grandes problemas económicos no se solucionan nunca. No hay tiempo para prestarle atención a ese gravísimo problema del paro. Las guerras se eternizan. Cada vez son más los niños que mueren de hambre. La pobreza se hace cada día más severa... Pero la falta de tiempo no permite que pueda afrontarse lo que realmente merece la pena.

Seguiremos diciendo que nos falta tiempo para todo, que no tenemos tiempo para nada. Y es verdad, y precisamente porque nos falta tanto tiempo no podemos perderlo; pero no porque no queramos, sino porque no podemos. No podemos perder el tiempo que nos falta. ¡Pues que más que quisiéramos que perderlo! ¡Que poderlo perder! Y es que, como dijo el poeta: “...o es un tiempo que no ha sido / ni puede ser de ese modo / más que una sombra de todo / el tiempo que se ha perdido”.

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