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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

La pornografía, un enemigo letal

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 29 de noviembre de 2007, 04:55 h (CET)
Seam Yarbrought se pregunta: “Junto con todos los maravillosos usos de Internet, se le da otro uso que crece mucho: el de la pornografía comercializada. ¿Cuáles son los efectos de ver fotografías explícitas sexuales? ¿Es inocuo? ¿Hay algo culturalmente bueno ver pornografía?”

En Internet se tiene acceso a todo tipo de material pornográfico. Algunos sitios envían periódicamente cartas pornográficas que se depositan en el buzón del correo electrónico. Al no existir ninguna restricción, este material se puede entregar en el buzón de cualquiera, joven o adulto, sin que se detecte.

La pornografía, sea impresa, en video o de Internet, puede poner en peligro a aquellos que tienen problemas sexuales. Parece ser que Internet es la fuente de máximo peligro. Con la llegada de las películas digitales aumenta la posibilidad de que se incremente el consumo de este material. Esto se hace evidente cuando uno se da cuenta de la explosión de películas pornográficas y los beneficios económicos que producen. Con la facilidad de descargar imágenes pornográficas con la intimidad que proporcionan nuestras casas, quienes están enganchados en la pornografía pueden deshacerse del potencial bochorno de ser visto entrar o salir de las salas que proyectan películas X, sin tener que afrontar la mirada de un empleado.

A pesar de que en el idioma que hablaba Jesús no existía la palabra pornografía, él la consideraría pecado. El Señor dijo: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo,5:28). Según estas palabras, el pecado sexual no consiste solamente en yacer con una mujer que no sea la propia esposa. Basta con desear a una mujer que no sea la propia para pecar. El séptimo mandamiento dice: “No cometerás adulterio” (Éxodo,20:14). El décimo confirma lo dicho por Jesús: No codiciarás la mujer de tu prójimo” (v.17).

No se puede poner en duda que la pornografía despierta el incontrolado deseo sexual. Se tendría que ser una barra de hielo para no excitarse sexualmente ante las imágenes pornografías, fijas o en movimiento.

En el corazón de la guerra cultural que se libra hoy se encuentra un egoísmo sin límites. Desde la implantación de la Democracia se ha ido desarrollando un materialismo sin restricciones, una sociedad hedonista que pone el deseo codicioso por encima de la vida y la moralidad. El concepto de libertad sobre el que se edifica la nuestra democracia, desgraciadamente sirve para promover la corrupción de las normas morales y la degradación de las instituciones que le dan soporte.. La razón es muy simple: avanzar para conseguir unas libertades personales sin límite, no tiene final.

Los padres de la Constitución de 1978 bien seguro que no se imaginaban lo que sucedería en el futuro próximo. Dado el concepto que se tiene de la bondad innata del ser humano, tal vez suponían que éste sería capaz de hacer un buen uso de la libertad que concede el texto constitucional. La evidencia confirma que el ser humano dejado en su estado caído nunca tiene bastante en su camino hacia la degradación. El matrimonio, la familia, la educación, la ley e incluso la Iglesia no se ven libres de la degradación creciente que se manifiesta.

La infravaloración que se tiene de las instituciones tradicionales y la presión constante para conseguir mayor autonomía individual, necesariamente debilita la capacidad de que las personas sepan auto controlarse. El resultado es que se está en contra de cualquier individuo o grupo que intente contrarrestar la tendencia para hacer volver las aguas a su cauce. Como no se ve en el horizonte ninguna señal que indique que tal cosa suceda, es de esperar que se incremente el desorden social. La pornografía contribuye a destruir el modelo que puede poner freno al declive moral en que estamos inmersos. Las personas, de una manera creciente rechazan la autodisciplina necesaria. Se rechaza el auto control sexual lo cual lleva al deseo de más auto gratificación y desenfreno.

Algunos dicen que el gobierno no tiene ningún derecho a restringir la libertad que uno tiene de auto gratificarse con el material pornográfico de que dispone. Lo cierto es que los demás hemos de sufrir los efectos que ejerce en las personas enganchadas. Aunque nadie se muere en el sentido literal por ver imágenes pornográficas, Robert Bork dice: “Nadie se ha muerto leyendo «Der Sturmer», el periódico nazi antisemítico, pero la cultura a la que servía causó la muerte de seis millones de judíos”.

La industria pornográfica degrada a hombres y mujeres. Destruye las relaciones normales, crea falsas esperanzas y pervierte el verdadero significado del sexo y de la vida familiar. La pornografía es un pecado que está en conflicto, en la letra y el espíritu, con la monogamia y la fidelidad conyugal. El matrimonio y la familia son los cimientos de una sociedad sana. La pornografía, por los efectos evidentes que ejerce en aquellos que están enganchados en ella es una enfermedad que crea deseos insaciables. Quienes están atrapados en sus redes ya no tienen bastante con imágenes de adultos, necesitan degradarse aún más buscando frenéticamente imágenes de niños. La pornografía amenaza la estabilidad social. Protegerse de esta plaga que está invadiendo la intimidad de nuestros hogares, principalmente vía Internet, contribuye a poner freno a esta amenazadora plaga cultural. Si no la paramos a tiempo, los estragos que causará serán terribles. Los primeros efectos que se notan deberían alertarnos de la conveniencia de no permanecer insensibles a los daños que causa. La fe en Jesús nos daría las fuerzas necesarias para plantarle cara.

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