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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Qué le ocurre a la Justicia? Pues, que está enferma de injusticia

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 29 de noviembre de 2007, 04:55 h (CET)
Qué cierto es aquello de que: “quien siembra vientos recoge tempestades”, pero es que ¡hay tempestades y tempestades! Me refiero naturalmente a que, en ocasiones, como ocurre en las tormenta de verano, todo queda reducido a unos cuantos truenos y relámpagos que duran unos minutos y, luego, regresa la calma y aquí paz y allá gloria. Sin embargo, existen otro tipo de tempestades ciclónicas capaces de generar destructores tornados que arrasan el territorio sin dejar títere con cabeza y, cuyas consecuencias, se dejan sentir durante días, meses e inclusos años después de que la fuerza de los vientos huracanados haya cesado y la bonanza retornado al lugar del desastre. La metáfora viene bien si es que queremos comprender algunas de las cosas que están ocurriendo por estas fechas y que, sin duda alguna, si hubieran ocurrido hace algunos años algunos nos hubiéramos rasgado las vestiduras y nos hubiéramos tirado cenizas sobre la cabeza, creyendo que estaba llegando el fin de la civilización.

Para aquellos que nos hemos interesado por la Justicia en mayúscula, para los que sentimos dentro de nosotros esta inquietud que nos causa ver como hay personas perseguidas, traicionadas, agredidas, estafadas y violentadas y vemos, consternados, que los estamentos creados por la sociedad para evitar que estas acciones se produzcan o, en su caso, juzgar a los infractores para que paguen sus culpas y indemnicen a sus víctimas; en lugar de cumplir con diligencia sus funciones, en vez de ser un ejemplo a seguir y un modelo para la ciudadanía; se apartan de sus deberes y se dedican a crear su propia justicia a su medida o a la medida de sus inclinaciones partidistas. Este comportamiento constituye una aberración tal que nos hace desconfiar de la sociedad y de los gobiernos que consienten que, los infractores, sigan actuando con impunidad para desconcierto de todos aquellos que han puesto su confianza en el Estado de Derecho.

No basta con que el Gobierno de la Nación aleccionara al señor Fiscal General, en función de sus necesidades políticas, para que hiciera oídos sordos a todos los que reclamaban justicia contra los criminales de ETA; no era suficiente que, para favorecer una negociación realizada a espaldas de la ciudadanía con los etarras, se concediera trato especial a criminales, como De Juan Chaos, con privilegios que ninguno otro preso común hubiera podido imaginar ni en sus sueños más felices; no era suficiente que, a un sujeto como el señor Otegui, que siempre actuó por mandato de la ETA y que se reía de la policía y alardeaba de su amistad con el señor Zapatero, se le ignoraran los cargos que pesaban contra él para dejarlo en libertad; sino que, además, se tenía que nombrar a un ministro de Justicia cuya única finalidad, en lugar de intentar que se aplicase la ley en todo el territorio nacional, era la de atacar al PP y hacerse el gracioso, para desviar la atención de la ciudadanía del problema real, que era la espuria y vergonzosa negociación de Zapatero con los terroristas, para intentar llegar a un acuerdo, fuera como fuera, que le permitiese asegurarse la reelección en los próximos comicios. No señores eso no ha sido todo.

Ha sido necesario que el actual Gobierno recurriera a toda clase de artimañas, amenazas y recursos barriobajeros para intentar presionar el TC para que retardara la resolución del recurso presentado por el PP, impugnando la legalidad del Estatut catalán, que, sin embargo, ha entrado en vigor sin que nadie se preocupara de los posibles perjuicios que, tal adelanto, causarían al resto de los españoles; que han debido soportar el peso de las inversiones que se han hecho en Catalunya basándose en lo acordado en aquel. ¿Cómo se indemnizaría a aquellas comunidades que se han tenido que apretar el cinturón para que los catalanes nadaran en dinero? Si hemos de creernos lo que dicen les han dado tanto que, al parecer, todavía no han decidido en qué invertir lo que les sobre. Si hicieron que el abogado del Estado interviniera en contra de los recursos presentados por el PP; si acusaron a los populares por ejercer su legítimo derecho a recusar a uno de los magistrados, evidentemente, inhabilitado para juzgar imparcialmente sobre la cuestión, por haber emitido un dictamen solicitado por la Generalitat; más tarde, desesperados ante la posibilidad de que la jugada del Estatut( acordada con los separatistas catalanes), ellos mismos, que tanto habían recriminado al PP la primera recusación, hicieron lo propio con otros dos magistrados y elevaron el grito al cielo cuando se les respondió con la misma moneda recusando a otros tres magistrados por los mismos motivos que lo hicieran ellos. El Gobierno ha pretendido, en todo momento, acusar a la oposición de jugar sucio cuando él mismo se escondía los ases en la bocamanga de su propia conveniencia.

Pero, ahora, después de la sentencia del juicio del 11-M, debemos asistir al triste espectáculo de que, uno de los jueces que lo ha sustanciado, aparezca como un perrillo faldero de su esposa. El gran patriarca de la Audiencia, aquel que representaba la férrea autoridad judicial, el que cuadraba a aquellos que pretendían escabullirse o amonestaba a los abogados que hablaban de una posible participación de la ETA en la masacre del 11-M, y aquel que se olvidó de encausar en pieza separada, por perjurio, a los que mintieron descaradamente durante el proceso; vean ustedes por donde, ha resultado ser uno de estos ídolos con los pies de barro. Cuando su esposa ha publicado un oportunista y descarado panfleto en el que se revelan secretos que nunca debieron ser aireados, una publicación que ha merecido la más absoluta reprobación por parte de su compañero en el tribunal, el juez Guevara, y que ha sacado de sus casillas el presidente de la Audiencia Nacional, Carlos Divar; fruto, no podría ser de otra forma, de las confidencias de su esposo el juez Bermúdez, quien, al parecer no tuvo ningún inconveniente en permitir que su esposa, Elisa Beni, se “realizara” a costa de que el faltase a la más elemental exigencia de su cargo: el secreto profesional. Ahora cabe preguntarse, visto lo visto, ¿hasta que punto las lagunas oscuras que salpican el proceso, corresponden a la falta de pruebas alegada o a lo que, benévolamente, se pudieran considerar como una ligereza o falta de diligencia en escarbar en la desastrosa instrucción del juez Olano? Probablemente nunca lo sabremos, pero lo que sí sabemos es que, desde que el PSOE se hizo cargo del Gobierno de España, la justicia anda dando trancazos y el descrédito de la misma ante la ciudadanía es cada día, mayor. Mal andamos si uno de los tres brazos que sostienen la democracia falla y, los otros dos, andan en busca de sacarle provecho al fallo. ¿ No será cierto, en nuestro país, aquel aforismo que rezaba:” Cuando se posee la fuerza, se deja de invocar a la justicia”?

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