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Etiquetas:   La tercera puerta   -   Sección:   Opinión

Caminando hacia el futuro

Xabier López de Armentia
Opinión
martes, 27 de noviembre de 2007, 03:56 h (CET)
En esta vida existen dos clases de caminos, el pedregoso y el asfaltado. Como dirían algunos religiosos, el camino del sacrificio y el camino de la vanidad. La vida del ser humano se vislumbra como un largo camino que recorrer por el cual nos acontecen innumerables situaciones de las cuales algunas veces salimos airosos y otras no muy bien parados. Sea cual sea nuestro destino nos enfrentamos siempre a una doble disyuntiva: optar por el camino fácil y con pocas complicaciones o un camino más laborioso y pedregoso.

El camino fácil es aquel que viene dado. Un camino que nos centra en nosotros mismos y nos aleja del resto de peregrinos que deambulan por el mismo. Un camino egocéntrico y narcisista en el que el mayor placer es el nuestro, olvidándonos de aquellos que no pueden avanzar.

El camino difícil es la otra cara de la vida. Es la visión del camino como el conjunto de peregrinos que lo transitan, lo que hoy podríamos denominar sociedad. Es un camino en el que el bien común sobresale por encima del bien individual y donde los valores como la solidaridad, la igualdad, la ética y la moral cobran un gran protagonismo.

Estos dos caminos escenifican lo que hoy en día podríamos definir como el debate entre el pensamiento económico neoliberal y el pensamiento económico socialdemócrata. Nuevos términos que cubren de significado a las obsoletas “derecha” e “izquierda”.

A todos nos gusta tener una casa y propagamos nuestro derecho a una vivienda digna allá donde vayamos. A todos nosotros nos encanta recorrer nuestra ciudad y que las calzadas estén bien asfaltadas y las calles bien embaldosadas. ¿Quién no ha metido alguna vez el zapato en un charco por una baldosa sin reparar?. Cuando vamos a un hospital nos gusta que tengan personal y dependencias óptimas para nosotros y maldecimos las listas de espera o el tiempo que empleamos en acudir a nuestro ambulatorio. Nos gusta que nuestros hijos dispongan de una enseñanza pública de calidad y que estemos dotados de grandes infraestructuras que nos permitan desplazarnos de un punto a otro del territorio con comodidad. Seguridad social, pensiones, existen miles. Nos gusta que existan una cantidad de servicios sociales que no lleguemos ni a enumerarlos todos de un tirón. Nos gusta tener las espaldas bien cubiertas y que las ofertas públicas que realizan nuestras instituciones sean eficaces y al alcance de todos y todas.

Es muy sencillo, para disponer de todas estas prestaciones sociales hace falta principalmente una cosa, dinero. Todo se reduce a dinero, es verdad y triste, pero es así. Ese dinero se recoge de los impuestos que tributa la ciudadanía y con esas cantidades de dinero se pueden crear todos estos servicios que exigimos. Otro punto tan importante como el dinero es el uso que se dé al mismo. Porque no sirve de nada recaudar miles de millones si luego no sabemos emplearlos correctamente.

Además de recaudar dinero, los impuestos tienen otra labor mucho más social, redistribuir la riqueza. El modelo capitalista genera por sí solo una montaña alumbrando en su cúspide a unos poquitos con mucho dinero y en sus raíces a muchos con muy poco dinero. Los impuestos tienen la labor de intentar reequilibrar la riqueza y hacer una sociedad más igualitaria.

El otro día asistí a uno de los ejercicios más lamentables de electoralismo, a los que por otra parte me tiene muy acostumbrado el PP. Al más puro estilo de propaganda populista y demagógica que tanto utiliza en medio Europa la derecha, el PP nos avanza que si gana las elecciones realizará una reforma fiscal, fijada en la exención del IRPF a todos aquellos contribuyentes que no sobrepasen los 16.000 euros. Una medida que afectaría a cerca de 20 millones de contribuyentes.

Esta estrategia del PP es la tapadera para perpetuar a su electorado entre la elite. ¿Por qué no plantean una subida del IRPF a aquellas rentas que superen los 60.000 euros? Porque eso señores es tirar piedras contra su propio tejado. Que a nadie le quede ninguna duda que de llegar a pragmatizar esta medida que supondría un agujero de 25 millones de euros, vendría inmediatamente una subida del IVA, un impuesto directo que afecta a ricos y a pobres por igual.

La jugada es magistral desde el punto de vista electoral y demagógico, ya que las clases bajas ahogadas en su día a día ven en esta medida un resorte que les impulse hasta la superficie, pero detrás de esta medida se esconden los intereses de la elite, que seguirá viendo como su dinero no se toca.

Es necesario que todos tributemos pero no por igual. Debe ser progresivo. Los que más tienen deben ser los que más den y los que menos tienen los que más reciban. Para realizar este equilibrio macroeconómico no podemos someternos a exenciones fiscales, sino a subidas de impuestos, evidentemente no para las clases más desfavorecidas.

Nos gusta tener derechos, pero no obligaciones. Más allá de todo esto lo que detestamos es que nos mientan. Los ciudadanos no queremos más mentiras Sr. Rajoy.

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