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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La acogida, misión humana

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 27 de noviembre de 2007, 03:56 h (CET)
No puede darse una verdadera cultura de acogida, de la que tanto se habla y se presume, más bien de boquilla sólo, porque las mismas instituciones de países ricos hacen oídos sordos a los países pobres, y entre ricos y pobres dentro del mismo país, ni apenas se dirigen las miradas. Por cierto, ahora que tan a la ligera e injustamente se machaca a la Iglesia Católica, como si fuera la causa de todos los males, conviene recordar que la inmensa mayoría de sus miembros son personas que entregan su vida a los demás, desempeñando una labor discreta de acogida y muchas veces ignorada. La sociedad, sin embargo, y sobre todo casi siempre los inaccesibles pudientes, intratables y con cara de ajo, lo de tender una mano al afligido con verdadera hospitalidad de admisión y acogimiento, deben pensar que es cuestión de curas y de sus pastorales. Con unas migajas por Navidad suelen acallar las conciencias. Como si los demás días, los desamparados de este injusto mundo, no necesitasen refugio donde poder calentar su cuerpo de amabilidad.

Se han perdido tantos amores en batallas innecesarias, que uno de los actos propios de amor como es acoger, dormita en el letargo, aunque los inviernos de la vida sean menos duros. La dureza la lleva ahora el ser humano, que no entiende otra semántica, que la de servirse asimismo poder a todas horas y el desvelo de albergar un caudal de riquezas para sentirse grande entre los grandes. Cabeza de lobo, en definitiva. Por otra parte, lo distante es lo que se lleva. Los muros de hielo. Nadie escucha a los que piden auxilio, esa es la pura verdad. Se puede nacer más o menos acogedor, en parte también depende de las caricias recibidas, pero igualmente es un valor que se cultiva, que se educa. Tomen buena nota los promotores-autores de la sugerente educación para la ciudadanía, seducción de espíritu político e inútil formación propagandística. Piensen, rectifiquen y si encuentran motivo acojan a la acogida, una dama que nadie quiere porque compromete a tener las puertas siempre abiertas cuando llama el desespero. Si optan predicarlo, sepan que el ejemplo es la mejor educación. Hoy por hoy, la actitud o disponibilidad para acoger cotiza menos que la credibilidad política que ya es decir. Las diferencias vienen sentando cátedra. Y el poder suele hacer la vista larga o poner la guinda.

El seguro de acogida está de capa caída. Como la Santa Iglesia de Roma eche el candado, mejor los excluidos cambian de planeta y ya veremos qué hacen los que reparten las raciones como divertimento. Ni la social seguridad insegura puede salvarnos de la quema, por mucho que nos hagan doblar las cervicales en la edad octogenaria. Las lindes del aliento cuando pierden el corazón, todo se abandona al rey de la selva. No piensen en amparos. El futuro ya no nos pertenece como humanos, nadie acoge por nada, todo es puro comercio. Y, por ende, pura esclavitud. Espantosos espacios, vestidos de plácidos cebos, nos ofrecen por doquier. Será arrebatadora la cuestión que, hasta el mismísimo Ministerio de cultura, en su agenda cultural, difunde un curso, bajo el título: “Modelos de seducción. La definición social de la belleza, el glamour y el deseo”. Me repele que desde una casa de culto a la cultura o de cultivo al culto cultural, predique una estética que no es. El glamour y el éxito difícilmente casan con la belleza. Empezando porque la belleza es más una cualidad interior de salir al encuentro del otro que corporal.

La acogida eso si que es cultura, humanizadora y humanizante, una saludable hechura de servicio. Es el mejor traje en el rincón de las marcas. La marca del corazón dispuesta a socorrer. Cuidado con los devoradores de la auténtica belleza, aquella que como dijo Bécquer, levanta la mente a nobles aspiraciones. Cuando se pierde la nobleza también se pierde la admiración por lo bello.

De un tiempo a esta parte, también proliferan las casas de acogida que intentan suplir el poco auxilio que prestamos a los que gimen en la angustia. Es cierto que, en un mundo depredador donde las alimañas son las estrellas, estos espacios de cobijo son más que necesarios, imprescindibles; pero, a mi juicio, son un mal remedio, puesto que la acogida encierra todo un movimiento espiritual interior más allá de lo que significan estos centros que suelen acoger por periodos de tiempo. Por mucho tratamiento social individualizado que se de a la víctima, por mucho fomento de desarrollo personal, formativo y autoayuda que se ofrezca, la realidad es la que es y el contacto con el entorno social es frío y frenético.

Si la sociedad tuviese enraizado el sentido de la universalidad como lo tiene la Iglesia Católica, no sólo en el sentido de su extensión territorial o de la multiplicidad étnica y cultural de sus miembros o de su vocación misionera, sino también de su apertura universal a todo, concretizada en la frase de Terencio: “Nada humano me es ajeno”; o en aquella otra de San Francisco de Asís: “Dios mío y todas las cosas”; seguramente entenderíamos con más nitidez el significado de acoger. Otra palabra que ha ido perdiendo su significado verdadero, suplantada por mentiras. La acogida, en suma, se cultiva y antes nos tienen que haber instruido para ello. Sin un sentido de acogida como Dios manda, y otras estéticas dieron, como las cultivadas por la generación del veintisiete, donde la literatura y el arte cumplían una función regeneradora de los desequilibrios sociales, desde un tono combativo pero también desde un timbre de acogida, tenemos viciada la hospitalidad y enviciado el recibimiento. O sea, el tanto tienes, tanto vales: pura realidad.

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