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Etiquetas:   Perspectiva de Levante   -   Sección:   Opinión

A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César

Domingo Delgado
Domingo Delgado
martes, 27 de noviembre de 2007, 03:56 h (CET)
En los últimos años se viene reproduciendo el debate sobre la financiación pública de la Iglesia, especialmente recrudecido cuando la tensión de las relaciones Gobierno – Iglesia aumenta.

Si algo tiene claro la Iglesia es que su libertad no tiene precio, pues así debe ser la libertad de los hijos de Dios. En tanto que los poderes temporales se ajustan a los cálculos humanos, entre los que funciona principalmente el dinero.

No obstante, hemos de considerar que esta cuestión financiera forma parte de los Acuerdos Iglesia – Estado, que tienen la categoría de Acuerdos Internacionales, y en España adquieren rango legal, que fue fruto de la negociación y el acuerdo entre el Estado Español y el Estado Vaticano, por tanto, no se trata de donaciones simples, sino de estipulaciones que prevén procedimientos de recaudación para dar a la Iglesia aquello que la ciudadanía libremente consiente. ¿Entonces qué hay de injusto en ello?.

Otra cosa sería que se reconsiderara esa fórmula y tengamos que ser los católicos los que directamente nos entendamos con la Iglesia, pero en tal caso, el Estado habrá de dejar ese dinero en el bolsillo de cada contribuyente para que libre y voluntariamente haga con el mismo lo que quiera.

En cualquier caso, mientras el Estado subvencione actividades de Organismos privados, de tipo social, cultural, etc., tendría que seguir contando entre dichos Organismos privados, con la Iglesia Católica, así como con aquellas otras Organizaciones Religiosas de distintas confesiones, o laicas que desempeñen actividades de interés social o cultural, que vaya en consonancia con el interés público determinado por el Gobierno, en razón de determinado tipo de actividades de beneficio social.

En cualquier caso, esta cuestión llevaría a que la Iglesia se autofinanciara por sus propios miembros. Algo que así fue en el pasado, y que quizá no fuera malo que volviera a suceder. Razones de independencia, sobriedad y ejemplaridad avalarían tal hecho, aunque supusiera “apretarse el cinturón” por parte de todos.

El creyente de verdad tiene la experiencia que de todo revés, en toda tribulación, siempre hay un crecimiento, ya que como decía San Pablo: “cuando soy débil soy fuerte en Aquel que me conforta”.

Quizá sea tiempo de meditar, de purificar pecados propios, rectificar actitudes y centrarse en la urgente evangelización, que pasa por la autenticidad, la sencillez, el ejemplo y la proximidad al pobre y al desvalido. Dando a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César, limando asperezas y adherencias temporales extrañas al Espíritu Evangélico. Manteniendo la Esperanza que Dios provee siempre para sus criaturas.

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