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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Somos optimistas o pesimistas ante el futuro?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 25 de noviembre de 2007, 11:57 h (CET)
Se trata de aquel que ve la botella medio vacía o del que la ve medio llena. Es lógico que el Gobierna quiera aparentar que en España se atan los perros con longanizas y también lo es que la oposición quiera demostrarle que ¡de longanizas nada!, que, en todo caso, se lazarán con las pieles sin chicha de los embutidos. Sin embargo, hay algo que siempre resulta muy tozudo y que, desde Eistein para bajo nadie se atreve a negar aún que, en muchos casos, nos cuesta entenderlas: las matemáticas. Pero no me refiero de estos complicados cálculos de integrales o de trayectorias astronómicas, no, es algo muy sencillo, pero no por ello menos dramático: el cálculo que un ama de casa tiene que hacer para conseguir llegar con su sueldo a final de mes, sin tener que entramparse hasta la coronilla. Esto es lo que los que nos gobiernan se empeñan en ignorar, lo que no les conviene reconocer y de lo que huyen, como si fuera de un leproso, cuando se acercan los meses en los que han de poner, a la vista de los electores, su gestión durante el mandato de cuatro años que establece la ley para cada legislatura.

Yo no sé si el señor Solbes lo ha acabado de digerir ni, tampoco, si el optimista señor Taguas, el asesor económico de Zapatero, ha acabado de comprenderlo después de descalificar, como lo hizo, al señor Rato; pero lo que si es evidente es que hemos entrado en un periodo de recesión. Puede que a nivel industrial esta ralentización de la demanda se note menos, aunque es probable que no opinen lo mismo los que exportan, donde el frenazo de la balanza de pagos ya es evidente; pero en el sector de la construcción, mal que les pese reconocerlo a nuestras autoridades económicas, las alarmas son evidentes y difíciles de ocultar. Hay grandes empresas de construcción que ya hace tiempo que están derivando sus inversiones hacia otros sectores financieros y, las que no cuentan con tantos recursos, están procurándose liquidez con la venta de suelo cosa que no ocurría hace unos años. El motivo, pues la desaceleración de la venta de viviendas causada principalmente por el aumento del coste de las hipotecas y de la desconfianza de la gente que, ante la posibilidad de un aumento de la inflación y la disminución del poder adquisitivo de la ciudadanía (trabajadores y clase media) prefieren postergar las grandes inversiones y el endeudarse, al no tener la seguridad de poder atender sus compromisos si la situación empeora.

Que el señor ZP salga a la tribuna en el Congreso para decirnos que “probablemente” en los próximos trimestres la bonanza regresará y se solucionarán los precios de los artículos de primera necesidad, resulta, cuando menos, una actitud temeraria, poco realista y algo semejante a un ejercicio de adivinanción del futuro, que no parece propio de un jefe del gobierno que tenga un mínimo de prudencia y de respeto por la ciudadanía. O este señor no se entera de nada de lo que está ocurriendo fuera de nuestras fronteras o no lee la prensa económica o, lo que a mi entender es lo más probable, prefiere hacerse el loco ante la posibilidad de que el tema de coste de vida de los españoles le pueda perjudicar de cara a las próximas elecciones generales. Porque, veamos: si en Bruselas se nos advierte de que la productividad española está en la mitad de la media europea; tendremos que reflexionar sobre la cuestión ¿no? Es un mal endémico que nos afecta desde hace muchos años y que desde SEFES denunciamos desde que se constituyó como patronal sin que, hasta esta fecha, ni el gobierno ni los sindicatos hayan acabado de asimilar como lo han hecho en otras naciones. Subir salarios sin mejoras de productividad es lo mismo que ponerse en desventaja con el resto de la competencia. Es un principio tan simple que hasta un niño lo puede comprender, pero en esta tierra de despropósitos, los sindicatos, que en lugar de trabajar a favor de los trabajadores lo que hacen es meterlos en líos, huelgas absurdas y rifirrafes políticos que en nada los benefician; se han emperrado siempre en luchar contra todo lo que sea exigir un mayor rendimiento a los trabajadores, y así nos luce el pelo. Un mismo artículo, de idéntica calidad, en virtud de las leyes de la oferta y la demanda, no se podrá ofrecer a un precio más alto del de la competencia, con posibilidad de venderlo, salvo que se esté en un régimen de monopolio.

El problema que tiene el PSOE, hoy en día, es que a cuatro meses de las elecciones en España se está produciendo una grave desproporción entre el precio de los artículos de consumo, que se han incrementado en porcentajes de veinte, treinta y cincuenta por ciento con respecto a los de principio de año y, por el contrario, los salarios que han permanecido invariables. Eso, los que no han perdido sus puestos de trabajo a causa de las innumerables reducciones de plantillas, con expediente de regulación de empleo; el goteo continuo de empresas que abandonan Cataluña y España para encontrar otros lugares donde establecerse en mejores condiciones para disponer de mano de obra especializada, más barata y más productiva. A todo ello podemos añadir la inestabilidad política, los experimentos izquierdistas (como en el caso de Catalunya) y la falta de seguridad jurídica. Lo he dicho y lo repito, el PSOE ha estado viviendo de las rentas que les dejó Aznar en lo económico, que han servido durante la bonanza general de la economía mundial; ahora, que desde EEUU vienen vientos de recesión, de la explosión de la burbuja inmobiliaria y de la insolvencia de las hipotecas de riesgo; nos va a tocar recibir nuestra parte de la crisis a la que, por supuesto, no nos creemos que seamos inmunes, por mucho que los gurús del Gobierno se empeñen en querer convencernos de lo contrario. Cuando la olla hierve con agua sola sobre el fuego, el humo que pueden oler los políticos es el de la D de descontento, desencanto y desánimo. Algo sobre lo que deben meditar para ponerle pronto remedio. ¡Ah!, se me olvidaba, menos viajes a París, señora ministra de Fomento, que no está el horno para bollos.

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