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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

De toda su herencia, me quedaría con su coherencia

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 24 de noviembre de 2007, 06:05 h (CET)
A M. T. L., paradoja andante, que permitió que mis labios cataran el continente aterido y el contenido caliente de sus odres de vainilla y miel y prohibió que libaran los néctares vivificantes de su oasis más recóndito, deseado y deseante; a quien amé con toda mi alma, hasta que la gran ola de sus incoherencias, el tsunami de sus contradicciones, barrió y borró del mapa cualquier estela o rastro que hubiera dejado tras de sí dicho, arrebatador, embaucador y embriagador sentimiento (que no miento).

“Es una cosa bastante repugnante el éxito. Su falsa semejanza con el mérito engaña a los hombres”. Victor Hugo

Imagínese usted, desocupado lector, que el menda lerenda (para unos, E. S. O., un andoba de Cornago; Otramotro, para otros) hubiera sido uno de los deudos predilectos del genial autor del exergo que, tras la dedicatoria, abre esta urdidura. Lo que servidor hubiese preferido que le legara o dejara su eximio allegado o familiar en herencia, por ser las prendas que más estimaba de y en él, serían su sentido común, su sensibilidad para el amor y para el humor y, sobre todo, su coherencia.

Como no hay mejor maestro que fray ejemplo (y, según Albert Einstein, uno de los científicos más reputados del siglo XX, que recibió el premio Nobel de Física en 1921, “dar ejemplo no es la principal manera de influir en los demás; es la única manera”), le pondré a continuación uno, reciente.

En la página 77 del ABC del pasado sábado, 17 de noviembre de 2007, en la columna que firma Beatriz Cortázar, titulada “ANA OBREGÓN TENDRÁ QUE PAGAR CIEN EUROS”, puede leerse que “el juez ha determinado que la actriz tendrá que indemnizar a la demandante con poco más de cien euros, por lo que está satisfecha (sic; el menda hubiera colocado aquí una coma) en tanto en cuanto ‘el juez se ha dado cuenta de que era una tontería’, pero también indignada (sic; ídem) ‘porque no se puede hacer perder el tiempo a los jueces con estas chorradas (sic; ídem) con la cantidad de casos importantes que tienen que estudiar’”.

La cosa hubiera quedado así, tal cual, si servidor no hubiera seguido leyendo (como, sin embargo, hizo). Pues, a renglón seguido (en el párrafo siguiente), mis ojos lectores se deshojaron como una margarita, poniéndose en blanco, semejando platos, y la hilaridad brotó y prendió en mí como si hubiese inhalado protóxido de nitrógeno, al propiciar y provocar que me desternillara, que me riese a mandíbula batiente. Si no me cree, pruebe a seguir leyendo y ya me dirá: “A pesar de la cantidad que tendrá que pagar, Ana piensa recurrir la sentencia por una cuestión de principios y además quiere declarar ante el juez, algo que no pudo hacer en la primera vista al encontrarse con unas anginas (sic; ¿dónde?; ¿al salir de casa?; ¿antes de llegar a la sede judicial?; ¿en la clásica, típica y tópica tercera fase?...), según explicó su abogado”.

Si por coherencia se entiende la acomodación ajustada, completa, perfecta, total, entre lo que se piensa, lo que se dice o escribe y lo que se hace; en el supuesto de que una de sus pretensiones actuales sea lograr saborear algún día las mieles de la tal, le recomiendo con especial encarecimiento que se comporte de manera diametralmente contraria u opuesta a la que, por lo que se colige, tiene pensado conducirse Ana Obregón.

(Coda: Dilecta Beatriz, teniendo en cuenta algo que urdió Bill Gates, para quien “el éxito es un mal profesor. Empuja a la gente inteligente a creer que es infalible”, he de comentarle que “contínuos” (sic), aunque usted se la puso, no lleva tilde; pues se trata de una falsa esdrújula.)

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