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La quema de conventos de 1931 en la España republicana

“Cada hombre apaleado vale por diez no apaleados” Proverbio ruso
Miguel Massanet
domingo, 7 de junio de 2015, 23:00 h (CET)
Tres notables intelectuales que, en un principio, fueron entusiastas defensores de la proclamación de la II República el 14 de Abril de 1931, pronto tuvieron ocasión de comprobar que, aquel cambio, no se ponía en práctica tal y como ellos hubieron previsto y que los principios republicanos que muchos ciudadanos de derechas compartían, hartos de las cacicadas de la monarquía, fueron prostituidos por las ansias revanchistas de unos, el espíritu revolucionario de los sindicatos obreros y la falta de control del gobierno republicano de las calles de las principales ciudades de España, en las que pronto, apenas sin dar tiempo al régimen republicano a instalarse, las fuerzas del orden fueron superadas por las multitudes de extremistas, contra los que no se atrevieron a actuar, seguramente por haber recibido órdenes de sus superiores de no intervenir contundentemente. No debemos olvidar que, si bien el ministro de la Gobernación, señor Miguel Maura era un republicano católico, en el gobierno provisional quien dominaba la situación era don Manuel Azaña, ministro de la Guerra, un anticlerical nato que amenazó con dimitir, si la represión contra las quemas provocaban alguna víctima entre los revoltosos, cuando afirmó: “todos los conventos de Madrid no valían la vida de un republicano”.

Provocadas o no, animado por los anticlericales o formando parte de una campaña encaminada a eliminar a las órdenes religiosas de España, lo cierto es que, el 11 de Mayo de 1931, se inició por el populacho la quema de residencias, iglesias y conventos religiosos, con el incendio de la residencia e iglesia de los Jesuitas en la calle Flor ( al final de la Gran Vía madrileña), un acto vandálico que supuso la destrucción de una biblioteca de 90.000 ejemplares; seguida por el asalto al convento de las monjas bernardas en Vallecas y el incendio del convento de los carmelitas en la plaza de España de la capital española. Ante semejantes acontecimientos los señores Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, pronto tuvieron que salir al paso contra aquellos sucesos impíos, manifestando públicamente su rechazo: “Quemar conventos e iglesias no demuestra verdadero celo republicano de avanzada, sino más bien fetichismo primitivo y criminal… El hecho repugnante avisa de un peligro grande que, para la República, existe”.

Lo cierto es que, la incapacidad del gobierno provisional de la República para mantener el orden público, pronto se materializó en una serie de hechos terroristas a los que no se les supo poner freno. A los primeros atentados contra la Iglesia se sucedieron en días sucesivos quemas del colegio de Nuestra Señora de las Maravillas; de los Hermanos de las Escuelas cristianas ; colegio de María Auxiliadora y del Sagrado Corazón; Instituto Católico de Artes Industriales de los jesuitas en la calle Alberto Aguilera. El día 12 de Mayo los incendios se trasladaron a varias ciudades del sur y el este de España, de las que Málaga fue la más afectada ya que ardieron todos sus conventos e Iglesias, frente a la pasividad del gobernador Civil y del Ejército. ¿Saben quien tuvo que acudir a remediar aquel estado de desorden y barbarie? ¡ pues el general Queipo de Llano!, capitán general de la 1ª región, un ferviente republicano, que declaró el estado de guerra y logró pacificar la zona. Lo cierto es que, apenas iniciada la andadura del régimen republicano, muchísimas personas que sentían simpatía por la república, incluso católicos, que habían puesto sus esperanzas en el nuevo régimen, empezaron a dudar de que los actuales gobernantes fueran capaces de cumplir sus promesas y supieran acabar con aquellos ramalazos subversivos.

Miguel Maura, ministro de la Gobernación, posteriormente reconoció: “Comprendía que estábamos atravesando un periodo, siempre desagradable, del aprendizaje de un oficio tan difícil como es el de gobernar”. ¡Claro que se le podía contestar que: un político que necesita un aprendizaje para poner orden dentro de un país, hubiera sido mejor que se quedara en su casa sentado ante el fuego de la chimenea! En mayo de 1931 más de un centenar de iglesias y conventos fueron quemados sin que, afortunadamente, se produjeran víctimas, aunque los daños materiales y las pérdidas en obras de arte, edificios históricos y documentos irremplazables, sin duda, fueron incalculables.

Nadie duda de que aquel fue el principio de que, la extensión revolucionaria anarquista, se extendiera por toda España, con especial incidencia en las zonas más deprimidas de la península y las industriales donde los sindicatos, como fue el caso de la industrializada Catalunya, se radicalizaron, como ocurrió con el sindicato anarquista CNT (dirigida por una sociedad secreta terrorista formada en la clandestinidad durante la Dictadura, la Federación Anarquista Ibérica, FAI.). La UGT, que se vio desbordada por su rival por la izquierda, tuvo que prestarse a colaborar en sus salvajadas. Madariaga ha atribuido a la irresponsabilidad de estas organizaciones obreras una importante parte de la culpa de que, ya en 1931, la esperanza republicana se convirtiera en: República imposible.

Es posible que los historiadores de izquierdas, los promotores de esta infumable Ley de la Memoria Histórica que, el PP, durante su legislatura, ha sido incapaz de derogar para vergüenza del gobierno de Rajoy; no hayan sabido ver los orígenes y causas remotas del disgusto causado en una gran parte del pueblo español, por la debilidad de los sucesivos gobiernos republicanos que no supieron, en ningún momento, mantener el orden y evitar que los anarquistas fueran los dueños de las calles. Algo que se agravó con la subida del Frente Popular al Poder, en febrero de 1.936, cuando, una vez más, el desorden, la permisividad del gobierno, la inmunidad con la que, en Catalunya, tenían lugar luchas callejeras entre sicarios de sindicatos y patronos; asesinatos impunes, robos con asesinatos y actos de terrorismo, ante los cuales la ciudadanía se sentía aterrorizada y desamparada.

Los que siguen sosteniendo que lo sucedido el 18 de julio de 1936 fue un acto de rebelión en contra de un legítimo gobierno de la República, seguramente, sea por ignorancia, por fanatismo o por haber sido educados por historiadores apócrifos, no han querido indagar en profundidad el punto de debilidad en el que el régimen republicano había caído, dominado por los sindicatos, por el anarquismo imperante y por un incipiente PC que, como se demostró en los sucesos de mayo de 1937, lo que intentaba era establecer en España una delegación del soviet de la Unión Soviética, cuando el gobierno de Valencia, huído de Madrid ante la amenaza que suponía el cerco que las fueras nacionales de Franco tenían puesto a la capital, no era más que un mero títere en manos de los enviados de José Stalin.

Uno, con la experiencia de los años, no puede menos que establecer un cierto paralelismo entre la situación que las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo pasado, con este salto hacia la extrema izquierda, producido como consecuencia del voto de los españoles (entre los cuales, no debemos olvidarlo, hay el de unos dos millones de nuevos votantes jóvenes, inexpertos en política, poco duchos en Historia e influenciados por una situación anormal que ha afectado a todo el Mundo y que, precisamente en el momento que se empezaban a percibir reacciones favorables y aumento de peticiones de puestos de trabajo, las elecciones han venido a complicar, gravemente, el éxito de la recuperación) indudablemente un voto de castigo al partido del Gobierno y el principal partido de la oposición, el PSOE que, en un ejercicio de la más absurda contradicción con lo ocurrido o sea, con la pérdida de más de medio millón de votos respecto a las elecciones del 20N del 2011, presumen de haber sido los ganadores de los comicios.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, hemos querido recordar un pasado, no tan lejano, para ilustrar a las nuevas generaciones, aquellas que todavía sueñan con utopías, los peligros de iniciar procesos desestabilizadores, antidemocráticos y contrarios al sentido común, que la experiencia demuestra que no suelen trae al pueblo más que épocas difíciles, situaciones angustiosos y problemas económicos de difícil solución. El jugar con la paz y con el trabajo del pueblo es un ejercicio siempre peligroso.
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