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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El discurso inaugural de monseñor Blázquez

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 23 de noviembre de 2007, 03:01 h (CET)
La verdad evita imponer opiniones, viene a decir monseñor Blázquez al comienzo de su discurso inaugural de la XC Asamblea Plenaria del Episcopado Español. Y viene a decir con rectitud, porque sólo se debiera permitir el intercambio de ideas, el auténtico diálogo, cuando se respeta una instancia superior y previa al hombre, como es la verdad. Sin embargo, la pretensión lúcida y necesaria de la verdad a que apela monseñor se ve fatalmente oscurecida cuando, de la misma manera, arguye la determinación y el derecho de que cada grupo humano refuerce su identidad rememorando su propia historia. Sólo es digno de ser rescatado cuanto contribuya al bien de la humanidad. Lo que ha conducido a la innecesaria Ley de Memoria Histórica ha sido precisamente la invocación partidista, ideológica y sectaria, el menosprecio a la verdad y al bien, la demanda interesada y subjetiva de la memoria republicana, supuesto paradigma particularista de los mejores, ante quienes parecería necesario rendir tributo y homenaje. La memoria miope de cada grupo es lo que lleva a nacionalismos, a no sentirse parte del todo, a la absolutización de los propios sentimientos al margen de los demás miembros de la comunidad humana. La misma Iglesia católica pensaría sólo en sí misma al hacer su propia memoria si al traer su pasado o su historia hasta nuestros días no resplandeciese la verdad sobre el bien, si no facilitase con sus actuaciones la convivencia o favoreciese la diferencia, obstaculizando así la unidad.

Una lectura sesgada del discurso inaugural de monseñor Blázquez podría originar un relativismo cultural, si cada grupo realiza una búsqueda de su verdad y del bien que cree encarnar. Lejos de abrirse a una comunidad de aspiraciones y preocupaciones universales entre los hombres, de buscar la objetividad y ofrecer la verdad, las aspiraciones del grupo suelen ser una máscara de una imposición del poder o de fines particulares. Resulta frívolo y ridículo, por ejemplo, pretender el advenimiento de un pasado donde, en sus comienzos, se daban la mano la cultura y la política, el pensamiento y el Estado, como sucedió en la Segunda República. La indocilidad política a las últimas leyes del Gobierno de España sólo son el resultado de una previa indocilidad intelectual y moral a un poder público que sólo busca su mejora y ensanchamiento, que lleva a exclamar algo parecido a lo que dijo el vigoroso Nietzsche desde un risco de la Engadina: “¡veo subir la pleamar del nihilismo”!; que es lo mismo que temer quedar anegados por la imposición dogmática y totalitaria de un hombre y de una sociedad a quien se ha sustraído sin pudor su verdadera memoria, cifrada naturalmente en su origen y destino últimos.

¿Por qué quiere monseñor Blázquez que haya luz, más luz sobre el pasado? ¿Tanta es la oscuridad que la humanidad aporta en la búsqueda de la verdad? ¿O es que acaso son los grupos poderosos quienes definen desde las leyes las normas morales que pretendan perpetuar al grupo en el poder? La vida no examinada, según Sócrates, amenaza las libertades democráticas, mientras que la vida examinada hace fuerte a una nación y libera la mente. Cuando el comunismo triunfó en Rusia, creyeron muchos que todo el Occidente quedaría sepultado por el torrente rojo. Pero pronto se denostó hacer memoria de él, al no traer sino un aumento de la desgracia humana. Invocar memorias particularistas, donde cada grupo humano profundice sobre su identidad, no contribuye a la justicia y la virtud, no estimula la búsqueda de la verdad ética ni el cultivo de la humanidad, cuando la apelación al pasado no significa otra cosa que ahondar en la ruptura de la convivencia, amenazada siempre por el intervencionismo estatal. Poner la lealtad al servicio de formas temporales de gobierno y de intereses de grupo no ayuda a descubrir el bien en la comunidad moral constituida por todos los seres humanos. Al defender el hombre o una nación, se defiende su mañana, no su ayer, su porvenir común, eludiendo la estrechez de divisiones originadas por la humanidad en el pasado.

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Roberto Esteban Duque es Doctor en Teología Moral.

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