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Etiquetas:   Cultura   Divulgación   -   Sección:   Opinión

Don Gramático y el maestro Ciruela

Una divagación con cierto contenido semántico
Luis del Palacio
jueves, 4 de junio de 2015, 23:22 h (CET)
Hace muchos años, visitando la sala de manuscritos e incunables del Museo Británico, hoy desaparecida tras la reforma que lo desposeyó de aquel estilo victoriano que le daba tanto misterio y solera, encontré “en un ángulo oscuro” y “tal vez olvidada”, una vitrina que contenía un texto, creo que el final de una comedia, firmada de puño y letra por el mismísimo Fenix de los Ingenios, don Félix Lope de Vega y Carpio. Afirmaba de manera lapidaria lo siguiente: “Sin secreto no ai amor”. Así, tal cual, sin “h” ni “y”.

Confieso que me sorpredió, aunque yo, estudiante de Filología por aquellos tiempos, sabía que la ortografía de nuestra lengua no había sido fijada hasta casi un siglo después de la muerte del autor del Siglo de Oro, al crearse la Real Academia en 1713. Don Félix no fue, por tanto, un alumno botarate sino un hijo de su tiempo.

Hoy, que ya casi nadie escribe a mano, existe un artilugio instalado en los ordenadores al que llaman “corrector de word” o algo parecido, que hace las veces de maestro de instituto; es decir, enmienda la plana al que por ignorancia o despiste mete la pata en eso de la ortografía. Los periodistas que no desarrollamos nuestro trabajo en los medios audiovisuales, y los que publican libros, saben cuánto esmero hay que poner para que no se te cuele de vez en cuando un gazapo. Pero con el lector reclacitrante y tiquismiquis que escribe para advertirte del error, con una mezcla de condescendencia y deseo de demostrarte que si él (o ella) quisieran lo harían bastante mejor que tú, casi ni me molesto. Y con eso de “molestar”, me refiero a dos cosas: la primera es que no me enfado (más bien me sonrío) La segunda es que tampoco les animo a contar el número de veces que en el escrito ha aparecido (“ha” aparecido) la forma correcta, frente a una (“a” aparecido) en que las prisas te hicieron pasar por encima de una tecla (sin rozarla) y la escribiste sin hache. Mea culpa, mea maxima culpa por no haberlo revisado lo suficiente. Antes existían los correctores en casi todas las redacciones, y no digamos en las editoriales, pero hace ya muchos años que tan noble oficio (como el de apuntador en los teatros) desapareció por aquello de ahorrar en los “costes de producción”; y los autores y periodistas somos “el hombre orquesta”: escribimos, corregimos y nos amolamos.

Otra cosa muy diferente son las incorrecciones que denotan un estado de ignorancia parecido en tamaño a la sorpresa que se llevó “el burgués gentilhombre” cuando descubrió que hablaba en prosa. Fallos de concordancia (“Yo soy de los que pienso que” por “Yo soy de los que piensan que” ) , empleo reiterado del plural en el “haber impersonal” (“este mes han habido más afiliaciones a la Seguridad Social”), “dequeismo” (“pienso de que Marhuenda defiende a Rajoy a capa y espada”), cambio de locuciones (tipo “estar en el candelabro” por “estar en el candelero”, que popularizó una conocida actríz), mal uso del verbo “deber” (“debe venir a la reunión de hoy” – como obligación / “debe de venir a la reunión de hoy” – como posibilidad), corrupción de latinismos (“de motu propio” por la forma correcta: “motu proprio”) y tantas y tantas evidencias de que mucha gente de nuestro país no sólo fue víctima de la LOGSE, sino que además persiste en el error de no leer más que “twits” (Y eso que ahora estamos en plena temporada de ferias del libro).

¿Y quién se acuerda de la transitividad o no transitividad de los verbos? Pocos; sobre todo después de que la RAE aprobara “por el uso” (es decir: el mal uso) el empleo del verbo “cesar” como transitivo (Ejemplo: “Rajoy ha cesado a Soraya”), equiparándolo para siempre a “destituir”, que fue, es, y esperamos que siga siendo, transitivo... En los años ochenta y noventa se pusieron de moda los llamados “manuales de estilo”; una pretenciosa pedantería con la que los principales rotativos trataron de dejar la impronta de un estilo propio, una “marca de la casa”, que los identificara. Ni qué decir tiene que esta medida estaba abocada al fracaso, ya que (por cierto, la locución conjuntiva “ya que” era una de las formas a evitar) ningún articulista con dos dedos de frente estaba dispuesto a ajustarse este corsé anquilosante ¿Se imaginan a Umbral, Vázquez Montalbán, Luis Carandell, Manuel Vicent, Raúl del Pozo haciéndolo?.

En esta colección de iletrados que no he nombrado por sus apellidos y que ahora “están en el candelabro”, me faltaba uno: aquel que hace unas semanas saludó a los “miembros y miembras” del Congreso y no sabía que el “patio donde madura el limonero” no estaba en Soria, sino en Sevilla ¡Pobre don Antonio Machado! ¡Con el frio que debió de pasar en aquel instituto donde trabajó como catedrático!

(No vi en aquella vitrina del Museo Británico, ese verso de Lope que cierra esta ya algo larga divagación: “Porque el bien hablar, Rufina, es una señal divina”. Y como diría una de las conspicuas estrellas del “sálvamedeluxe”: “Punto pelota”).
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