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Etiquetas:   Crítica de cine   Cultura  

Qué difícil es ser un Dios o el arte de la pestilencia

La obra maestra de Aleksey German que pasará a la historia
Ricardo Pérez
@RicardoPrez9
miércoles, 3 de junio de 2015, 23:03 h (CET)
Un grupo de científicos ha sido enviado al planeta Arkanar, donde la civilización local, también humana, se encuentra anclada en una especie de Edad Media. El investigador don Rumata (Leonid Yarmolnik), es tomado allí por el hijo ilegítimo de un dios pagano.

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Radical, extrema obra de arte cinematográfico que adapta de manera libre la novela de ciencia-ficción de Arkadi y Boris Strugatski Qué difícil es ser Dios (Trudno byt bogom, 1964). El realizador ruso Aleksey German, fallecido en febrero de 2013, tardó más de una década en poder sacar adelante este monumental proyecto que ya quiso dirigir a finales de los años sesenta, y que finalmente sólo vería la luz tras su muerte, gracias al empeño de su mujer y coguionista, Svetlana Karmalita, y al de su hijo, el también cineasta Aleksey German Jr.

En el filme que nos ocupa, de casi tres horas de metraje, German recurre a un futuro que en realidad es pasado para hablarnos del presente. Su representación del caos moral y material (traducido también a un intencionado caos narrativo) no encuentra parangón en la historia del cine. A través de una apabullante escenografía, que por su carácter grotesco, detallado y acumulativo remite a los cuadros de El Bosco y Brueghel el Viejo, el autor de Control en los caminos introduce al espectador en una atmósfera bárbara, claustrofóbica, embarrada y pestilente por la que pululan sin rumbo fijo personajes de aspecto repugnante que no paran de escupir, moquear, balbucear sin sentido, hurgarse la nariz, tirarse pedos y emitir todo tipo de fluidos corporales. El objetivo no es otro que mostrar la condición más baja del ser humano. Un carnaval dantesco propio de un estercolero que en manos de German adquiere la dimensión de arte mayúsculo gracias a una minuciosa puesta en escena definida por su horror al vacío (hórror vacui). Cada plano está repleto de elementos que llenan el encuadre (de los techos cuelgan armaduras, embutidos, lanzas, espadas, escudos, perros ahorcados…), con personajes que se cruzan en el camino de la cámara yendo de aquí para allá. Asimismo es frecuente verlos dirigirse al objetivo o colocando directamente sus manos delante de él. El director utiliza largos planos secuencia, ejecutados cámara en mano, para recorrer junto a don Rumata, “el observador”, las ruinas del castillo Tocnik, en la República Checa.

Qué difícil es ser un dios, como el material literario original, tiene una lectura política evidente, de crítica hacia el autoritarismo político y hacia la censura del pensamiento intelectual (en Arkanar se persigue y ejecuta a los sabios). También sociológica: la civilización de Arkanar se encuentra estancada en el Medievo. O lo que es lo mismo, en el estadio del feudalismo donde, según la ideología marxista, existe una diferenciación social esencial entre hombres libres y siervos. Por ese estadio deben pasar todas las civilizaciones en su evolución hacia la etapa socialista (la de la URSS de la época de los Strugatski). En ese sentido, don Rumata y los demás estudiosos terrícolas enviados al planeta, esperan un primer paso (que no se da) hacia el Renacimiento. Por último, hay en la película una interesante lectura teológico-filosófica, a la que precisamente alude el título, y que está relacionada con la doctrina del libre albedrío. Don Rumata es un “dios” que tiene prohibido intervenir en la evolución de Arkanar, que, por tanto, queda en manos de la voluntad (he aquí el libre albedrío) de sus habitantes.

En conclusión: una obra áspera, difícil, única e irrepetible que, a buen seguro, irá ganando adeptos con el paso del tiempo, y generará no poca controversia entre la comunidad cinéfila.
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