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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El negocio de los cadáveres ¿Qué se ha hecho de nuestros valores?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 20 de noviembre de 2007, 04:18 h (CET)
¿Recuerdan ustedes aquel feo asunto del Negro de Bañolas? Si, se trataba de un espécimen bosquimano que, al parecer, fue sustraído por unos taxidermistas franceses quienes lo disecaron y lo enviaron a Europa, yendo a parar al Museo Darder de la población catalana de Bañolas, donde quedó expuesto a la vista del público hasta el año 2000. No, no se crean que les voy a hablar de la señora Vicepresidenta de la Vogue, hoy al menos no; lo que ocurrió es que se desató una crítica feroz por parte de los defensores de los derechos humanos y los progresistas de izquierdas y se armó el gran pitote entre los que consideraban normal aquella exposición y los que defendían que se trataba de una muestra de la más descarada xenofobia. Por fin, el Alcalde de la ciudad reconoció que la exposición del infeliz negrito no era muy edificante y el cadáver fue enviado a Botswana donde fue enterrado con honores militares. Vean ustedes hasta donde puede llegar el fariseismo y la hipocresía humana cuando, en aquel antiguo protectorado inglés, la vida humana ha sido tan poco valorada en todas las revoluciones y guerras que han asolado aquellos territorios y, sin embargo, en esta ocasión, por cuestiones de “orgullo nacional”, montaron un majestuoso recibimiento para festejar la recuperación de una momia que, si hubiera sido un ser vivo nadie le hubiera prestado la más mínima atención. Hay que hacer notar que el Alcalde de Bañolas no estuvo especialmente delicado al referirse al embalsamado como “una pieza humana de raza negra” como si se hubiera tratado de una de las piezas de tela elaborada en la textil ciudad de Tarrasa.

Todo este preámbulo viene a cuento de una exposición singular que se acaba de inaugurar en Barcelona. Ya sabemos que en esta tierra abundan las manifestaciones culturales y, no es extraño que cada día se anuncien exposiciones pictóricas, escultóricas, eventos literarios, conciertos y obras teatrales. No obstante, en este caso se trata de algo que pudiéramos calificar como distinto, morboso y, si me apuran, irreverente. En Las Drassanes Reials, edificio cercano al puerto de Barcelona, se ha abierto una exposición titulada “Bodies. El cuerpo humano como nunca lo has visto”, pero no se crean que se trata de una muestra fotográfica o pictórica, nada de eso, allí se exhiben cadáveres humanos. Si, cuerpos cuya sola visión basta para que a uno se le ericen los vellos. Diecisiete cuerpos humanos despellejados dejando al descubierto sus músculos, tendones, cerebros fragmentados, fetos humanos y entrañas conservados por un método especial de plastificación. No faltan pulmones e hígados cancerosos y todos aquellos espantos que ustedes se puedan imaginar capaces de herir la sensibilidad de cualquier persona medianamente normal.

No quiero, ni es mi intención, profundizar en los detalles porque, entre otras razones, ya lo han hecho diversos periodistas en los periódicos locales; pero sí quiero hacer hincapié en el poco efecto que esta exposición (parece que ya ha pasado por las principales ciudades del mundo) ha hecho en aquellos que tan sensibles fueron con el negrito de Bañolas. Se trata de seres humanos (chinos) a los que se ha convertido en mercancía para lucrarse con ellos sin el menor respeto, como si se tratase de animales de laboratorio, a los que se les ha privado del derecho al descanso que se merecen los muertos, sin la menor consideración por su dignidad como seres racionales. Y no me salgan con argumentos de tipo práctico que pretendan justificar tamaña barbarie. Para estudiar el cuerpo humano ya existen miles de publicaciones y, si se quiere profundizar en el tema, se puede acudir a una facultad de medicina donde, sin mercantilismo alguno, se puede estudiar la anatomía del cuerpo humano. Es la explotación más descarada del morbo humano, de este morbo de porteras, chismosas y busconas de barrio que se quedan embelesadas contemplando el cadáver de la víctima de un atropello o se extasían cuando un torero es atravesado por el asta de un toro.

Pero, por lo visto, esto no afecta a estos laicos, materialistas y progres que se irritan cuando se habla de guerras, que se escandalizan cuando hay la más mínima muestra de rechazo hacia los inmigrantes y que no dudan en sublevarse contra el orden establecido si alguien se atreve a poner en cuestión su visión libertaria de la vida, aunque este pacifismo no lo practiquen en sus propios comportamientos porque son los primeros que para defender sus teorías no dudan en agredir a los demás o a destrozar el mobiliario urbano como si fueran Atilas del siglo XXI. En cambio, sí se sintieron ofendidos con el pobre negro de Bañolas, y no soy yo quien les quite la razón, pero la sensibilidad, el preocuparse por la dignidad de los débiles y el salir en defensa de los oprimidos no es sólo una cuestión partidista, no se trata de utilizar a la carta los sentimientos de la población para arrimar el ascua a la sardina de la izquierda, manipulándola cuando les convenga a sus fines. Seguramente muchos de ellos habrán asistido a esta macabra exposición y les habrá “molado” como se dice actualmente; con toda probabilidad lo habrán considerado como algo que “les pone” y no sería raro que hasta hayan hecho algún chiste de mal gusto sobre los cuerpos desgarrados de los infelices maniquís desollados.

Decía don Hilarión, de la Verbena de la Paloma, “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” y acertaba, pero, paralelamente al adelanto de la ciencia parece que, como si fueran vasos comunicantes, la facultad de las personas por compadecerse de los demás, el sentimiento de solidaridad con nuestros semejantes y el respeto que las personas nos debemos los unos a los otros parece que se van esfumando, hasta el punto de que, por mor de estas nuevas doctrinas materialistas, egoístas, masificadoras, amorales, relativistas y laicas que propugnan aquellos que se consideran los adelantados del pensamiento libertario; estos iluminados del progresismo y transgresores del orden y la moralidad; nos estamos adentrando en un nihilismo que lleva camino de acabar con nuestro actual sistema de valores y, en consecuencia, con nuestra civilización. Mal vamos.

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