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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

El tropezón de rita

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 19 de noviembre de 2007, 00:25 h (CET)
De unos años a esta parte la ciudad de Valencia parece haberse puesto de moda en el resto de España. El complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, con toda la pompa y el boato que el arquitecto de moda Santiago Calatrava impone a sus creaciones, es una de las muestras que nuestras autoridades municipales enseñan a los foráneos para encantarles con un lujoso envoltorio, las recientes regatas de la America’s Cup, cuya repetición en la ciudad está estos días en el candelero de la justicia, se han olvidado con la misma rapidez con la que nos llegaron y ahora, de la mano del conseguidor Agag, ya saben el yerno de Aznar, Valencia va a parecerse a Mónaco al menos en que por sus calles circularán los monoplazas de la Fórmula-1. Esa es la parte que se vende al mercado turístico y al electoral y la que sirve para que muchos valencianos se dediquen a contemplarse el ombligo sin ver la realidad de la ciudad. Esa es la ciudad que se conoce desde la comodidad del coche oficial con chofer y gasolina gratuitos.

Pero hay otra Valencia, existe una ciudad diferente a la Valencia del oropel y los falsos brillos. Es la Valencia de los barrios alejados de la céntricas calles de Colón y La Paz, es la Valencia que no dispone de jardines en los que los niños puedan jugar en sus ratos de asueto, es la Valencia ruidosa y molesta para los vecinos de algunos barrios que cada fin de semana son tomados al asalto por una multitud ávida de diversión, es la Valencia caótica en su tráfico en la que la policía municipal tan sólo sirven para hacer de agentes recaudatorios mediante la imposición de multas en lugar de regular la circulación, es la Valencia que da la espalda a sus ancianos y en la que los servicios sociales es muy difícil que lleguen a aquellos que de verdad los precisan, es la Valencia en la que van creciendo los guetos de la emigración al tiempo que crecen los sentimientos xenófobos y nunca declarados de sus ciudadanos. Y ha sido visitando esa Valencia cuando Rita Barberá ha tenido su primer tropezón como alcaldesa.

Cinco meses después de que fueran colocados los nuevos puntos de luz en la Avenida de Valladolid del barrio de Benimaclet nuestra flamante y casi perpetua alcaldesa acudió, rodeada de su habitual séquito, a cortar la simbólica cinta de su inauguración. Pero la mala suerte o la venganza vecinal, nunca lo sabremos, hizo que tropezara en un bordillo y diera con su cuerpo en el duro suelo. Revuelo en los escoltas, rapidez de Rita en alzarse del suelo con la ayuda de algún vecino solícito y alguna que otra risa disimulada en alguno de los presentes, ya se sabe que los tropezones de los demás siempre mueven a la risa, fueron, por fortuna, las únicas consecuencias de aquella caída propiciada por un bordillo en mal estado.

Cuando alguien está acostumbrado a viajar cómodamente en el coche oficial y a no pisar habitualmente las calles de los barrios periféricos, a las que únicamente se acude en víspera de elecciones, es muy fácil tropezar o meter el pie en cualquiera de los muchos agujeros que adornan algunas de las aceras de la ciudad, o untarse los lujosos zapatos con algún que otro excremento canino de los muchos que decoran algunas de nuestras calles. Y algo de esto es lo que le pasó a la señora Alcaldesa, mirando hacia el horizonte electoral no se apercibió del desaguisado de acera que los vecinos padecen cada día.

Pero, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga y alguno de los vecinos presentes aprovechó la oportunidad del tropezón de la portadora de la vara de mando para recordarle que desde hace más de dos años los vecinos de la zona vienen presentado quejas ante el Ayuntamiento sobre el estado del bordillo culpable de que la humanidad de nuestra particular “dama de rojo” rodara por los suelos, peticiones a las que el Consistorio presidido por la accidentada alcaldesa había hecho oídos sordos. Y es que Benimaclet no deja de ser un barrio periférico por el que no pasan ni regatas ni bólidos de carreras, ni, naturalmente, turistas en busca de la bonita postal que nuestras autoridades vienen vendiendo últimamente.

Y lo peor de todo esto es que esta derechona que lleva gobernando la ciudad desde hace más de quince años va en camino de perpetuarse en la poltrona. Rita Barberá, popular y “populachera” cual nueva “Evita a la valenciana” preside procesiones y misas, abraza falleras mayores o se pasea por los puestos del Mercado Central a la caza y captura del voto, pero aunque no lo hiciera seguiría con sus posaderas aposentadas en el sillón de la alcaldía ya que en esta ciudad la denominada izquierda ni está ni se la espera y los restos que quedan del naufragio electoral de los grupos progresistas andan a la greña peleándose por las pocas migajas que la derecha les permite rebañar. Así que Valencia va a seguir siendo una ciudad de postal y cartón piedra por los siglos de los siglos. Al fin y al cabo la Alcaldesa sólo ha tropezado una vez en dieciséis años de mando en plaza.

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