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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La vieja cultura del odio

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 19 de noviembre de 2007, 00:39 h (CET)
“Es la guerra, mi voz acostumbrada
a cantar el amor y el pensamiento
canta esta vez el odio y la locura.”


Manuel Altolaguirre

Hay un panorama desolador que cada día se encargan los medios de comunicación de resaltarlo. Los diversos conflictos bélicos existentes, por ejemplo, ya no afectan sobre todo a los frentes de batalla y a los militares movilizados, como antaño; hoy son los civiles quienes más pagan las consecuencias y de entre ellos, sobre todo, los niños. Enfrentamientos bélicos o no bélicos por motivos nimios, irrelevantes, casi inventados, como el origen étnico -que, a mi juicio, no es sino una variante del racismo o de la xenofobia-, o motivos religiosos -que también se las trae, a estas alturas de la Historia-, no parecen más que pretextos para enmascarar alguna otra razón de fondo, como el ansia de poder, pongamos por caso, que lo mismo puede aparecer en el conflicto albanés como entre dos “hinchadas” de fútbol, por motivos difícilmente identificables. ¿Qué puede empujar a un “skin” a apalear a un mendigo? Si los motivos objetivos son difíciles de precisar, los subjetivos seguro que nacen de la práctica de una vieja cultura del odio.

Lo que parece detectarse entre una parte de la población es un afán desmedido por liarse a tortazos a la más mínima. Y para eso, cualquier pretexto puede ser bueno; desde una “mala mirada” o ser inmigrante pobre para algunos, hasta hablar una lengua con más o menos corrección (o no hablarla) que, para otros, es el síntoma de disponer o no de un cierto pedigrí nacionalista.

Y lo más irritante es que la televisión no está sirviendo para contrarrestar esta cultura del odio, sino que, a través de su programación, sus películas o sus series, suelen acentuar la violencia, la guerra, el desamor o el egoísmo con demasiada frecuencia. Eso sí, con la excusa de que sólo reflejan lo que está en la sociedad (y por tanto, lo que vende), y siempre, con el ojo puesto en los índices de audiencia para que no baje su cuota de publicidad. Cuando miles de jóvenes se manifiestan violentamente contra el adelanto del cierre de los bares de copas en la madrugada o contra la duración de un encierro por parecerles excesivamente corto, se está mostrando el lado patológico de la rebeldía juvenil. Es el síndrome del “cojo-manteca” que avanza, y que se viene acentuando con más interés que el voluntariado generoso, que también se da simultáneamente, pero no se destaca tanto ni tan a menudo porque vende menos. Es la cara hipócrita de nuestra sociedad. Y como dijo el poeta : “Y así pasa lo que pasa, / que no hay una persona tranquila / ni en la calle ni en su casa”.

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