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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Zapatero a tus zapatos

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 17 de noviembre de 2007, 23:25 h (CET)
Desde hace unos meses, la familia real española ha pasado a ocupar un papel importante en los espacios de los medios que se dedican a divulgar cualquier tipo de información.

Durante esta semana han coincidido los comentarios de las noticias de la sentencia por la portada de ‘el jueves’, del “¿por qué no te callas?” del sábado y de la separación de la hija mayor del rey.

El polifacético Víctor Amela ha comparado la situación actual de todo lo relativo al rey como generador de noticias con la época en que Isabel Pantoja llenaba páginas y minutos en revistas y televisiones.

Si bien en estos meses se han multiplicado, los comentarios que provocan son esencialmente los mismos: los halagos se repiten con independencia de la manera de presentarse de los reyes, príncipes e infantas.

En una de las revistas que han informado, por ejemplo, de la separación de la infanta Elena y Jaime de Marichalar, se ha visto a la primera portando una bolsa de papel de IKEA. Y la mayoría de programas de televisión que he podido ver han alabado esta actitud.

Es por todos conocida la fama de ‘campechanos’ que tienen los elementos que componen la familia real. Debo confesar que esto, que parece agradar enormemente a la mayoría de publicaciones (sean del tipo que sean), me molesta en cierta medida.

Me molesta, en primer lugar, porque se supone que de esta manera la propia familia real contribuye a la ‘modernización de la monarquía’. Poco a poco, la imagen de la monarquía a querido equipararse a la del grueso de la sociedad y se ha dedicado a realizar actividades que solamente los que no tenemos la carga de esa posición de privilegio podíamos hacer.

La modernización de la monarquía es algo absurdo en sí mismo porque la institución monárquica implica necesariamente el anclaje en una legitimidad histórica. Un derecho que no nace del derecho, sino de la consagración de la dinastía.

Precisamente por eso, el estado moderno no entiende de privilegios fuera de la concesión. Por eso el estado moderno vuelve a ser una república.

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