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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

España tiene metástasis

Marino Iglesias Pidal
Redacción
sábado, 17 de noviembre de 2007, 16:12 h (CET)
Sé que algo de esto que voy a escribir ya lo escribí hace unos cuantos años, pero fue para mandarlo a diferentes editoriales a ver si podía cumplirse mi sueño de ser escritor – que, por supuesto, no se cumplió – Lo que no recuerdo es si lo he vuelto a escribir o no. Si lo hice y tú que me lees ya lo has leído, te pido disculpas, mi deseo no es darte la tabarra, se trata de un simple olvido.

Había transcurrido algo más de un año de la muerte de Franco cuando detecté el tumor. Las cosas, para mí, iban mal. No “mis cosas” sino “las cosas”. Un dato: la empresa en que trabajaba que, hasta no hacía mucho, no cesaba de abrir nuevas sucursales, en ese momento las estaba cerrando. Y como éste se daban otros muchos indicativos que no me dejaban lugar para las dudas. España iba cuesta abajo.

Por eso me llamó la atención el que las gentes que habían saltado de alegría a la muerte del jefe del estado siguieran en el mismo jolgorio, cuando lo lógico hubiera sido que se les hubiera empezado a notar preocupados.

También saltaron a mi percepción “pequeños detalles”. El almacenero, dedicado fundamentalmente a la lectura pormenorizada de todos los periódicos que caían en sus manos, así como a la resolución de crucigramas, jeroglíficos, sopas de letras, etc. que le dejaban libre el tiempo justo para atender sus obligaciones laborales ineludibles, impidiéndole la mínima colaboración con el resto del personal; me sorprendió cuando al pedirle un material manifestó la imposibilidad de atenderme, pues en ese preciso instante interrumpían su jornada las dos horas que tenía convenidas para asistir a las reuniones del sindicato ¿?

Un compañero que daba la impresión de ser un contenido en cuanto a manifestarse en asuntos políticos y bastante irregular en su asistencia al trabajo, nos dejó para “realizarse” en la formación política de sus amores.

Al llegar cada mañana a la oficina se podían encontrar sobre los escritorios diferentes revistas de reciente creación, cuyos contenidos se hallaban exentos de cualquier relación con el ámbito cultural. ¡En los quioscos no digamos! La televisión se inundaba de la misma temática. La prensa…

Muchas otras manifestaciones novedosas se ofrecían a mis ojos, pero, no encontrando yo en ellas ningún motivo para la persistente euforia que en la calle se percibía, decidí preguntar a quien pensé que quizá tendría una respuesta.

Se trataba de un amigo que siempre había mostrado una especial sensibilidad en todo lo referente al régimen ya desaparecido. Le hice la pregunta nacida de mi extrañeza. ¿Por qué esa persistente alegría por la muerte de Franco?

¡Buf! ¡la que me soltó! No recuerdo las palabras ni su contenido, porque carecían de él. Bueno, de una sí, ¡cómo para no acordarse! Era libertad, libertad, libertad… Una interminable cordillera de insulsa, y exaltada, palabrería plagada de interminables clones de una majestuosa montaña llamada Libertad.

De lo que sí me acuerdo es que me costó mucho trabajo interrumpirle, y, cuando lo logré, fue para manifestarle algo así como: Vale, de acuerdo. Pero, ¿a ti, a mí, que beneficios específicos nos reporta? Se le desorbitaron los ojos en un gesto propio del que queriendo decir tantísimo no encuentra nada que decir. Traté de ayudarle.

- Yo gano lo mismo y puedo comprar menos, ¿tú?

Le fui presentando opciones a las que él respondía en la misma forma: a punto de reventar, por querer hablar sin las palabras encontrar.

_ ¿Se dan ahora mayores y mejores oportunidades de empleo?

- ¿Podremos, por fin, dejar de pagar alquiler y meternos en la compra de un piso con mayor facilidad?

De esta forma le fui presentando diferentes circunstancias que, en caso de haberse producido, sí hubiesen incidido en una mejor calidad de vida para nosotros. Hasta que, de pronto, saltó impelido por un gran impulso de inspiración.

- ¡Sí! ¡¿Te acuerdas de la manifestación de la semana pasada¡? – no me dejó ni responder – Trajeron “grises” de fuera para que les ayudaran. Logramos atraer a tres de ellos hasta las callucas esas del muelle, la del Horno y esas, y como no lo conocían quedaron aislados. ¡Les dimos hostias hasta en el carné de identidad¡ ¡¿Cuándo podías hacer eso en tiempos del hijoputa de Franco, eh, a ver?!

Con esta última pieza, lo que es la gloria para algunos, completé el puzzle de la respuesta. La euforia se mantenía porque, precisamente, los que tenían motivos para sentirse eufóricos eran los que tenían en sus manos la posibilidad de expandir y mantener la euforia en un pueblo ansioso de “libertad” a cuya costa vivirían “de puta madre”.

A España le había salido un tumor y era maligno. Y visto lo que se está viendo y que una encuesta de última hora arroja como resultado, entre otros, que las personas mayores de 65 años son las que más se reconocen como españoles, y que con menos edad cada vez se van sintiendo menos españoles, hasta llegar a la mínima edad encuestada, los que están entre 24 y 15 años, de los que una cuarta parte se sienten poco o nada identificados con España; no tengo duda al respecto: España tiene cáncer, ¡y con metástasis!

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